21 de Octubre de 2017
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Colección: INTERAMER
Número: 22
Año: 1993
Autor: Adriana Rodríguez Pérsico
Título: Un Huracán Llamado Progreso: Utopía y Autobiografía en Sarmiento y Alberdi

CAPÍTULO III

CONTINUIDADES Y FRACTURAS ENTRE PADRES E HIJOS

Les clauses de ce contrat sont tellement déterminées par la nature de l’acte, que la moindre modification les rendrait vaines et de nul effet; en sorte que, bien qu’elles n’aient peut-être jamais été formellement énoncées, elles sont partout les mêmes, partout tacitement admises et reconnues, jusqu’à ce que, le pacte social étant violé, chacun rentre alors dans ses premiers droits, et reprenne sa liberté naturelle, en perdant la liberté conventionnelle pour laquelle il y renonça.

— J.J. Rousseau

La imaginación visualiza la reconciliación del individuo con la totalidad, del deseo con la realización, de la felicidad con la razón. Aunque esta armonía haya sido convertida en una utopía por el principio de la realidad establecido, la fantasía insiste en que puede y debe llegar a ser real, en que detrás de la ilusión está el ‘conocimiento’. Nos percatamos por primera vez de las verdades de la imaginación cuando la fantasía en sí misma toma forma, cuando crea un universo de percepción y comprensión: un universo subjetivo y objetivo al mismo tiempo. Esto sucede en el ‘arte’.

— H. Marcuse

I. El espacio-tiempo del modelo: Contratos fundacionales

A. El contrato de la ley y la revolución en Alberdi

Bases para el pacto

“Hay siempre una hora dada en que la palabra humana se hace carne. Cuando ha sonado esa hora, el que propone la palabra, orador o escritor, hace la ley. La ley no es suya en ese caso: es la obra de las cosas. Pero esa es la ley duradera, porque es la verdadera ley” (B., 19).1 El pasaje que preside las Bases contiene una declaración de principios e intenciones; habla de los tiempos históricos, de las realizaciones de las ideas y del papel del legislador, escriba de la ley. La ley se autoengendra, el legislador la interpreta, prestando atención a los hechos. Establece también las condiciones de enunciación del discurso jurídico: el carácter objetivo de las categorías y la creación de un dominio abstracto. Objetividad y abstracción son las columnas sobre las que se apoya la legitimidad del derecho, la validez y la eficiencia de las normas. Para ser pronunciado, el discurso jurídico exige el encuentro de lo particular —el hecho— con lo general —la ley.

Alberdi envió su libro a Urquiza como colaboración de un ciudadano para la paz y la unidad del país. Más allá de la finalidad confesada, las Bases aspiran a convertirse en el cuerpo legal del estado futuro. Para hacerlo más tangible, para que las ideas afinquen en lo material y concreto, se le asigna un nacimiento y progenitores: la historia es la madre; el legislador, el padre cuyo papel resulta secundario en la gestación, pero crucial para traducir en enunciados legales las señales sutiles que emite el reino de lo fáctico. La figura de la familia, los parentescos reconocidos o bastardos conforman un campo de inclusiones y exclusiones y trazan recorridos paralelos entre el cuerpo de la nación y el cuerpo humano.

El texto despliega un silogismo que conforma la matriz del control social: si los órganos del cuerpo humano tienen funciones que aseguran la vida, de modo similar, en el cuerpo nacional sus miembros deben cumplir funciones específicas. Las estrategias destacan siempre valores afectivos que ofician de soporte a los enunciados normativos. Las Bases construyen una semántica familiar, un sistema de relaciones de parentesco en donde se definen y distribuyen los elementos del estado; las metáforas biológicas y parentales sostienen los argumentos destinados a demostrar que los hechos son a la ley lo que la información genética a los hombres. La misma concepción organiza las distintas esferas; el texto apuesta a la continuidad entre los antecedentes y la ley —entre la historia y la constitución— anclando el aparato jurídico, lo colectivo por excelencia, en el estrecho espacio de lo privado.

Todo discurso es una máquina de producir sentidos. Alberdi escribe los sentidos primeros del pacto que resultan los más primarios, los del afecto. Piensa el pacto entre los sistemas unitario y federal en términos a la vez políticos y sanguíneos: se trata de construir una familia bien avenida. En este imaginario, la noción de armonía borda límites imprecisos entre lo público y lo íntimo. El discurso sobre el estado representa en la familia el concepto del orden social.

En rigor, las Bases restablecen los antecedentes históricos para fundar sobre ellos el pacto. Por eso, el nacimiento de la ley reencuentra el acto fundacional de la patria en la definición de sus constituyentes: “Recordemos a nuestro pueblo que la patria no es el suelo. Tenemos suelo hace tres siglos, y sólo tenemos patria desde 1810. La patria es la libertad, es el orden, la riqueza, la civilización organizados en el suelo nativo, bajo su enseña y en su nombre” (B., 69). El lenguaje desnuda su organización cognoscitiva y lógica no bien define a la patria como los universales arraigados en un territorio. El enunciado legal prefiere las proposiciones generales, aunque a menudo el proceso se logra transformando en evidencias el estatuto de las proposiciones particulares.

La escritura esquiva los riesgos que comportaría la visión americanista mediante una concepción que importa incluso el origen. El origen se halla en el viejo continente; Europa es la patria trasplantada a otro suelo, porque de allí proceden las ideas. Pero esos espacios otros engendran también los hombres que pueblan las tierras de esta parte del mundo. Entonces, ideas y cuerpos emigran, mudan de espacios para construir la patria americana.

Alberdi entrevé en el país surgido de Caseros la república posible: “La unidad no es el punto de partida, es el punto final de los gobiernos; la historia lo dice y la razón lo muestra” (B., 111). Cuando en el centro del discurso restalla el concepto de unión, ingresa también la noción de necesidad. El encadenamiento de asociaciones atrae otro término: en el momento en que la argumentación se atrinchera en torno al sentido común —el “buen sentido” para el texto— la cultura del capitalismo arroja al desván de la historia la desmesura del guerrero. Cambiar la espada por el arado: tal será la actitud del héroe burgués alberdiano.

El “buen sentido”, que es el sentido “razonable”, especifica los tipos sociales que pueden encarnarlo: así, el brazo del trabajador desplaza la mano del soldado; y la lengua fría del economista a la lírica del poeta. Desde el lugar de la razón, se releen los principios de Mayo: “La igualdad de los hombres, el derecho de propiedad, la libertad de disponer de su persona y de sus actos, la participación del pueblo en la formación y dirección del gobierno del país, ¿qué otra cosa son sino reglas simplísimas de sentido común, única base racional de todo gobierno de hombres?”2 (B., 169).

El sujeto del discurso esgrime ese sentido siempre sencillo y evidente, en cuanto que propone la adecuación de las ideas a las situaciones bajo la forma de alianzas políticas que contemplen lo nuevo y lo viejo. Las Bases preservan intacta la noción colonial de autoridad a la que agregan las ideas liberales contemporáneas. Lo que en el plano de las ideas aparece como corte radical con la hispanidad —la revolución de Mayo se proclama deudora de la francesa y desconoce el pasado español—, en la esfera de los modos de control insinúa un acercamiento entre la tradición y la modernidad.

Una fecha, un hecho concentra la totalidad: Mayo, la historia, la idea, la tradición, la infancia y también la primera gran fractura que divide los tiempos de la patria en un antes y un después, forja en moldes indelebles la identidