23 de Octubre de 2017
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Colección: INTERAMER
Número: 22
Año: 1993
Autor: Adriana Rodríguez Pérsico
Título: Un Huracán Llamado Progreso: Utopía y Autobiografía en Sarmiento y Alberdi

CAPÍTULO IV

OTRAS RUPTURAS E INVERSIONES

Patria mihi vita mea carior est.

— Cicerón

I. Contrautopías: La unión de los adversarios letrados en la vuelta a la patria

A. Conflicto y armonías de las razas en América: Un sermón positivista

A fines de 1882, Sarmiento escribe a Mary Mann: “Para V. que está tan versada en nuestra historia le diré que tiene la pretensión este libro de ser el Facundo, llegado a la vejez, como el Trampero de Cooper, condenado a tender trampas y redes a las liebres y prairie kickens para vivir, después de haber sido en sus mocedades Skinstoking —en su edad viril Larga Carabina, el terror de los pieles rojas y el amigo de Uncas el último mohicano”1 (C. y A., vol. 1, 291).

La imagen del cazador feroz en la juventud, pacífico en la vejez, condensa de manera admirable las transformaciones operadas en el sistema y en su autor. Si bien el hecho de llamar a Conflicto un “Facundo envejecido” lleva una intención filiatoria e inscribe al nuevo texto en el objetivo siempre renovado de explicar el mundo, la figura del cazador “condenado” a tareas fútiles trasluce un sentimiento nostálgico que regresa hacia el pasado en un intento de recordar la plenitud contra la decadencia actual; y la necesidad de encontrar justificaciones al fracaso. Como si la determinación de las causas tranquilizara porque se forja la ilusión de que el dominio aún es posible.

Las “Conclusiones” son un testamento literario y político.2 Sarmiento detalla su legado a la posteridad: una vida de luchas en la que se confunden la praxis política con la literaria y un conjunto de textos que concentran la vida pasada, presente y futura de la patria.

Las “Conclusiones” presentan una versión abreviada de las textualidades autobiográfica y utópica. Sarmiento retoma núcleos narrativos desarrollados en Recuerdos y los teje con hechos biográficos posteriores más relacionados con la trayectoria intelectual y la publicación de sus textos que con la vida cotidiana. De su producción rescata a Facundo, Viajes y Argirópolis. Conflicto es el cuarto término, “la última ilusión” para corregir la distorsión del modelo. Los recoge y los resume en torno a la utopía y al obstáculo que se opone a su concreción. Copia el pasaje de los Viajes que convierte a Estados Unidos en el lugar más cercano al paraíso terrenal. Insiste en el esquema de vida acuñado en las biografías de caudillos. Y como último deseo, reitera la exhortación final de Argirópolis: “Seamos Estados Unidos”. La herencia letrada se aprieta en  el  enunciado  de la  utopía  que se  repite  al  paso de  los  años, mien- tras los hechos se examinan escrupulosamente para armar la trama de relaciones.

El mito de un origen vacío, culpable de múltiples fracasos, preside la redacción de Conflicto: “¿Cuál ha de ser, nos hemos preguntado más de una vez, el sello especial de la literatura y de las instituciones de los pueblos que habitan la América del Sur, dado el hecho de que la nación de que se desprendieron sus padres no les ha legado ni instituciones ni letras vivas?” (C. y A., vol. 2, 399). Al igual que en el inicio de la vida pública y literaria, cuarenta años antes, el letrado echa de menos el principio de autoridad de las instituciones estatales y el sistema de interpretación que supone para él la literatura.

El narrador se exhibe como el punto de emergencia de las instituciones faltantes. Me detengo en una escena: en ella, la vida individual une a través de distintos tiempos la lucha política y las contiendas literarias. La subjetividad se recorta sobre un campo de fuerzas hostiles; los factores desencadenantes de las acciones del sujeto narrador son los actos violentos del otro. Sarmiento vuelve a contar la historia de su conversión política, consignada ya en Recuerdos cuando, siendo adolescente, presencia la invasión de San Juan por Facundo Quiroga. Como si el hecho contuviera el destino personal y colectivo, como si fuera la causa primera, los acontecimientos posteriores derivan de él. En otras palabras, el acto violento pone en movimiento una cantidad de respuestas que se continúan en el tiempo y se ramifican hacia varias esferas de la vida.

Luego del breve relato de la invasión, un salto temporal reubica al personaje en el gobierno de San Juan; desde el lugar de la máxima autoridad narra la anécdota de la famosa fotografía de las fuerzas chachistas, después de la derrota de Caucete. Los mismos protagonistas en los mismos espacios conservan las actitudes a pesar de los años y de las coyunturas.

Tan inmóviles como la fotografía, los saltos temporales preservan una invariante: el estereotipo del otro bárbaro y del yo civilizado. Por último agrega un acto literario, regresando a la época juvenil: las imágenes grabadas en la retina del testigo servirán de sustento a la escritura de Civilización y Barbarie. De manera harto significativa, Sarmiento borra del título el nombre del caudillo; con ello se desvanecen también los rasgos heroicos usados en la biografía como estrategias para enfrentar a Rosas.

El párrafo transcripto sintetiza la problemática que desarrollan dos gruesos volúmenes: las preguntas sobre la identidad social de esta parte del continente apuntan a generar respuestas que puedan llenar el hueco primordial. Distintos cuerpos teóricos y científicos hacen sus aportes para contestar a la pregunta que abre el texto: “¿Qué es la América?” La contestación a este interrogante esencialista se construye en la confluencia de la literatura, la biología y la antropología evolucionistas, una historia institucional, una historia social y la teología judeo-cristiana. Estos materiales configuran la matriz de un discurso-collage que mezcla de forma irreverente argumentaciones a menudo contradictorias.

Las preguntas por la identidad parecen ser recurrentes en las políticas racistas que surgen en tiempos de crisis. Cuando se formulan, cuando la cuestión se convierte en debate público significa que los grupos más fuertes consideran la acechanza de algún peligro. Desde este punto de vista, el racismo no consiste en prejuicios más o menos abstractos e individuales, sino en una relación social específica en una situación histórica dada.3 Desde mitad de los 80 y durante la década siguiente, nuestra literatura representa los conflictos raciales cuyas víctimas son los inmigrantes o los antiguos gauchos convertidos en orilleros y compadritos.

Por otra parte, el darwinismo social provee las bases científicas que fundamentan las políticas de discriminación. En este sentido, Sarmiento aparece como un ideólogo que presta sus escritos para la consolidación de una comunidad racista. El discurso contra-utópico se construye en una vuelta completa hacia el pasado, hasta los orígenes, para encontrar allí el principio de una alteridad que no es social ni cultural, sino ante todo natural: “No todos los pueblos modernos muestran igual desenvolvimiento del instinto del gobierno en la masa como se notan diferencias en las especies de animales inferiores, entre los cuales se distinguen las hormigas y las abejas como las más adelantadas” (C. y A., vol. 2, 252).

Todo discurso racista pretende coartadas racionales, y aun lo irracional se quiere inscripto en el corazón de la naturaleza. Basado en jerarquías estrictas, afirma que la transgresión de ese orden desemboca en el caos, porque atenta contra lo que se supone inmutable. La homologación de reinos que no pueden asimilarse animaliza al hombre reducido a elementos negativos: en vez de la razón, juega el instinto; en lugar del individuo prevalece la masa; una especie inferior sustituye al amo del universo.

Con un amasijo de citas, datos estadísticos, documentos jurídicos, científicos, literarios, administrativos, fragmentos de discursos históricos, leyendas, cartas y escritos periodísticos, Sarmiento elabora una teoría de la segregación basada en el reconocimiento de una orden divina hecha al pueblo judío: la prohibición de las mezclas étnicas. Nuevamente interviene el procedimiento de la homología para deshistorizar los procesos culturales.

Cuando se apela a la religión, se aspira a la universalidad: un discurso religioso con inflexiones cientificistas articula los estigmas físicos y psíquicos que caracterizan al otro, sea éste individual o colectivo. La maldición que porta el líder recae sobre la comunidad: “Nosotros añadiremos un pequeño comentario, y es que ambos farsantes (López y Francia) hundieron a su país en ruinas y sangre, por la misma causa; y es que los pueblos pagan hasta la cuarta generación la degradación de los padres que crearon el gobierno absoluto” (C. y A., vol. 2, 277).

El discurso religioso, que es la malla de Conflicto, cambia en un discurso reflexivo de análisis político cuando el tema es el uso de las instituciones religiosas como factores de poder. La prosa contrapone en exacto paralelismo, y en tonos de blanco y negro, los actos fundadores de los jesuitas en el sur y los realizados por los puritanos y cuáqueros en el norte. Para Sarmiento, la fundación del Virreinato lleva en sí el germen de su disolución, porque además de los grupos indígenas, los jesuitas se dedicaron a la tarea de corroer el principio de autoridad de las instituciones coloniales. Concebida la evangelización en términos de lucha de poderes, Sarmiento acusa a la orden de usar a los indígenas en beneficio propio y de pretender crear un estado dentro de otro estado. Ferozmente anticlerical, la prosa acumula maldades y dobles intenciones sobre los enemigos hasta llegar a la descalificación de su utopía que, por otra parte, engancha con la crítica a la Revolución Francesa y sus ideólogos: “El Contrato social está fundado en la teoría de la bondad innata del hombre y de la corruptora influencia de la civilización”.

“’El hombre nace libre, dice, y por todas partes se le encuentra aherrojado’. La idea de igualdad de su teoría parte del mismo principio; y la preponderancia y autoridad tutelar, protectora y directiva que da al Estado, es la traducción apenas modificada del gobierno paternal de los célebres misioneros jesuitas, a quienes combatía Voltaire, su discípulo” (C. y A., vol. 1, 180).

En lugar de este tipo de contrato, Conflicto propone un contrato norteamericano basado en un concepto de igualdad que en rigor es mismidad, la alianza entre dos términos que se reconocen iguales porque lo son política, étnica y culturamente: “Y puesto que de instituciones vamos a hablar, los puritanos no podían admitir en la nueva Sión al salvaje que no podría firmar, ni comprender, ni practicar el pacto que celebraron entre sí los peregrinos de la May Flower la noche antes de descender a tierra en la Bahía de Massachusetts, en el lugar llamado hoy Plymouth” (C. y A., vol. 1, 211).

De la “nueva Sión”, la tierra prometida, están excluidos los diferentes por raza, lengua y cultura. Ese espacio cerrado y doméstico es en la década del 80 el espacio de la utopía sarmientina. Las dimensiones ideales concuerdan con las de las casas de Nueva Inglaterra, donde se combinan de modo rutinario el orden y los libros. El hogar puritano interioriza el modelo del estado burgués: división de roles, trabajo ininterrumpido, acatamiento a las normas. Todo cae bajo la mirada del dueño de casa: “Nada perdido, todo en su lugar” (C. y A., vol. 1, 211). Y presidiendo la utopía doméstica, dos libros de significativos títulos, Paraíso perdido y Viaje del peregrino.

Si el hogar doméstico norteamericano reproduce el modelo de estado, aquí en el sur los jesuitas construyen otro espacio cerrado, una comunidad utópica que, lejos de reproducir, produce un modelo que desafía el modelo oficial especialmente en la espinosa cuestión de la propiedad. La palabra utopía adquiere un matiz peyorativo y la clausura pasa a ser sinónimo de amenaza social. El espacio inaccesible, que se sustrae a la mirada, es potencialmente un centro de conspiraciones. El carácter panóptico de la misión sólo rige para los que están dentro de ella. La misión y la pampa, dos espacios a simple vista contrarios, tienen en común la capacidad de eludir las miradas ajenas.

La pregunta a la que responde el texto tiene que ver con los espacios vitales, en qué tipos de espacios pueden desarrollarse de modo armónico el juego entre vida pública y vida privada. Para evitar los conflictos, nada mejor que construir en la lengua los espacios de distribución de los grupos sociales. Sarmiento revitaliza la institución colonial del cabildo. Contra el espacio cerrado y sagrado de la misión jesuítica, el espacio abierto y laico del cabildo. Jesuitas o cabildantes: así planteado, se trata de una disputa por el liderazgo. Cuando el texto esboza las condiciones imprescindibles de los pretendientes a líderes echa las bases de una autoridad legítima.

El laicismo y la racionalidad fundan la legitimidad de la autoridad. Hasta la religión puritana está despojada de cualquier matiz místico; pero la apología del protestantismo proviene de otra esfera: entre religión y estado no hay conflicto de poderes; o mejor, la religión sostiene el proyecto estatal. Por el contrario, en el sur, religión, fanatismo, caudillos y luchas de poderes devienen sinónimos. El texto disuelve las diferencias entre los términos trenzándolos en una cadena que culmina con el concepto religioso del mal.

El tono apocalíptico impregna el discurso que describe el origen del mal. Pero el carácter sagrado de la condena no se circunscribe sólo al tono; hay toda una semántica del pecado original que se desplaza hacia la mezcla étnica al tiempo que se acumulan las profecías y se detallan minuciosamente las epifanías satánicas: el indio, el caudillo, el jesuita. Si la literatura del siglo XIX había acuñado el estereotipo del mal en la imagen del indio, Sarmiento se vale de ella y organiza las otras figuras a su alrededor. Por primera vez aparece una filiación directa entre el indio y el caudillo; el capítulo titulado “Los indígenas a caballo” comienza con el relato de la introducción del caballo, pero en seguida deja paso a las historias de caudillos. Artigas o Rivera comandan indios —el texto se refiere a las “indiadas de Rivera” y llama “pardejón” al caudillo—, negocian con ellos o tienen su sangre. De manera similar, los jesuitas los protegen y los usan, estableciendo una relación de amo y esclavo que combina el paternalismo con la explotación.

La prosa se ocupa de develar los signos y poner al descubierto las trampas diabólicas. El ejemplo más acabado: Artigas, bandolero, se hace pasar por patriota: “Llamábanle el jefe de los orientales, por no saber al fin cómo llamarle, pues él se llamaba el protector de los pueblos libres y bajo ese título extendió su autoridad hasta Córdoba, donde fue proclamado en 1816”.

“Cuando se ha querido escribir la historia de aquel desquicio, de aquellas violencias, traiciones, alzamientos y algaradas de jinetes, se han buscado palabras en el diccionario, ideas en lo pueblos, causas en los celos locales, para darles alguna forma aceptable. Todo se explica, sin embargo, dejando a todos satisfechos o igualmente contristados, restableciendo la verdad histórica, palpable, brutal de un alzamiento de razas conquistadas” (C. y A., vol. 1, 279). (Subrayado de Sarmiento).

El narrador cuestiona el nombre social del caudillo. El grupo es fuente genuina de enunciación, el que puede nombrar; por eso al señalar al propio Artigas como autor del epíteto con que se lo conoce, ilegitima el ejercicio de su autoridad. El discurso racista abusa del anacronismo del tiempo circular —el siglo XIX repite al siglo XVI— y del estereotipo de la tribu sublevada; las luchas independentistas se transforman así en “alzamiento de razas conquistadas”.

La representación estereotipada es una estrategia de poder. Cuando un grupo pone en peligro la hegemonía de otro, el discurso se encarga de invalidar al enemigo encarnándolo en un símbolo fácilmente localizable. En Conflicto, el otro, el mal se disimula vistiendo los disfraces seductores de dos roles sociales que en última instancia se reducen a uno: el patriota y el padre. Una manera de politizar los modos de representación consiste en tratar al otro como realidad fija, a la vez diferente pero de algún modo previsible.4 Esta ambivalencia determina una retórica que mezcla el asombro de las cosas vistas por primera vez con la certeza de lo ya conocido. En esta línea, el texto reflota y crispa la antigua versión de las biografías bárbaras.

El discurso racista explota la hipérbole, dibuja la caricatura del chivo emisario y resbala hacia el fundamentalismo en un intento de construir una verdad que permita la identificación rápida de imágenes y el proceso de subjetivización del culpable. El narrador penetra hasta las intimidades más profundas del adversario, lo posee íntegramente y su visión descubre horrores, torvas intenciones y hasta estupideces.

Porque debe encerrar a todos los otros en el cerco de la diferencia, borra los matices que en alguna época habían hecho de Rosas el pensamiento al servicio del mal. En esta última versión la prosa mima los discursos científicos de moda provengan ya de la biología —“La serie de renuncias presentadas en veinte años con insistencias, muestran la misma estupidez, que el instinto de hacerse el muerto que poseen muchos animales, ya insectos, ya cuadrúpedos”—, de la medicina o de la sociología. Estos tipos discursivos se entretejen con la denuncia política: “Pero el maníaco imbécil que hemos presentado (...) es un producto social que se viene formando con prestigio, con autoridad, con sanción de la ley, con asentimiento de los legisladores y apoyo ostensible y claro de la opinión dominante (...)” (C. y A., vol. 2, 368).

Las luchas políticas están sostenidas y legitimadas por discursos. Los enfrentamientos entre unitarios y federales incluyen confrontaciones verbales por fijar el contenido de una retórica nacional. Sospecho que una de las razones de la persistencia del esquema sarmientino en la literatura y en la vida argentinas es la invención de una retórica eficaz.

Una retórica fundamentalista deriva en políticas discriminatorias. La prosa abusa del tono del sermón, admonitorio y machacón, que estigmatiza con la diferencia y de la semántica religiosa: el dualismo bien-mal, el concepto de pueblo elegido o maldito, las imágenes del pecado y la corrupción, el mito de la caída y la resurrección.

La maldición bíblica, consecuencia de la transgresión, aparece en Conflicto como el pecado de la mezcla étnica. Las Escrituras ofrecen un patrón temático que sirve de apoyo a las argumentaciones. Si la quiebra de los mandatos divinos instala a la muerte en el mundo, los sucesivos gobiernos caudillos secularizan el tópico. Como contrapartida, un puñado de intelectuales y patriotas, entre los que se destaca el mismo Sarmiento, emprenden la tarea de la reconstrucción. El pasaje titulado “Resurrección” conecta las vidas personales en el exilio con la praxis literaria y traza una analogía religiosa en la que el escritor-profeta pronuncia las palabras que contienen la salvación. De otro modo: la literatura del exilio toma a cargo la redención de la patria: “En los Estados vecinos, Chile, Bolivia, Uruguay, y desparramados en menor número en otros países se asilaron los hombres de pensamiento, los antiguos congresales y patriotas, los escritores y la juventud estudiosa, ya que la pronta a formar estuvo siempre donde se batían contra el triunfo definitivo de la teoría del gobierno absoluto, que tenía en el Uruguay su sostenedor en el general Oribe”.

“La literatura argentina propiamente dicha data de aquella época memorable, de aquella batalla de diez años sin tregua que acabó en Caseros” (C. y A., vol. 2, 279).

En esta última etapa, la palabra escrita construye un espacio singular, puesto que anticipa los acontecimientos. La cita de Platón, puesta casi al comienzo, en la que se afirma la verdad inscrita en la letra, valida la práctica individual.5 Esta literatura que cumple una función redentora contrasta con otro tipo que el texto tiñe de connotaciones negativas. La profecía adelanta el destino; exhibe, por lo tanto, la verdad y esto justifica la lucha. Los términos que se implican son profecía, verdad e interés general.

En contraposición, el narrador rechaza la literatura que además de focalizar al otro le atribuye caracteres propios del bando “civilizado”. Elige para transcribirlos algunos versos de Ercilla que aluden al Estado araucano, al orden y a la disciplina del pueblo indígena. Lo que resulta intolerable es la posesión de las instituciones por parte de los otros; si la organización india es anterior a la blanca, resulta de ello una nueva escala de valores que pone en el escalón superior al grupo étnico que se supone inferior. Sarmiento acusa al poeta del “delito” de idealización, de haber creado un estereotipo, un modelo indio de guerrero y patriota.

Esta vez los juicios de valor operan con los criterios de verdad y falsedad. En la lógica textual, la literatura estereotípica es la que moldea el origen del mal con los atributos del bien. Los hacedores de esta literatura se especilizan en los estereotipos, introducen la falsedad y la hacen pasar por verdad, mientras defienden intereses particulares: “Un día se ha de escribir la historia comparativa de todas las conquistas, para hacer la crítica de la literatura de cada una de ellas, y se disipará tanta conseja inventada por los conquistadores mismos, para disimular sus derrotas, engrandeciendo al enemigo, para engrandecer sus victorias, elevando a centenares de miles los vencidos, y para ver lo que no comprenden en instituciones lo mismo que habían dejado en Europa en dinastías, noblezas, jerarquías, pontífices, etc., etc” (C. y A., vol. 1, 56).

El narrador se declara ferviente militante del primer tipo de literatura. Literatura y exilio se trenzan en la misión de redimir a la patria. El escritor-profeta acciona la lengua fuera de las fronteras de la patria y en el ejercicio de la palabra construye la verdad histórica.

Lengua y patria son los significantes que trazan los espacios que pertenecen a los miembros de la élite y los espacios que pertenecen a los enemigos. Conflicto y también los artículos reunidos en Condición del extranjero en América desgranan una galería de estereotipos: aunque pertenezcan a etnias dispares, los otros se encuentran en el reducido espacio de dos epítetos que los invalida como sujetos políticos y culturales. El indio, el caudillo y el extranjero presentan el reverso del escritor exiliado. Estos otros son radical y naturalmente distintos porque no tienen sentimiento de pertenencia y hablan una lengua imposible.

“Sin patria” y “de lengua confusa” son las marcas que homogeinizan el campo de los otros. El lenguaje incoherente de Artigas coincide con el del inmigrante italiano; el “bachicha” resulta un “bárbaro”:6 “Pues eso es del bachicha en América. Adviértase que el Paddy es ciudadano americano, y la Irlanda no es nación. El otro día llamábamos bárbaro a un diarista y gustónos la reminiscencia clásica de Gioberti que se empeñó para moverse a ser nación a los diversos reinos en Italia, en hacerles adoptar la división grecorromana del mundo en griegos y bárbaros. Después que alemanes, franceses y españoles eran bárbaros, hemos visto por las contestaciones, que bárbaro aplicado a nosotros, era simple inspiración de bachicha, pues toma el epíteto con tierra y todo, y lo trae a América Il primato italiano de Gioberti”7 (C.E.A., 383).

Bárbaro recupera el sentido primigenio de extranjero, el que habla otra lengua. El discurso periodístico inserta la palabra ajena, pero degradada después de haber sido sometida a un proceso de castellanización. La politización de los modos de representación en la lengua consiste en la irrupción del “cocoliche”. La burla y la apropiación paródica de la otra lengua que resuena hasta en algunos títulos —“Uditi o rustici”; “L’opinion étrangère”— alterna con el lamento por los tiempos idos. Para el viejo letrado, la unión pertenece al pasado: “Nuestros padres, sin distinción de origen, preguntaron al general Paz: —¿Puede defenderse la plaza? Y el general contestó: —Si me ayudan todos, la cosa es hecha. —Pues defenderemos nuestros hogares, contestaron a una ingleses, franceses, italianos, etc. Todavía no había aparecido el tipo bachicha, para preguntar ¿a cómo se paga la sangre?”

Y la defensa se organizó.

No hay patriotismo que baste cuando se agota la pólvora. No lo digo, en vía de comparación en la vida ordinaria. Cuando la cuerda del heroísmo está bien tirante el buen sentido pierde los estribos.8 (C.E.A., 372).

El interés pecuniario o la solidaridad grupal. He aquí un ejemplo de discurso discriminatorio que no incluye el significante raza, sino que pone en el centro el antiguo motivo de la muerte por la patria. El discurso de la raza se confunde con el discurso de la nación; su cruce delinea en el interior del país las fronteras que protegen de los grupos amenazantes.9 Los discursos ponen en relación el pasado con el presente: al actualizar la memoria de los males originarios, previene sobre el creciente peligro de las minorías no subordinadas al orden estatal. El discurso científico trabaja el rechazo a la raza en Conflicto; en los artículos periodísticos la discriminación se desplaza hacia otro objeto y defenestra costumbres o culturas.

El nacionalismo del último Sarmiento explota la oposición entre lo universal y lo particular. La voz del sujeto enunciador pretende uniformar y fijar la identidad nacional, trazando la línea genealógica que arranca en la colonia, pasa por la independencia y culmina en sus hijos dilectos, los intelectuales de la generación que creció alrededor del 37. En síntesis, espiga de cada época un elemento fundamental: instituciones políticas, capacidad guerrera y autonomía de pensamiento.

Esta es la identidad deseada y nunca alcanzada. El discurso representa la historia nacional como una repetición constante de la salida del estado de naturaleza y el eterno retorno a ella: del indio al inmigrante, el lugar de la esperanza es el patriota. Si el primer término arrastra la idea de raza y el segundo conlleva la impugnación cultural, el tercero es diferente por cuanto apela a una categoría universalizante: ser patriota es una vocación. La identidad nacional se configura en esa noción sumamente general y ambigua que no obstante perdura hasta el día de hoy y determina reconocimientos o exclusiones.

Wallerstein sostiene que en el concepto de pueblo se encuentra la dimensión temporal del pasado. El discurso racista usa el sentido de ese pasado como instrumento contra el adversario presente.10 Entre las instituciones que examina Conflicto interesa el surgimiento y la consolidación del pueblo, protagonista de la victoria sobre el inglés. El pueblo es sinónimo de patriota y se define en actos políticos, con lo que la lógica textual se aleja de toda especulación esencialista.

Los cambios de tonos delatan la posición de un sujeto enunciador que deambula por los acentos distanciados de la ironía, recala en la sobriedad de la aseveración y llega a la explosión admirativa: “El pueblo, en el sentido político, el pueblo soberano, aparece entonces en la escena, indignado. ¿Contra quién? Contra el fácil vencedor, porque el pueblo soberano es esencialmente español, meridional y católico; y el inglés, hereje,  y  rubio  y  colorado,  es  el enemigo nato del europeo del medio- día, de lo que hoy llamamos la raza latina. Así lo ha aprendido de sus padres, así lo ha heredado con el santo horror a la herejía (...)” (C. y A., vol. 2, 57).

La burla crítica del pasaje anterior se complementa con una estética de la sublimación de la lucha popular: “Por el contrario, el ardor del pueblo, teniendo por núcleo dos mil hombres regulares mandados por un jefe hábil y decidido no reconoce límites; el barro, los pantanos, no impiden que los cañones, cuarteados por cien paisanos, vuelen, como si alas de pájaros fuesen las ruedas, y con cada ráfaga del huracán, la bulla, los gritos, el alboroto, lleguen a los oídos de los que ya se sienten estrechados por el cerco” (C. y A., vol. 2, 59).

Cuando la narración se detiene en la guerra contra el invasor, complaciéndose en relatar situaciones y actitudes heroicas, inicia la genealogía de los patriotas. La lucha por la liberación aglutina sectores; la prosa da un lugar destacado a los paisanos y los acerca pacíficamente al ejército regular. La armonía social se transfiere a la guerra, presentada poéticamente en imágenes naturales.

Estas escenas pueden leerse como el lugar donde se condensa la cuestión que atraviesa el texto: la acechanza de un enemigo externo o interno sostiene la necesidad de poner en marcha políticas discriminatorias. El discurso racional y científico acompaña prácticas agresivas y no verbales que se dan en la sociedad.

B. Peregrinación de Luz del Día: El complot develado

En el pensamiento alberdiano, la utopía encuentra un espacio propio en el campo de la filosofía, ciencia y saber que echa las bases para otras disciplinas como la jurisprudencia y la política. Las reflexiones desplegadas en el Fragmento preliminar al estudio del derecho explican la práctica filosófica como el ejercicio de la razón; de ahí que se la reconozca sustrato universal y fundamento de legitimación: “la filosofía es la ciencia de la razón, en general” y la jurisprudencia la “ciencia de la razón jurídica”11 (F. P., 45).

En un movimiento constante que va de lo general a lo específico, Alberdi demanda a sus iguales el conocimiento universal y, al mismo tiempo, la aplicación del saber a un tiempo y un espacio precisos. Rechaza las especulaciones puras: la racionalidad del filósofo se hace visible en la medida en que contribuya a la evolución de la vida social. Si la filosofía alcanza valor en la praxis, paralelamente la política y el derecho que operan sobre una realidad determinada hallan vías genuinas cuando adscriben a las argumentaciones de la ciencia madre.

La conexión entre universales y particulares conforma un eje que retorna una y otra vez, saturando todos los tipos de discursos. Ya en el Fragmento asevera: “Dios ha creado la individualidad y la universalidad; podría decirse que la universalidad es el fondo y la individualidad es la forma de la creación. Una ley mantiene este fondo, la ley moral; otra ley sostiene esta forma, la ley egoísta: tal es la doble ley del hombre. La ley egoísta le divide el universo, la ley moral le liga al universo: una lucha y una atracción con el todo, tal es la condición del hombre como todas las cosas de la creación” (F. P., 120). La problemática discurre con variantes, en torno de las interrelaciones y adecuaciones entre teoría y acción, entre fundamentaciones filosóficas y actos políticos.

La búsqueda de un término sintético que, superando el binarismo haga mover la historia hacia adelante, determina un modo de argumentación que alterna dos figuras según las circunstancias: por un lado, juega con la figura de la conciliación cuando el discurso utópico enuncia las alianzas; por otro, arriesga la contrafigura del complot develado en el momento en que el discurso utópico se da vuelta transformándose en su opuesto.

La conciliación —figura textual, problema filosófico y propuesta política— aparece de manera recurrente y decisiva en el programa de las Bases. Veinte años después, Alberdi adopta una posición más cauta; en la década del 70, la posibilidad de conciliación se centra en armonizar los valores con las acciones. Esta nueva alianza implica una refutación a la otra invocada en las Bases; allí el letrado había apostado a la conciliación de formas políticas abstractas y había omitido aspectos prácticos de la cuestión. Error de juventud: el Alberdi viejo corrige omisiones. Porque la racionalidad no basta y no asegura la dirección de los acontecimientos, hay que hacer nuevos contratos, otros pactos que rectifiquen los antiguos. La literatura ofrece el espacio para celebrarlos.

La trayectoria intelectual de Alberdi se desliza en dos andariveles: a las concepciones ético-filosóficas del siglo anterior agrega propuestas pragmáticas para aplicar en coyunturas particulares. Si el iluminismo asoma en los planteos sobre la razón y sus correlatos, el siglo XIX y cierta imagen de la realidad americana diseñan un proyecto con preeminencia de un poder político fuerte que consolide el desarrollo industrial.

Porque se consideraba filósofo, Alberdi no rehuyó las preguntas de su época sobre el origen y el fundamento de las leyes y sobre las relaciones entre la razón, la verdad y el bien. En el intelectual joven, verdad y razón coinciden; los enunciados filosóficos son de por sí verdaderos y, por consiguiente, buenos, morales y justos. En el Fragmento la razón general es sinónimo de verdad. El bien absoluto, homologado con la ley moral, sigue los lineamientos del derecho natural. Así, lo bueno, lo moral y lo justo son aspectos de la relación pacífica del hombre con el bien en sí, esto es, el bien moral o el bien común. El acuerdo entre bien individual y colectivo gobierna también el campo del derecho social, concebido como sistema de principios y normas que regulan la evolución conjunta de los individuos. Porque el espíritu de justicia es intrínseco a la ley y al legislador que la enuncia, ninguna ley puede atentar contra la razón o contra la libertad. En este punto, Alberdi trata de aferrar la teoría a la vida cuando reclama la necesidad de reformar las costumbres para evitar que la ley se convierta en letra muerta.

Al lado de la ley, y con igual estatuto civilizador, coloca a la economía: “En rigor, pues, la economía y la moral no son dos ciencias, sino dos aspectos de una misma ciencia: la ciencia social. Como el hecho moral y el hecho económico no son dos hechos, sino dos casos de un mismo hecho: el hecho humano; pero dos casos, eternamente dos, jamás idénticos” (F. P., 151).

A veces, Alberdi disputa con Sarmiento el concepto de educación. Desde la perspectiva del legislador, la educación consiste en ejercitar a la sociedad en la práctica de los deberes y los derechos políticos que son instrumentos del autogobierno. La libertad reclama como condición de posibilidad la riqueza material generada por el progreso industrial; sin embargo, el cumplimiento de estas etapas requiere la pacificación interior; es ésta la primera cláusula del desarrollo. Por eso embiste contra Sarmiento: “Mucho podrá deber al alfabeto, pero más falta le hacen hoy la barreta y el arado. Esta es la educación popular que necesitan nuestras repúblicas y por cierto que ella no se toma en la guerra civil” (C. Q., “Tercera carta”, 68).

La imagen de un camino ascendente cuyo primer peldaño es la paz, el segundo, la riqueza material y el último, la libertad podría metaforizar la organización de la nación. En Alberdi hay una idea constructivista del concepto de libertad que implica la meta, el fin al que deben tender todas las tácticas y todas las estrategias. El sistema diseña una pirámide en la cual los lugares del político y del sabio están determinados por el intercambio de esfuerzos para edificar una sociedad que, aunque es destinataria del plan, colabora sólo con la obediencia. En este recorrido, el individuo que sintetice autoridad y poder genera a su alrededor la paz que conduce a la libertad, accionando previamente medios coercitivos para lograr la concordia.

En la disquisición sobre la distribución del poder y la posesión del saber, Sarmiento acerca los términos que forman una dupla positiva y anhelada. Por el contrario, Alberdi los escinde, viendo en ellos el origen de numerosos conflictos. En el imaginario alberdiano, a menudo los que tienen el poder carecen de saber o de razón; y a la inversa, el saber compete a ciertos sujetos más o menos anónimos que, no obstante, desempeñan la tarea de marcar rumbos.

En el sistema así planificado, importan los lugares que ocupan los sujetos y no el nombre propio. De ahí el intento siempre renovado de borrar la subjetividad de la primera persona para preferir un discurso productor de efectos de distanciamiento. En la consecución del fin último —la consolidación de la libertad y la ley— los individuos cumplen el rol que, de alguna manera, les asignan las coyunturas. Su carácter accesorio contrasta con el poder supremo conferido a la ley; Alberdi defiende “una constitución que tenga el poder de las hadas, que construían palacios en una sola noche” (B., 105). Si las Bases recogen el lema de Urquiza “Confraternidad y fusión de todos los partidos políticos” y ponen al caudillo en el centro de la organización es porque el lugar del militar, su campo de poder, lo corrobora como solución de doble faz: Urquiza une a la capacidad guerrera las ventajas de un carácter político pacifista.

El emplazamiento de la ley en la cúspide convierte al sistema en fortaleza inexpugnable. El dicho de los antiguos “hacerse esclavo de la ley para no serlo de los hombres” renace a menudo con afeites que lo actualizan. Pero el espíritu que sostiene las distintas versiones permanece idéntico: no bien se reconoce a la ley por instancia suprema e indiscutible, se la ubica en un espacio alto y alejado, un espacio inaccesible para los profanos. Desde ese espacio habla a ciertos mortales. Palabra profundamente autoritaria, cuando se la oye hay que aceptarla y reproducirla o transgredirla.

¿Qué papel le queda al sujeto frente a la ley? Los buenos ciudadanos son aquellos que se dejan poseer; la ley habla por su boca. El legislador es un Hermes moderno que lleva diligente el mensaje de los dioses. Aunque mensajero, Hermes sigue siendo un dios; las palabras olímpicas lo ratifican en un lugar intermedio entre los dioses y los mortales; de modo similar, el legislador escucha con atención la voz de la ley para decirla al pueblo. Por ser instancia incuestionable, la ley valida a su enunciador; en el discurso alberdiano, el sujeto, conciencia individual, se desvanece para retornar travestido en una especie de voz general que articula principios universales. La voz no pertenece ya a un cuerpo, sino que subraya su identificación con un ente trascendente. La ley no sometida a discusiones se erige en dogma racional; el oxímoron esclarece los vasos comunicantes entre fe y razón: la religión que Alberdi comparte con muchos contemporáneos entroniza por dios a la razón y por profeta al legislador.

La contracara del discurso racional se refugia en el espacio de la literatura, dominio de la imaginación que abarca la esfera de lo irracional. Allí el absurdo sustituye a la sensatez; y los prejuicios, a las leyes de la lógica. Entre sus instersticios se mueve la desesperanza que junto con la sin-razón designa de manera hiperbólica una zona de la vida cotidiana y de la política contemporánea. La literatura constituye el espacio apropiado para desplegar la distorsión y la burla, el lado oscuro de la realidad.

En Peregrinación puede leerse la inversión literaria del proyecto político-jurídico contenido en las Bases.12 Alberdi literaturiza la irracionalidad de los otros y el pesimismo propio. Cuando el recurso de la ironía se expande y se hace modo discursivo, crea una manera particular de significar: por un lado, exige del lector la reconstrucción del sentido, rechazando y dando vuelta al sentido literal; obliga a la elección de un significado y a la negación de otros posibles. En la medida en que el lector entra en el juego, crea con el narrador lazos que urden intrigas cuyas víctimas son tanto los referentes internos como los externos.13

Además de la complicidad entre narrador y lector, la textualidad irónica implica la tensión de dos sentidos que se resuelve en el triunfo de uno, el juicio y la consiguiente dirección valorativa respecto de los ámbitos condenados. El sujeto de la enunciación se separa de su enunciado; si, por un lado, la ambigüedad asoma fugaz en la aparición de una sola voz bifurcada que dice una cosa y significa la opuesta, en seguida la oscilación desaparece. La duplicidad se muestra falsa porque las jerarquías quedan establecidas al situar una visión por encima de las demás. La ironía es la forma privilegiada de una voz-juez que se despega de lo circunstancial o accesorio dictaminando valores y señalando errores. El espacio del juez es transparente; no está nunca en el límite entre lo bueno y lo malo, sino en el continente del bien. Ese sujeto irónico de la enunciación indica el lugar imaginario del letrado que, instalado en el seguro refugio de la razón, marca los signos de la irracionalidad.

Peregrinación es una contrautopía, la novela de la desesperanza. El fracaso político del proyecto se exhibe como ficción desilusionada. Literatura, política y fracaso. Del viejo optimismo militante queda en el Alberdi de la década del 70 la postura crítica frente a un sistema desvirtuado en la práctica. Si “todo proyecto y toda construcción llevados hasta los límites de su perfección roza ya la utopía”, si “un sueño inacabado hacia adelante”14 es la médula del pensamiento utópico, el texto de Alberdi pone en escena la negación patética de esta definición, porque muestra lo que no pudo llegar a ser. No obstante, el letrado no renuncia a la esperanza; la limita a ciertas zonas y ciertos personajes. Cambia el optimismo sin fronteras por un discreto posibilismo.

El discurso posibilista hace de contrapeso al discurso utópico. El equilibrio, deseado más que realizado, perfila la conciliación entre dos aspectos fracturados en el orden de la realidad que mantienen vínculos de mutua implicancia. Aquí se detiene la reflexión; Peregrinación conserva el cuestionamiento, pero carece del desenlace feliz: las contradicciones perduran aún cuando el texto llega a su fin.

En rigor, Alberdi escribió siempre los fundamentos para la nación y la legitimidad de sus instituciones. Así como en 1850 había echado las bases para la constitución y la unidad nacional en el discurso jurídico, esta vez, usando el discurso literario, espiga las formas y los principios que deben ser conservados, los que deben ser rectificados o directamente rechazados en la redefinición del estado. Peregrinación es la novela del estado, o más bien, de dos estados, el efectivo y degradado y el perfectible; el texto representa todos sus elementos, subraya la ausencia de alianzas entre dirigentes y pueblo, examina y valora distintas concepciones del estado. Puede leerse allí: la necesidad de edificar la sociedad sobre pactos; los conflictos entre sociedad civil y sociedad política; los juegos de poderes y opresiones y la irrupción de la razón en el desarrollo de la historia.

Dos faltas, dos huecos que desmoronan cualquier proyecto. Primera ausencia: la participación del pueblo, sin el cual no hay legitimidad, ni razón, ni bien; segunda ausencia, el interés general. La novela denuncia la transgresión de los pactos contenidos en el lema Mayo-Progreso- Democracia a manos de individuos que han olvidado la misión de los antiguos legisladores, trocando el bienestar común por ambiciones personales. Se insiste: el divorcio entre política y ética es fuente de males sociales.

El texto discute la aplicación deformada de un sistema. Pero en el movimiento, también queda implicado el sistema propio que no ha atendido más que a la racionalidad. La función utópica de cuestionamiento del orden contemporáneo agrega en Peregrinación un proceso de individualización al señalar a los responsables del caos. La revisión crítica sigue el modo filosófico de argumentación: las abstracciones generales apuntan a lo particular argentino. El relato conserva el esquema narrativo de las novelas y cuentos filosóficos del siglo XVIII francés y con él construye el sintagma a aplicar en la corrección del proyecto estatal: la ley no es performativa. El programa primigenio se da vuelta porque así como las Bases no dieron lugar a la sociedad ideal, así también difiere la enunciación de la ley de su práctica. Los hombres que la ejecutan serán los sujetos de la disputa.

Peregrinación es una novela “juez” que dicta sentencia sobre el delito de escisión. Ejemplifica la decadencia de una sociedad en la que se han resquebrajado las alianzas entre razón, ley, bien colectivo y praxis. La anécdota narra los alcances de la fractura entre orden ideal y orden real, ilustrada por los personajes de Luz del Día y Quijote y el divorcio entre ética y política asumido por Tartufo, Gil Blas y Basilio.

La sociedad que puebla el mundo narrativo engloba personajes literarios que representan los vínculos entre sociedad civil y sociedad política y personajes alegóricos que señalan el lugar de los valores cívicos —verdad, libertad, justicia— en la sociedad. A unos y a otros corresponde parte de la responsabilidad en la crisis nacional: la connivencia de los grupos de poder alejados de las bases trama el primer desvío. De manera paralela, la insistencia en principios abstractos que ignoran la realidad desemboca en la inoperancia; la ley que excluye las realizaciones pragmáticas a fuerza de teorizaciones se autosentencia y condena también a la comunidad para la cual nació. En otra palabras, el fracaso radica en la elisión de un término —ética o práctica—, porque si Tartufo es un verdugo consciente, Luz del Día se convierte en enemigo social a fuerza de ingenuidad.

El texto descubre los peligros que acechan a una sociedad cuando ésta delega la facultad de autogobernarse y cuando sus representantes se apartan del imperativo de legislar con miras al bienestar general u operan distanciándose del pueblo. Por un lado, el pragmatismo y la lucidez corruptos. Por otro lado, la incomprensión de la realidad. La encarnación paródica de aquellos que planifican la construcción de un estado anterior a la consolidación de la nación plasma en el episodio de “Quijotanía o la colonización socialista en Sud América”. Igualmente inútil, la conferencia que da Luz del Día sobre la libertad manifiesta la insensatez de armar un orden sobre principios atemporales que pretenden validez universal. El auditorio permanece sumergido en el tedio que causa la retórica de lo incomprensible: “Un coro de silbidos, una lluvia de insultos, un diluvio de pedradas hubiesen dado al amor propio de orador una satisfacción más grande que su dolor de verse despreciado con tanta benignidad e ingenuidad por ese terrible letargo universal de su auditorio (...) Un pueblo que insulta y aborrece la verdad no está distante de estimarla: el ultraje supone la estimación secreta del mérito envidiado”15 (P.L.D., 286).

La novela fluctúa entre el desencanto extendido y el vislumbramiento tímido de la esperanza. En la descripción de la sociedad civil, el mundo narrativo yuxtapone a Tartufo y a Fígaro; si el primero encarna la búsqueda del interés individual, el segundo comunica la zona del poder con el ámbito del pueblo. Fígaro desecha posiciones rígidas y junta astucia y capacidad de acción para trabajar en favor de la libertad. Mientras este personaje se mueve en la esfera de lo posible, Luz del Día sostiene el lado utópico, la plenitud de la verdad. En la novela, el periodista de La Moda abandona el diminutivo; y con su desaparición las aspiraciones juveniles se modifican en pretensiones más modestas. Acaso la madurez entremezcla pragmatismo y esperanza. Fígaro conserva de Tartufo la habilidad de manipular la realidad. A Luz del Día lo liga la defensa de derechos naturales. Punto de convergencia entre dos extremos, el personaje escenifica una posición política y ética; absorbe cosmovisiones polarizadas y las reelabora en un accionar cuya operatividad paga el costo de renunciar a los absolutos. Frente a la luz deslumbrante de la verdad, Fígaro es una sombra en que se proyecta la claridad; y precisamente por la condición de no encandilar a los demás puede actuar en favor de la luz.

Lo universal particularizado: Alegorías y tipos

“Yo no quiero recordar pleitos antiguos”, dice el personaje de Molière (P.L.D., 44). Sin embargo, el texto pone en escena un enfrentamiento que toma senderos oblicuos al cifrar en claves literarias conflictos políticos y problemas filosóficos. Peregrinación se construye en un juego que combina la abstracción que genera el uso de alegorías y tipos con la determinación de la referencia. La novela es una máquina de producir clisés. Hay un abuso intencional del clisé que afecta todos los niveles, el discurso, el léxico, los temas, las situaciones, los personajes, las acciones narrativas, el género.

El relato trabaja lo cristalizado en los personajes alegóricos o típicos. Los que encarnan los valores, pilares de la sociedad, es decir, los universales de libertad, justicia y verdad hablan el discurso iluminista, las viejas ideas revolucionarias, aunque aparecen personificados al modo medieval. Si las alegorías resbalan por el plano de la declamación, los tipos describen la composición de la franja social donde se trama el destino de la república. Es este sector intermedio, oculto entre bambalinas, el que ejerce estrategias de poder. El relato les adjudica un pragmatismo cínico con el que se acomodan al sistema que usufructúan y al que contribuyen a sostener. Con la alternancia dialéctica del rótulo, que proviene de la literatura europea, y la identificación, que provee la política argentina, Alberdi reelabora a un Tartufo-Sarmiento, a un Basilio-Gil Blas-Bartolomé Mitre, parafraseando programas y copiando actitudes y opiniones.16

Mediante enunciados que se ubican a mitad de camino entre lo abstracto y lo concreto, la literatura vertebra los campos filosófico y político. Si las figuras alegóricas hablan el discurso de los universales, los tipos extraídos de la literatura incorporan los referentes externos: Tartufo o Fígaro son eslabones que literaturizan lo no literario. Máscaras que acercan los planos, estos personajes ofician de conectores didácticos accionando los conceptos en una anécdota que facilite su comprensión; son al mismo tiempo instrumentos polémicos que muestran zonas ocultas de la historia contemporánea. La literatura es el espacio donde se pone en escena la develación de los complots que maquinan los grupos de poder. Una especie de funcionamiento mayéutico intrínseco la confirma como espacio de conocimiento y de lucha político-ideológica.

Cuando la literatura y la política ocupan el mismo espacio, cuando las esferas no son autónomas, entonces se justifican las nociones de referencia y representación. Si los textos literarios no están regidos sólo por convenciones semióticas sino que describen mundos, podemos decir que Peregrinación imagina el universo nacional.17

La novela barre distintos grupos e instituciones de la sociedad civil y política. Las relaciones del narrador con sus personajes manifiestan acuerdos o distancias respecto de esas zonas. La postura es inflexible cuando juzga la zona del poder que comprende a Tartufo y compañía; fluctúa en cambio entre la adscripción y la duda cuando focaliza a Luz del Día o a Fígaro. El relato transforma y reproduce otros discursos del mismo Alberdi o de otros políticos. Luz del Día retoma enunciados de las Bases y conceptos del Fragmento o de El crimen de la guerra. Estas citas, que son el contexto de Peregrinación, cierran el sistema inaugurado con el Fragmento; superponiendo filosofía y literatura, o utopía y contrautopía, el sistema puede volverse sobre sí mismo para pensarse, corregirse y rectificar el modelo de nación.

Los referentes borrosos se tornan cada vez más nítidos en ese espacio total en el que conviven la crítica, la desilusión y la esperanza. El contendiente de Alberdi se bifurca, ya que su palabra se dirige contra los iguales, contra los enemigos en el poder, pero también contra sus propias ideas. De manera patética, hay enunciados que refutan en muchos momentos los antiguos proyectos contenidos en el Fragmento o en las Bases; como ejemplo del desgarramiento que desborda el texto basta citar la violenta inversión del lema “gobernar es poblar”. El optimismo implícito en el movimiento totalizador cede subrayando aquellos casos en que “poblar es apestar, corromper, embrutecer y empobrecer” (P.L.D., 32). No obstante, en su conferencia, Luz del Día revitaliza el concepto: “El medio de poblar es el medio de educar en Sud América y no hay otro eficaz y pronto” (P.L.D., 255).

La mirada posibilista que constriñe los extensos territorios de los universales delinea otros espacios más pequeños y divididos. Tartufo y sus compañeros se mueven en ámbitos subterráneos, Luz del Día en espacios anchos, supracontinentales; su espacio es el mundo libre, un universo sin fronteras. El texto señala un espacio intermedio que es el que recorre Fígaro. Aunque Fígaro se desplaza hacia arriba y hacia abajo, su lugar de pertenencia y su ámbito de acción es esa dorada horizontalidad en la que actúa como despertador de la conciencia del pueblo, traductor de los conceptos y defensor de los derechos. Pero Fígaro no es un héroe; sus tácticas son las de la resistencia, la del que afirma con la palabra para negarla luego con los hechos. Su política condice con el siglo, practica el pragmatismo y la astucia como modos de supervivencia.

La literatura diagrama un espacio poliforme donde confluyen la filosofía, el derecho y la política; una zona de fantástica capacidad intertextual donde caben todos los discursos, todos los tiempos, todos los modelos y todos los enemigos. Por ser una esfera no autónoma, la literatura permite una cantidad infinita de deslizamientos y de inclusiones. El lenguaje acciona el cuestionamiento cuando en el espacio del clisé confluyen el tono declamatario, el distanciamiento irónico, la cita de otros textos y la definición seguida de una contradefinición. La mezcla de todos estos componentes que corresponden a niveles textuales diversos permite leer lo puntual y la coyuntura en la abstracción. El discurso que amontona la mayor cantidad de lugares comunes es el discurso que emite la verdad. Verdad y clisé se unen de manera indisoluble: la verdad es un lugar común.

Todo lugar común configura el espacio ambiguo de lo deseado por compartido y lo rechazado por gastado. El lugar común debe ser usado con la ironía que proveen las comillas. Se constituye sobre la complicidad que otorga el reconocimiento de un secreto escondido en la palabra y supone un escucha que comparta los códigos. Cuando Luz del Día sostiene la utopía de la razón inmutable y divide en su discurso dos órdenes irreconciliables —la mentira y la esclavitud excluyen el dominio de la libertad y de la armonía natural— suspende la certeza. Sometidos al trabajo del clisé, el lenguaje iluminista y la cita aseveran los universales al tiempo que ironizan y los someten a la burla.

El sistema primigenio desarrollado en el discurso filosófico, jurídico o teatral justifica en la filosofía sus proposiciones objetivas y generales. Un escalón más abajo y emanados de la ciencia madre que los acerca y convalida se hallan la política y el derecho que generan sistemas particulares. En esta construcción jerárquica los sujetos se engarzan al modo de palancas. El sistema asegura su continuidad porque tiende a superar idiosincrasias. Pero cuando se accede al dominio de la literatura, el relato configura un espacio crítico donde no sólo se revisan los métodos usados para concretar los fundamentos, sino que también se cuestionan los mismos fundamentos.

La literatura es lo particular mismo. Ella puede albergar lo singular, el trazo mínimo y efímero; y puede también dar cabida al ademán ampuloso, construir mundos ilusoriamente completos. La literatura tiene la capacidad de realizar ambos movimientos simultáneamente en una única superficie significativa. La novela de Alberdi explicita las relaciones entre el individuo y el sistema, detalla la posición de los sujetos en el mundo descrito. La desarticulación entre un nivel y el otro arrastra el fracaso. En el reparto de culpas nadie queda a salvo. La crítica abre varios frentes: la caída en el individualismo y la desvinculación de la realidad se siguen como antecedente y consecuente. La voz narrativa condena a todos los estamentos: al pueblo, a la clase dirigente y a la élite pensante.

Cuando los personajes portavoces de la palabra letrada profieren idénticos gestos de separación y unión muestran la dificultad de armonizar las acciones particulares con el sistema en que se desenvuelven. Luz del Día divide veracidad de falacias; Fígaro se encarga de enseñarle estrategias eficaces para neutralizar las acciones enemigas. En el final es Fígaro quien fragmenta la verdad en física y natural; su compañera las fusiona. La prosa acerca la palabra del personaje a la del narrador y, borrando cualquier marca identificatoria de locutores, una voz general y anónima invoca la existencia de una sola verdad contradictoria en la que el acto de pensar conlleva un compromiso social.

Alberdi escribe el nacimiento del poder, de qué maneras se construye y cómo se ejerce: el poder político no nace de la soberanía del pueblo sino de las intrigas de un pequeño grupo. De entre ellos, Tartufo se destaca como líder para debatir con Luz del Día. La codificación referencial es fácilmente discernible: Sarmiento discute con Alberdi el proyecto estatal. La pregunta que formula la viajera: “¿Quién es este hombre?” (P.D.L., 7) recibe una respuesta rápida porque, difrazado de republicano, Tartufo agita las consignas de educación popular que en el texto pasan a ser la “moral del asesinato”.

La contrautopía devela el complot del adversario. En la minuciosa selección de los elementos arroja sospechas sobre miembros de la dirigencia política y pone en jaque a las instituciones públicas y privadas: la familia, la prensa, el sistema educativo, el manejo de la política externa e interna, la economía, las relaciones sociales y las leyes de la república. En síntesis, la sociedad política y la sociedad civil, así como las normas que rigen la convivencia, caen bajo la piqueta de este texto demoledor del statu quo.

La reflexión sobre el estado y la sociedad en un relato atiborrado de alegorías y tipos lo torna eficaz. Las relaciones entre el universo literario y lo extratextual se refuerza con una estructura en abismo: la narración de la utopía socialista patagónica aprieta en pocas páginas otro mundo del revés. El episodio de Quijotanía se apoya en el eje semántico de la falta de razón, repitiendo el eje mayor. La dualidad parece ser la característica de la novela; la tensión entre alegoría y literalidad constituye otra estructura doble. Peregrinación inventa un mundo del revés donde reina la decadencia de los valores cívicos. Este mundo textual mantiene una relación de continuidad con la historia; el universo ficcional pone en escena la duplicación hiperbólica del mundo real. En el espacio narrativo se juntan las esferas de la literatura que provee los personajes y de la historia y la política que aportan discursos, anécdotas y hechos biográficos.

Si un relato alegórico se caracteriza por una estructura de dos líneas narrativas que guardan entre sí una relación dialéctica, Peregrinación se aleja de este modo de significar en cuanto que no hay una segunda narración que lea la primera, ni siquiera que la repita. Por el contrario, la novela insiste en darse una función literal.

El texto pide explícitamente que se lo decodifique. Pero el misterio a develar reside más que en la identidad de los personajes —claramente nombrables— en dilucidar las maniobras y manipulaciones políticas. Se trata de descubrir lo que permanece oculto, la trama del complot. Por esta razón, la definición inicial de “lo que es este libro” enumera posibles interpretaciones —historia, política, filosofía moral, cuento fantástico, libro de viajes, estudios de zoología moral—, invitando a aceptar o recusar las propuestas. Pero hay un resto insinuado y suspendido en el sintagma “es algo más”, especie de hueco semántico que irá llenando el avance del relato (P.L.D., 3). Pueden leerse allí los despojos de un proyecto, las batallas políticas e ideológicas, la historia de una mentalidad y el sentimiento ante el fracaso.

Acaso la frase de Benjamin “las alegorías son en el reino del pensamiento lo que las ruinas en el reino de las cosas”18 condense de manera admirable la novela alberdiana: alegorías medievales de lenguaje dieciochesco para las ruinas del estado soñado. La representación se apoya en la redundancia: habla de la decadencia mediante la decadencia. Alberdi combina dos modos de significar al juntar la alegoría con la literalidad. El otro hablar inherente a la alegoría remite no a otro sentido sino al deslizamiento de planos, del plano literario al filosófico, de la esfera de la ficción al ámbito de la política contemporánea. La literalidad invade el dominio de la alegoría, historizando lo que el proceso de abstracción alegórica deshistoriza. Hay un movimiento dialéctico en el interior del mundo textual que juega con la vacilación entre lo atemporal y lo coyuntural.

De la visión alegórica, Alberdi conserva el sensus moralis medieval en la condición ejemplar del relato. Pero, si el medioevo enfatizaba sólo la condición general del hombre, Peregrinación lleva la marca de su siglo y se debate con suerte fortuita entre consideraciones universales acerca de la naturaleza humana y reflexiones sobre el caso particular de América. Instalada en el nivel de los personajes, la alegoría introduce la historia en la búsqueda infatigable por armonizar lo universal con lo individual. Si el texto desecha trabajar con personajes históricos es para dar oportunidad a la historia de inmiscuirse disfrazada de literatura. Como dice Enzensberger: “El único sistema de signos coherentes en donde se puede leer la historia como una realidad material y concreta parece ser (...) la literatura”.19

Bloch establece vínculos entre la función utópica (lo-todavía- no- llegado-a-ser) y los tipos y las alegorías. Porque son categorías de síntesis y de condensación, la función utópica se apodera de lo no elaborado en ellas para usarlo en la realización del proyecto. Ciertas zonas no trabajadas de la alegoría y del tipo pueden acoger la función utópica que les imprime una orientación positiva hacia adelante.20 En el revés del género, Peregrinación acciona lo consolidado de los tipos literarios europeos y reelabora en las personificaciones alegóricas los pilares conceptuales del iluminismo; en sus discursos, los clisés y las argumentaciones viciosas dan cuenta de la esclerosis intelectual.

Cara y ceca de la misma moneda, el aspecto crítico modula su dureza no bien se lo contempla desde el lado de las instituciones. La literatura didáctica es altamente socializada; por eso, a menudo representa ideas destinadas a ser incorporadas por un público amplio. Para hablar de las instituciones estatales que son la base de la convivencia, Alberdi elige paradigmas literarios socializados. Una institución refuerza a la otra, poniendo en evidencia una concepción de la literatura y de la política en la que la institución ocupa el centro.

El empleo de tipos literarios favorece el doble proceso de metaforización y literalidad. El tipo es un sistema semiológico; una microestructura basada en un conjunto de rasgos organizados en torno a un núcleo fijo y un número pequeño de variables. En la medida en que su valor le viene impuesto desde afuera, entra en el texto con una función predeterminada.21 Las alegorías y los tipos tienen en Peregrinación idéntica función: resumen sentidos codificados en la literatura que se han convertido en patrimonio de la comunidad universal.

La alegoría presupone el plano de la ética. En Alberdi, la ética como modo discursivo implica la copresencia de dos discursos, uno que impone el tema y el otro que lo analiza críticamente. Ambos se enfrentan y se examinan desmontando los presupuestos del contrario. Como en un espejo, cuando plantea los términos del debate, el otro hace de lenguaje crítico y viceversa. Los personajes alegóricos y típicos se hacen cargo de estos dos discursos. Su emisión separa esferas que mantienen un pleito irresoluble: representan órdenes que se oponen y, por consiguiente, se neutralizan. A nivel textual el quietismo se expresa en una red de definiciones y contradefiniciones. Las definiciones que enuncia un personaje son devueltas con signo contrario por el otro. En el momento en que Luz del Día se autodefine: “—Yo soy la verdad” su interlocutor replica: “—Bien lo sé, y por eso cabalmente es usted la desgracia” (P.L.D., 11).

La guerra de definiciones acaba en un punto ciego porque cada sistema está marcado por una carencia que lo invalida; si la falta de ética anula moralmente el accionar de Tartufo, la falta de operatividad pone en duda los postulados de Luz del Día. El duelo dialógico separa, por un lado, verdad de error pero al mismo tiempo congela toda posibilidad de cambio. Con este movimiento, el texto rechaza los sistemas de pensamiento binarios porque condenan al estatismo. A medio camino entre la posición intransigente de Luz del Día y el lugar efectivo en que se ubica Fígaro en una sociedad “imperfecta”, Alberdi va pergeñando la imagen del letrado, que es su propia imagen. El intelectual resulta un exiliado permanente no sólo de su patria, sino de su propio sistema, tironeado y desgarrado entre la apuesta racional y los acontecimientos que la desmienten.

La contradicción que no cesa

El desdoblamiento es un principio fundamental del texto: si el género utópico se constituye en la inversión del orden real, Peregrinación agrega el revés del otro discurso alberdiano; la posición del narrador se ubica entre dos personajes; los diálogos enfrentan las voces en la definición y la contradefinición; la escritura propone la alegoría y la literalidad; cantidad de intertextos surcan la prosa de modo que superponen tiempos, nombres y proyectos; distintas versiones de un mismo concepto circulan entre el principio y el final. Sin embargo, el dos no toma siempre la misma valencia; por el contrario, es oposición o contradicción, según los casos específicos.

El universo narrativo detalla la composición de la sociedad, circunscribiendo en la dicotomía campo-ciudad los espacios pertenecientes a los distintos grupos. El campo —la estancia patagónica— es el espacio utópico por excelencia: dentro de la clausura de sus fronteras todas las locuras se hacen realidad. Es el ámbito de la sociedad política que encarnan don Quijote y su secretario gallego. En la ciudad, se mueven el pueblo y una franja intermedia de “seres subterráneos”, motores del resto de la sociedad. Esta zona de espacios sofocantes, ocultos y bajos donde se mueven Tartufo, Basilio, Gil Blas y Fígaro es la preferida porque allí está el nódulo del poder. Los agentes sociales de esa capa constituyen una élite que remeda de manera degradada a la generación del 37: ocupan idéntico lugar, ofician de puente entre la clase gobernante y el pueblo pero trastruecan la misión.

Al llevar a primer plano el peso de las apariencias, el análisis acentúa los rasgos críticos. Los personajes típicos tienen a cargo explicar las relaciones sociales develando la corrupción. Ellos son el auténtico poder porque lo crean, ungen ministros y presidentes. Su discurso involucra la investigación del problema político de la dominación y paralelamente de la obediencia a ese poder mediante el manejo de la opinión pública y de las instituciones.

Pegado al discurso sobre el poder, la novela despliega un discurso sobre las formas de la verdad; discurre sobre sus posibilidades e imposibilidades. Hay dos conceptos de verdad. Desde el poder, la verdad consiste en la descripción de situaciones. La problemática de la verdad no tiene que ver con valores sino con acciones políticas que se juzgan según el patrón de la eficacia. La contrapartida de esta definición la da Luz del Día cuando desde planteos éticos sostiene que la verdad es universal.

El relato iguala a los sujetos y los reconoce como interlocutores de acuerdo con la relación poder-verdad. Tienen estatuto idéntico aquellos que entienden el poder de la verdad y la hipocresía del poder. La verdad circula exclusivamente entre los miembros de esta zona pero no se otorga jamás al pueblo. En los diálogos contrapuntísticos, los personajes esgrimen razonamientos que revelan conciencias lúcidas. Pero el circuito se  interrumpe en el pasaje  hacia  el exterior.  La visión crítica del narra- dor se ensaña  con  esta  zona:  el  pueblo permanece  ciego  y sus opinio- nes se reducen a un cúmulo de prejuicios. Peregrinación representa al pueblo como lugar de apariencias: “En achaques de honor, señora mía —replicó el hotelero— sobre todo, respecto de una dama, la verdad y la realidad son nada; la apariencia es todo. Aunque usted fuera la verdad en persona, yo respetaría más la mentira si fuese apoyada por la opinión pública” (P.L.D., 130).

Contra este concepto de pueblo que adhiere al engaño y se convierte a sabiendas en sirviente de los manipuladores la novela propone otro porque el auténtico pueblo es el gran ausente. En esa falta cifra Alberdi el motivo por el cual un simulacro de comunidad puede convertirse en paradigma de convivencia. Otra ausencia notoria, la vinculación entre la élite pensante y la élite económica gobernante. La atomización de la sociedad dramatiza el conflicto americano. Rotas las conexiones éticas entre poder, saber y práctica, se impone la disolución.

El texto enjuicia el tiempo presente, mira añorante hacia el pasado e interroga sobre el futuro. El análisis crítico del proyecto significa encontrar pautas para evitar un nuevo fracaso y escapar a la repetición viciosa: “especie de razón o de cálculo, habrá entre ellos (Luz del Día y Gil Blas) no coloquios, sino razonamientos, es decir, quimeras de un lado, sofismas del otro” (P.L.D., 114).

Algunos teóricos definen a la utopía como un neutro en el que las contradicciones se disuelven armónicamente mediante lo imaginario.22 El texto de Alberdi incorpora las categorías de la contradicción y de la oposición en una urdimbre que desentraña probables vínculos entre la enunciación de los modelos y su funcionamiento concreto. Peregrinación discute las relaciones entre lo posible y lo absoluto, ya que la quiebra de la totalidad aparece como hecho consumado.

En lo que se refiere a los niveles de personajes y discursos, el sistema narrativo se construye sobre las categorías de oposición y contradicción, que son soluciones presentes en el proyecto político- filosófico. La primera forma de oposición exige la exclusión como modo de relación. Uno de los términos, al que se califica de diferente, está invalidado por alguna carencia que resulta crucial en la oposición. Tartufo, Basilio y Gil Blas son los opuestos de Luz del Día: el pragmatismo rechaza al idealismo como el interés individual al bien colectivo o la mentira a la verdad.

Si el sujeto de la enunciación vacila en ocasiones frente a Tartufo; la denostación es total cuando se refiere a Basilio (la etimología adhiere a la imagen del rey, la del animal fabuloso y la del reptil). Desde el inicio, la ética invalida su intervención, ya que intenta justificar lo injustificable; una calumnia buena para la “civilización y el progreso” es un contrasentido. Y porque la calumnia es la raíz de los males que afectan al cuerpo social, el mal se extiende por Basilio, único cuerpo registrado: “Cediendo a una especie de delirio de perversidad y de gula, la boca de Basilio vomita estas máximas mezcladas con eructos vinosos y sanchescos del olor más infecto” (P.L.D., 71).

El texto subraya la importancia de los lugares sociales intermedios. Fígaro se mueve en todas las direcciones; desde la prensa es puente entre la verdad y el pueblo; oficia de contrapeso a la corrupción, usando sus mismos métodos; neutraliza el mal y establece contactos con la verdad, a la que aconseja. La contradicción entendida como unión conflictiva en un único término de un aspecto negativo y otro positivo se aloja dentro del personaje. Caracterizado por oposición a Basilio, Fígaro “es la intriga en favor de la justicia”, “un triste pero necesario soldado de los pueblos menores de edad” (P.L.D., 142-143). Al calificarlo de “tunante, aunque amable y bueno” (P.L.D., 145), el texto fija los límites del personaje: si acepta su necesidad insiste también en la insuficiencia.

Alberdi vislumbra que la unidad nacional podrá recomponerse en la medida en que se concilien práctica y teoría o, en términos del relato, en la medida en que entre Fígaro y Luz del Día se entable una relación de complementariedad. En el intercambio de carencias lo contingente y particular podría atrapar el sentido de la eticidad absoluta y lo abstracto llegaría a aferrar la naturaleza específica de una comunidad.

La difícil conciliación de universales y particulares aparece nítida en el desenlace, cuando Fígaro, imitando el gesto de Tartufo, separa verdad moral y social de verdad física y natural. En el momento de la despedida los personajes se intercambian regalos que son dos concepciones de la verdad. Fígaro escinde los términos; Luz del Día tiende a la unión de los opuestos; posee esta vez la lucidez al enunciar la contradicción: “(...) le recordó que Bompland había venido a estudiar la naturaleza, no la sociedad, pero que la sociedad, no la naturaleza, le confiscó su libertad natural y su persona” (P.L.D., 303).

El regalo de Fígaro a Luz del Día ha sido guiarla en la maraña del mundo americano y facilitar cierto desplazamiento en su visión; la comprensión de lo concreto traza la línea que va desde la polaridad inicial de Luz del Día al entendimiento desilusionado final. Y aquí, el “regalo” que la novela ofrece al lector: la extraordinaria comprensión de las contradicciones que forman parte de una sola realidad. Contradicción no significa acuerdo. La lucidez se instala en ese lugar ambiguo que marca el distanciamiento respecto del género utópico como espacio armonizador de contrarios. Alberdi sigue inmerso en una lógica de conflictos porque no puede dar el salto que enlace abstracción y práctica conciliándolos a la manera hegeliana en un universal concreto o, abusando del anacronismo, instalarse en lo particular concreto adorniano. El enfrentamiento en el seno de su propio pensamiento encarna en los dos personajes que completan una sola figura de legislador; la indecisión nace de la dificultad para hablar a la vez el discurso del posibilismo y el discurso de la utopía.23

La novela yuxtapone al modelo teórico racional de Luz del Día, dos métodos pragmáticos, el de Tartufo y el de Fígaro; si uno resulta inviable, el otro perfila la solución. El examen de los sistemas especulativos hace aparecer paralelamente otra relación de oposición; el modelo de Luz del Día representa lo abstracto racional, mientras que el modelo que Quijote crea para su “nación” sintetiza lo abstracto irracional. En relación especular invertida, sistema y contrasistema teorizan sobre la conformación de la sociedad ideal, obviando las particularidades de la sociedad real. Las consecuencias de tal proceder derivan en la marginación. Luz del Día y Quijote que condensan pensamientos antitéticos por sus fundamentaciones se autoexcluyen al realizar idéntico gesto de abstracción.

El episodio de “Quijotanía o la colonización socialista en Sud América” refleja en espejo deformante las argumentaciones de Luz del Día; las distancias entre ambos están limitadas por la presencia o ausencia del factor racional que desemboca en la comprensión o en el delirio respectivamente. Puesta en abismo de Peregrinación el relato parodia un tipo de sociedad política. Defenestra a los enemigos y evidencia las distorsiones conceptuales en que puede incurrir la especulación exacerbada. Si América es el lugar “donde todas las utopías se ponen a prueba” (P.L.D., 151), la fortuna de los proyectos reside en la combinación exacta entre lógica y pragmatismo.

El episodio enjuicia algunos programas estatales y discute además la vacuidad de un pensamiento que, nacido del optimismo utópico, se arroja en la locura. El letrado escribe en claves literarias acusaciones ya formuladas en otros registros. La locura de Quijote toma dimensiones colosales al creer que la letra puede transformar las leyes de la naturaleza y convertir carneros en hombres. La actitud crispa la voluntad desmesurada de Sarmiento, quien veinte años antes había pronunciado: “Que Argirópolis sea”.

Las referencias al enemigo político proliferan: Quijote es mal lector del evolucionismo darwinista, hacedor supremo de constituciones, fabricante de un sistema falaz de instrucción pública, multiplicador de academias, preconizador de una política imperialista para ensanchar sus territorios y, finalmente, inspirador del código civil.

La extensión de este microrrelato exhibe la preocupación del narrador por describir con minuciosidad el contrasistema: un estado que no conforme con ser instancia de articulación de las relaciones sociales pretende inventarlas. Basta leer el fragmento con una perspectiva irónica para reestablecer los significados desplazados. Alternando la ironía con la comicidad y el absurdo, Alberdi acentúa la falsedad de una retórica jurídica disfrazada de verdad. En la burla del código civil —redactado por Vélez Sarsfield entre 1862 y 1869 y puesto en vigencia en 1871— se hace la parodia de todo el sistema legal. La efracción entre formas jurídicas y contenidos ilógicos que violentan la racionalidad del derecho alude a la historia contemporánea.

La falta de lógica que domina la utopía quijotesca se expresa en sofismas construidos sobre una extensa red de homologías, inversiones y falsas inferencias. En el uso intensivo de diversos modos de falacias lingüísticas, el narrador hace estallar la racionalidad del lenguaje y desnuda en consecuencia la irracionalidad del que lo usa; el gobernante, la sociedad política, delira. Basta analizar un ejemplo para ilustrar la crítica hacia una élite que observa las formas, pero que ha perdido el saber y la legitimidad. Quijote da lecciones a su secretario: “El gobierno rehace lo que Dios hace. Es el segundo creador del hombre (...)”; enuncia en seguida un entimema falso: “No es su matador, luego es su creador” (P.L.D., 191-192). En la base del razonamiento subyace un axioma lógicamente verdadero: el que crea no destruye; al formularlo de manera negativa altera su significación, porque no necesariamente aquel que no mata crea. La disrupción reside en la homología invertida que conduce a un falso silogismo; la figura de Quijote parodia el modo de pensamiento racional en cuanto desconoce la imposibilidad de pasar del axioma al entimema por inferencia silogística.24

Quijotanía reconstruye un estado invertido. En toda organización estatal, las leyes emanadas del poder político y legitimadas por consenso aseguran derechos y determinan deberes. Las leyes nacen del pueblo y para el pueblo. Pero, en esta nación distorsionada, tanto el aparato institucional y formal como la sociedad misma son creados en destellos demiúrgicos.

El país patagónico comparte con el otro país ficcional —y desde la perspectiva del narrador, con el universo histórico— la ausencia de la participación popular. La intención didáctica sobresale nítida y reafirma los viejos postulados alberdianos: cuando una nación delega el ejercicio del poder, otros deciden por ella; la renuncia conlleva la pérdida de la condición humana y el devenir carnero del hombre.

Desde el comienzo, la confrontación de voces que provienen de órdenes que no se tocan en ningún punto muestran la esterilidad de las posiciones. A esta dualidad se agregan otras oposiciones tales como verdad-mentira, ética-política, pasado-presente, lo ideal-lo real, lo dicho-lo hecho, el cuento-la historia que plantean un dilema circular. A un momento de definición de universales, apoyada en una filosofía moral o una ética general, sucede otro de redefinición individualista, que problematiza el carácter general del primero. Las posiciones de locución que se excluyen mutuamente son al relato lo que la ausencia de pactos legítimos a la vida política.

El personaje de Fígaro está armado según una retórica del oxímoron que dramatiza la posibilidad y los límites de las alianzas. Cuando Luz del Día lo define con dos adjetivos opuestos —tunante, bueno— la contradicción irrumpe en el enunciado angostando la extensión de cada término pero sin invalidar ninguno.

Como si la realidad manejara varios niveles de oposición y distintos grados de integración, la novela va dando los pasos necesarios para arribar a un pacto feliz. El relato divide zonas de enfrentamientos y de aproximación: a un espacio de exclusión se superpone el espacio ambiguo del “oxímoron” y a éste el espacio que dibujan los elementos complementarios.

En la alternancia de estos espacios, Peregrinación postula determinados modos de aprehender la realidad. Como en las utopías tradicionales, en este relato la protagonista es guiada por anfitriones que le enseñan las distintas facetas de una sociedad. Por el camino del conocimiento progresivo, Luz del Día va cambiando su postura inicial. El pasaje de las definiciones dogmáticas al reconocimiento de las contradicciones finales sintetiza los vínculos que crea el choque de verdad y realidad.

C. La reafirmación del patriota: Alberdi y sus autobiografías

Una historia de las ideas (exiliadas)

La vida y la producción de Alberdi ejemplifican la problemática del destierro voluntario o forzoso que obliga a la recuperación imaginaria de la nacionalidad. En sus páginas autobiográficas, intenta demostrar que las ideas afincan en un único suelo. Si los espacios reales pueden ser azarosos, por el contrario, la peregrinación intelectual evidencia inquietud por una geografía y un tema: la constitución definitiva de la nación: “(...) la historia de mi vida formará un libro, ocupado, todo él, de la República Argentina, pudiendo titularse La vida de un ausente, que no ha salido de su país” (V.P., 366).

El autobiógrafo escribe el relato de su vida en la vejez. Este gesto lo diferencia de Sarmiento; Alberdi despeja el sentido final de una vocación cuando apenas queda futuro para él, sólo el bronce de la historia que lo inmortalizará con el nombre de patriota. Los textos aspiran a fijar el contenido del epíteto. Mi vida privada y Palabras de un ausente,25 dos autobiografías en forma de cartas, pueden leerse en continuidad en la medida en que la segunda comienza donde termina la primera. Mi vida privada cuenta la educación recibida en el país —familia, estudios, maestros, compañeros— y se interrumpe con el exilio de 1838. El lapso comprende el desarrollo y la maduración de un pensamiento que se prepara para la acción política. El ingreso en esta esfera señala el pasaje a la vida pública. En Palabras de un ausente, el amor a la libertad justifica el alejamiento y la permanencia en el exterior. Construídos como razonamientos jurídicos, los enunciados establecen una casuística: las identidades proveen ejemplos de principios universales.

La elección del género epistolar implica la puesta en marcha de algunas convenciones: a menudo se subraya el carácter confidencial del contenido y se pronuncian palabras y contraseñas dirigidas sólo a los que pueden decodificarlas. La carta presupone también un contenido verdadero; en ella el elemento ficcional queda desechado en favor de secretos revelados a media voz. El tono íntimo se presta a una relación peculiar entablada por el autor que hace la confesión, por una parte, y el destinatario que la recibe, por la otra. Porque este tipo de acto literario tiene mucho de religioso, el emisor aparece como responsable de alguna culpa que debe aclarar en el curso de la escritura mientras que el destinatario adquiere el estatuto de una instancia legal que absuelve o sentencia.

Alberdi hace gala de ser un buen estratega de la argumentación cuando mantiene algunas normas y viola otras. No bien las cartas privadas se vuelven públicas, crean un lector espía que se inmiscuye con deleite en territorios prohibidos. Pero aquí el voyeur sale burlado pues el acceso a esa vida oculta no satisface ninguna perversión. Por el contrario, el narrador cuenta la historia de una perseverancia. Confiesa todo el bien de una existencia empeñada en tareas patrióticas. Convierte en jueces a su familia y a sus iguales emigrados y los autoriza a dictaminar sobre la fidelidad de lo narrado. Afirma la sinceridad de sus páginas, apela a los pocos que reconoce por interlocutores y se aleja del tono íntimo para transitar un registro despojado —en Mi vida privada— o desgranar argumentos filosófico-políticos —en Palabras de un ausente— que ensanchan el campo reducido de los amigos para conferir a la prosa el estatuto de carta abierta.

La escritura funda vínculos indisolubles entre las esferas privada y pública porque en el lenguaje reservado de la carta se inscriben los tiempos de la historia. Estas cartas alcanzan la categoría de documentos en cuanto incluyen otras cartas que, atesoradas por el sujeto, recortan pedazos de la memoria colectiva. A lo largo del texto, el narrador detalla un epistolario de personajes famosos que ostenta como herencia. Este acervo nacional encierra nombres ilustres como el de San Martín, el de Florencio Varela o el de Echeverría y rescatan del olvido también a los héroes anónimos que encarnan virtudes cívicas: Alberdi inserta una carta en la que el Congreso honra ciudadano al padre vasco que adopta la nacionalidad argentina y las ideas de Mayo.

Los testimonios escritos forman una cadena que eslabona las generaciones sucesivas. La tradición continúa en la vida del protagonista quien, cuando parte para Montevideo, lleva consigo una serie de cartas que fomentarán la resistencia. La carta aparece entonces como motor de la acción e instrumento político: “Entre los papeles que contenía mi baúl se encontraba el manuscrito inédito de esas Profecías que sacaron a Frías, según él dice, del retiro inactivo que llevaba en el campo y pusieron a Marco Avellaneda y a tantos otros jóvenes amigos en la campaña que decidió de sus destinos, o mejor dicho, de los nuestros” (V.P., 385).

Como en el caso de Sarmiento, la autobiografía arma una identidad que une cultura y naturaleza. En el origen biológico se encuentra el germen del pensamiento revolucionario. Los factores hereditarios —subrayados en la mayoría de las autobiografías del siglo XIX— aparecen aquí con el sentido específico de ejemplo o educación espontánea. Alberdi no necesita demorarse en aclarar sus orígenes. Para verificar la legitimidad bastan ciertos datos: el apellido materno, Aráoz, convalida por simple inclusión; a la sangre irreprochable agrega las ideas progresistas paternas que guían a la generación joven en la lectura de Rousseau; el niño Juan Bautista juega en las rodillas del general Belgrano, amigo de la casa; frecuenta compañeros que figurarán en los anales de la historia nacional; es miembro y cofundador del Salón Literario y de la Joven Argentina. Alberdi explica también sus acuerdos y desaveniencias con los caudillos federales, la protección de Heredia o el enfrentamiento con Quiroga.

El yo autobiográfico se postula como modelo de racionalidad mediante el examen de la trayectoria intelectual. El relato de la totalidad de una vida se contrae en la historia de un pensamiento, donde las primeras lecturas y experiencias prefiguran la madurez. En Mi vida privada, Alberdi señala con prolijidad los modelos humanos y culturales que han intervenido en su educación; el recorrido cubre un espectro de influencias positivas que conectan al protagonista con el medio, con los mayores, con los iguales y culmina en la vinculación entre el individuo y la patria.

El texto atraviesa una geografía de resonancias históricas que sigue el desplazamiento del sujeto de la provincia natal a la gran ciudad: Tucumán, el Colegio de Ciencias Morales y la universidad de Buenos Aires conforman la atmósfera físico-cultural en la que crece y se afirma. Cuando sale al ancho mundo su educación está completa. Alberdi no aprende de modo empírico como Sarmiento sino en los libros leídos en la patria o fuera de ella.

La figura del padre que le inculca las ideas revolucionarias ocupa el segundo estadio en ese magisterio integral. Con los iguales mantiene una relación intercambiable en la cual cada uno desempeña a la vez los roles de alumno y maestro: “Al dejar a Buenos Aires para pasar a Montevideo, en 1838, yo le (a Marco Avellaneda) inicié en los trabajos de nuestra agitación política de esa época (...)” (V.P., 378); Cané lo despierta al asombro de la literatura de Rousseau y de los románticos; Echeverría le descubre los secretos de los filósofos y los historiadores franceses.

La postura racionalista reniega de toda adscripción afectiva y se inclina por una visión crítica de los modelos. Y porque se pretende el máximo grado de abstracción, el ideal no encarna en el individuo sino en el sistema. El único modelo incuestionado es la patria que organiza la forma primigenia e inalterable del sujeto: “Por variadas que hayan sido las fases por que ha pasado mi vida, la forma que ha conservado mi inteligencia durante ella, venía de su primer período, pasado en mi país” (V.P., 386).

Sin embargo, el espacio real del narrador no es la Argentina sino Europa. Su lugar físico es otro y es otra la problemática que debe encarar en el momento de su probable vuelta a la tierra natal reclamado por Avellaneda y Alsina. La inserción en la coyuntura política demanda la justifición de la vida pública. En este sentido, Palabras de un ausente responde a los cargos hechos por el enemigo. Cuando se desencadena la batalla ideológica, el yo autobiográfico bucea en el accionar político del adversario para contrastarlo con el propio. El discurso pone en evidencia la superioridad de una teoría que sostiene la praxis frente a una práctica carente de apoyaturas especulativas.

El tiempo de la razón

Palabras de un ausente apunta a tres objetivos simultáneos: justificar la ausencia del país, consensuar el sistema de ideas y defenestrar al enemigo. El texto habla de ausencias y de presencias de cuerpos e ideas. En esta alternancia debate el concepto de patriota o su sinónimo argentino y busca delimitar los espacios que le pertenecen puesto que sólo el patriota puede realizar la civilización. Alberdi se coloca en el campo del adversario cuando redefine la civilización borrando el significado de educación que le había otorgado Sarmiento y sustituyéndolo por el de libertad o seguridad personal.

La escritura desvanece los cuerpos e insiste en la corporeidad de las ideas en el intento de probar que la ausencia física difiere de la intelectual. La pretensión podría formularse en una serie de ausencias y presencias que combinadas transitan el texto para escribir un sintagma: se trata de la presencia o ausencia de civilización. La disyuntiva entre razón y cuerpo que había instituido el siglo XVIII contribuye a una estrategia política que enfatiza el papel decisivo del pensamiento en la acción.

La compaginación de un discurso polémico con argumentaciones jurídico-filosóficas genera un tipo de subjetividad que muestra, en la contraposición de dos vidas, el anverso y el reverso de la figura del patriota: la ausencia física del narrador resulta presencia civilizada en sus escritos; por el contrario, el otro sólo es capaz de actos bárbaros. Casos particulares de leyes generales, protagonista y antagonista concretan sistemas intelectuales que, partiendo de postulados comunes, llegan a prácticas opuestas.

El texto escarba en la diferencia —que atribuye a móviles personales— para construir allí un recinto exclusivo. Las diferencias entre el simulador y el patriota auténtico crean el espacio de las ideas que es el espacio de la ley, de la razón y de la patria. La imagen del patriota superpone estas tres caras. Pero si la lucha se plantea como enfrentamiento programático, contiene también la pugna por lugares sociales concretos. Aunque la batalla se desarrolle en términos de una polémica filosófica que pretende destruir un sistema de pensamiento, atenta también contra el hombre: “En este sentido el caballo representa la civilización del Plata mejor que ciertos maestros de escuela de primeras letras que entienden servir a las letras persiguiendo a los letrados”26 (P.A., 164).

Por un lado, la literatura trama las ventajas morales y racionales del yo autobiográfico; por otro, empequeñece al enemigo dotándolo de un cúmulo de contradicciones irresueltas. Su mundo está marcado por el estigma de la falta de razón. Alberdi disfraza el cariz político de la cuestión imaginando, en torno a ciertos universales, batallas de las que sale siempre victorioso. Pero en esta contienda, el adversario no desempeña un papel determinante; arrinconado en el estrecho ámbito de la negatividad, no constituye al sujeto enunciador cuya identidad se afirma en la continuación de la herencia fundacional.

La identidad del líder que necesita el estado se basa en una doble relación. La esfera individual y la colectiva funcionan como los engranajes de una máquina, encastran sin fricciones una en otra; pero no bien estalla el enfrentamiento personal, la subjetividad se delinea en un movimiento de vaivén que salta de la afirmación a la negación. Entre el primer momento y el último se extienden las impugnaciones enemigas. El texto abre con la afirmación del yo metaforizada en una serie de definiciones de las que surge que la ausencia es, en realidad, presencia, patriotismo y libertad. La segunda etapa dibuja el recorrido inverso de negación del yo por el otro; el narrador descalifica las opiniones del adversario apelando a la historia. El tercer paso corresponde a la negación del otro por el yo. Torcidas y releídas, las ideas de Sarmiento exhiben su deformidad: el patriotismo encubre al crimen, la civilización es barbarie, la invocación del interés común esconde ambiciones privadas.

En este punto el aparato de la enunciación, que casi siempre permanece en el distanciamiento del más puro racionalismo, se torna defensa apasionada: “El que me ha amenazado con un proceso de traición prevalido de su posición oficial, amenazó mi vida con la punta de su pluma, ahora 15 años en Chile, cuando escribió lo que llamó sus ciento y una cartas, en que violó 101 veces las leyes de la libertad de escribir y las leyes de la decencia pública. El confesó a los suyos su intención homicida, y su estilo habló más que su confesión” (P.A., 154).

Después de esta irrupción, como llevado por el pudor, el grito se acalla, vuelve la enunciación en tercera que en tono neutro espiga una serie de principios generales. Estos principios —que podrían entrar en un catálogo de derechos naturales— figuran los contornos del mundo al que se aspira pertenecer y en el que se desea permanecer. El narrador se demora en definiciones que hilvanan universos ideológicos contrapuestos y escribe el revés de la trama sarmientina: así, en Alberdi, la civilización encuentra espacio en el campo y es sinónimo de seguridad, las instituciones argentinas copian de manera burda el régimen norteamericano.

Palabras de un ausente cierra con la vuelta al plano personal. El credo final angosta la brecha que va del intelecto a las emociones. El enunciado “amar a su país” enmarca el texto. Y si el principio es igual al final, si el amor limita los extremos de la vida, lo que se lee en el medio, en el trayecto de un punto al otro, es la vida patriótica por excelencia.

La imagen del patriota se desenvuelve en un espacio equilibrado, el lugar de la exacta racionalidad afectiva. Si cabe la posibilidad de resbalar hacia el sentimentalismo o lo estrictamente anecdótico, ciertos procedimientos acuden en auxilio para disminuir las marcas subjetivas que son inherentes a toda autobiografía. Si el pronombre de primera persona singulariza el discurso señalando la fuente de enunciación, el pasaje a una tercera, a un “autor”, produce un deslizamiento hacia un registro más objetivo; transforma la voz inconfundible en palabra no identificada. Los enunciados no aparecen ya como patrimonio individual, sino como una especie de voz colectiva que asume el patrimonio común.

El narrador monta su discurso sobre la base de definiciones apodícticas expresadas en tono jurídico. La subjetividad se disimula por la acumulación de axiomas que ponen al yo fuera de toda sospecha. A veces una afirmación que compromete el accionar del sujeto reaparece como una verdad universal. Una instancia legal abstracta convalida el más mínimo sentimiento y cada pensamiento del sujeto. Estas definiciones recortan los espacios coincidentes de lo privado y lo público, el dominio en que se superponen la racionalidad individual y la colectiva: “Confieso que mi amor por la libertad no es un amor platónico. Yo la quiero de un modo material y positivo. La amo para poseerla, aunque esta expresión escandalice a los que no la aman sino para violarla. Pero no hay más que un modo de poseer su libertad, y este consiste en poseer la seguridad completa de sí mismo” (P.A., 137). Más adelante cambia el sistema pronominal; la dimensión del concepto se ensancha, porque lo que correspondía al plano emocional se convierte en forma de vida refrendada por una nación: “Ser civilizado, para un sajón de raza, es ser libre. Ser libre es estar seguro de no ser atacado en su persona, en su vida, en sus bienes, por tener opiniones desagradables al gobierno” (P.A., 165-166).

Alberdi remonta su pensamiento a los orígenes de la patria mediante la permanencia de ciertas ideas que insisten a lo largo de su producción. En esta obsesión escrituraria, la autobiografía copia pasajes de la contrautopía. Razonamientos que en la novela están a cargo de los tipos o las alegorías son retomados en Palabras de un ausente por un yo que inmediatamente desaparece para ceder a otras posiciones de locución. Si recordamos que Peregrinación recoge el programa invertido o ratificado de las Bases y que este ensayo continúa las ideas de la Joven Argentina, cuyo texto fundador había sido el Dogma Socialista, el viaje temporal hacia atrás revela el deseo de persistir en los principios revolucionarios.

Alberdi dedica el centro de su autobiografía a la defenestración del enemigo. Las figuras del oxímoron y del paralelismo desacreditan al otro e invalidan su proyecto o las posibles continuaciones (cuando Alberdi escribe Palabras de un ausente Avellaneda es presidente de la República). Dualidades y analogías gauchas metamorfosean a Sarmiento en un caudillo más. El texto trabaja la técnica de contraponer dos elementos cuyo choque hace estallar el aparato conceptual del adversario al descubrir una coherencia fingida. Se cita un concepto acuñado por el adversario para destrozarlo en un juego de deducciones lógicas que lo invierten: cuando el narrador recoge la acusación de traidor se defiende dando dos acepciones opuestas a un mismo significante; una corresponde a los patriotas, la otra, a los caudillos. La culminación del procedimiento aparece en el ataque directo a Sarmiento, quien reúne en su interior los contrarios. La yuxtaposición vista como un fenómeno contra natura produce el oxímoron “barbarie letrada”.

Sin embargo, en este mundo del revés la confrontación de versiones despeja cualquier ambigüedad semántica. Cuando el sujeto autobiográfico queda involucrado, la narración coteja la versión enemiga con la propia; el resultado es la neutralización del ataque. El registro jurídico, las reflexiones filosóficas y el sistema pronominal que abusa de la tercera persona contribuyen a la identificación del patriota. Su pensamiento respaldado en la consistencia de la ley aparece como una voz autorizada que obra contra otra voz surgida de un poder distorsionado. Un exilio patriótico: “El origen y significado liberal de nuestra ausencia es un hecho repetido en la historia de las Repúblicas militares. Más de una vez ha servido a la ciencia tanto como a la libertad” (P.A., 139).

 

NOTAS

1. Las citas remiten a D. F. Sarmiento, Conflicto y armonías de las razas en América, tomo XXXVII, XXXVIII, Obras Completas (Bs. As.: Luz del Día, 1953).

2. Sarmiento murió antes de publicar el segundo tomo de Conflicto. El texto no estaba siquiera terminado. El material fue ordenado por el editor, motivo por el cual lo que figura como “Conclusiones” era, en la intención del autor, un prólogo.

3. Así lo define E. Balibar en su artículo “Racisme et nationalisme”. Cfr. E. Balibar et I. Wallerstein, Race. Nation. Classe. Les identités ambiguës (Paris: La Découverte, 1988) 54-92.

4. Homi K. Bhabha sostiene que la construcción del estereotipo es la mayor estrategia del discurso colonial; la imagen fija es también interiorizada por el discurso colonizado. Cfr. “The Other Question”, Screen 24.6 (Nov-Dec. 83): 18-36.

5. Conflicto insiste en que la proyección del modelo estatal es materia de escritores y sabios en todos los tiempos: “Platón, que soñó la República ideal, nos ha trasmitido la sustancia de una conferencia de Solón con los sacerdotes egipcios. —Un día que este grande hombre conferenciaba con los sacerdotes de Saís sobre la historia de otros tiempos, uno de ellos, dijo: ¡Solón! ¡Solón! Todavía sois vosotros unos niños, vosotros los griegos. Sólo hay uno entre vosotros que no sea novicio en las cosas de la antigüedad. Vosotros ingnoráis lo que fue la generación de los héroes, cuya debilitada posteridad formáis. Escuchadme, quiero instruiros sobre las hazañas de vuestros antepasados; (...). Todo lo que ha ocurrido en la monarquía egipcíaca, de ocho mil años a esta parte está inscrito en nuestros libros sagrados...” (C. y A., vol. 1, 24).

6. Para defenestrar a Artigas, Sarmiento usa las estrategias que había empleado en las biografías de caudillos. Después de transcribir una proclama del oriental, comenta: “Créese al oír este lenguaje incoherente escuchar a uno de los oráculos de la antigüedad, o al demonio que se ha apoderado de un poseído y dice lo que el poseído ignora” (C. y A., vol. 1, 279). En este caso, el estigma está hiperbolizado por la contaminación con lo diabólico.

7. “Apodos políticos. Los bachichas en América”. Los artículos a los que hago referencia fueron publicados entre 1885 y 1888 en El Censor, El Nacional, La Tribuna y El Diario. Desde los títulos, la prosa acciona políticas discriminatorias: “Las colonias sin patria”, “La nostalgia en América”, “¡Siempre la confusión de lenguas!”, “Una nación sin nacionales”.

8. D. F. Sarmiento, “Uditi o rustici”, El Diario 2 de mayo de 1888. En contraposición la figura de Garibaldi reúne las características del héroe: “Dominábalos por la energía de su carácter, mezclada a una infinita bondad, y la mayor solicitud por su bienestar. Careciendo de todo y sin salarios, el gobierno daba raciones, según práctica militar; y Garibaldi guardaba las suyas para proveer de zapatos y de medicamentos a los soldados”.

9. Balibar distingue formas de racismo: teórico o doctrinario y espontáneo, interior y exterior, institucional y sociológico, de exterminación y de explotación. Por eso prefiere hablar de racismos, en plural. Cfr. Racisme et nationalisme.

10. Cfr. I. Wallerstein, La construction des peuples: Racisme, nationalisme, ethnicité 95-116.

11. Las citas remiten a J. B. Alberdi, Fragmento preliminar al estudio del derecho (Bs. As: Hachette, 1955).

12. La novela tuvo gran repercusión. Juan María Gutiérrez le escribe a Alberdi mostrándose preocupado por su pesimismo. Los diarios de la época hicieron numerosos comentarios; La Nación, en su edición del 24 de junio de 1875, elogia la novela en los siguientes términos: “El estilo impetuoso de Juvenal, la crítica filosa como un acero de Voltaire, y el gusto crítico de Maistre brillan y palpitan en esos giros audaces, donde el genio y el arte, la filosofía y la sátira, entremezclan su armonioso conjunto. El libro del Dr. Alberdi vendrá probablemente a producir una revolución en la literatura americana.” Citado por J. Mayer, Alberdi y su tiempo (Bs. As.: Eudeba, 1963).

13. Para un estudio lingüístico detallado de la ironía cfr. W. Booth, La retórica de la ironía (Madrid: Taurus, 1986).

14. E. Bloch, El principio Esperanza 146.

15. Las citas remiten a J. B. Alberdi, Peregrinación de Luz del Día o Viaje y Aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo. Obras Selectas, Páginas literarias, tomo II (Bs. As.: Librería “La Facultad”, 1920).

16. La mirada estrábica del narrador apunta nombres destacados en la escena nacional. Ciertos personajes literarios encubren apenas a los enemigos políticos; los guiños deben haber sido transparentes para los contemporáneos. Dice Canal Feijoo, “(...) el lector —el lector de Alberdi— reconoce en seguida en Tartufo a Sarmiento o Vélez en don Quijote o Basilio o Tenorio, a Mitre, en Gil Blas a Mariano Balcarce o Héctor Varela (...) Es claro: al Sarmiento, al Mitre, al Vélez, al Varela, ‘de Alberdi’, esto es, tal como él se los tiene fichados desde las Quillotanas, o desde el despido diplomático”. Constitución y revolución, 2 vols. (Bs. As.: Hyspamérica, 1986) 2: 327.

17. Th. Pavel elabora una teoría que caracteriza a la estructura de la ficción como una estructura compleja, dual, que reúne en sí por los menos dos universos de sentido. Cfr. Univers de la fiction (Paris: Du Seuil, 1988).

18. W. Benjamin, “Alegoria e drama barroco” Origem do drama barroco alemão (São Paulo, Brasil: Brasiliense, 1984) 200. Desde el punto de vista de la retórica, T. Todorov clasifica a la alegoría como un tropo de anomalía semántica que desborda siempre un plus de sentido. Cuando un enunciado se construye íntegramente con palabras empleadas en sentido metafórico da por resultado una alegoría. Littérature et signification (Paris: Larousse, 1967).

19. H. M. Enzensberger, “La literatura en cuanto historia”, Revista Eco 201 (julio de 1978).

20. E. Bloch 148-155.

21. Para un estudio de los tipos y las alegorías medievales, cfr. P. Zumthor, Essai de poétique médiévale (Paris: Seuil, 1972).

22. Este es el concepto de utopía que maneja L. Marin, Utópicas: Juegos de espacios (Madrid: Siglo XXI, 1976).

23. La posición estructural de Fígaro —su intervención ocupa el centro y el final del relato— es significativa. El “alter ego” alberdiano se hace cargo de viejas premisas: propone a la educación y a la libertad como formas de autogobierno; insiste en la preeminencia del hombre sobre las leyes; alerta sobre el peligro que entraña el hecho de que las mayorías renuncien al ejercicio del poder; se muestra partidario del voto calificado; basa el orden y la paz en la obediencia; traza la diferencia entre libertad civil y libertad política; pone énfasis en el desarrollo de la economía y elabora el concepto de “seguridad social”. La relación de complementariedad entre Fígaro y Luz del Día se transforma en ocasiones en identidad. Ambos coinciden, por ejemplo, en la definición de libertad como autogobierno.

24. El carácter adulterado de las teorías se manifiesta en la aplicación distorsionada de los topos aristotélicos; es decir, de proposiciones irreductibles lógicamente a otras. Los topos son enunciados de verdades bajo su forma más general y por esta razón se los considera elementos constitutivos del razonamiento dialéctico. Alberdi emplea numerosos procedimientos para enfatizar el carácter absurdamente peligroso de los gobernantes como Quijote. Un ejemplo: el capítulo “De las cosas y su propiedad” se construye sobre el recurso de la asimilación de dos esferas distintas que se someten a leyes idénticas. Las conclusiones forzadas de acuerdo con una retórica aparentemente coherente, pero en realidad delirante, hacen decir a Quijote: “¿Es posible hacer de dos o más hombres uno solo? Pues tan posible como este refundir dos o más propiedades en una sola propiedad definitiva y permanente” (P.L.D., 197).

25. Las citas remiten a J. B. Alberdi, Obras escogidas. Cartas sobre la prensa y la política militante de la República Argentina, tomo VII (Bs. As.: Luz del Día, 1954). Mi vida privada, tomo VII, Obras Completas (Bs. As.: Imprenta de “La Tribuna Nacional”, 1887) 366-388. Palabras de un ausente, 136-175. La inquietud por la nacionalidad está contenida en los títulos completos de las autobiografías: Mi vida privada que se pasa toda en la República Argentina; Palabras de un ausente que explica a sus amigos del Plata los motivos de su alejamiento.

26. Numerosos pasajes resaltan la figura del doctor contra la figura del autodidacta: “Olvidó solamente que mi oficio de abogado me había inveterado en el debate, y que si es mortal para mí el tiro procedente de una mano amiga, ninguna emoción podía causarme la bala que venía del adversario” (P.A., 154).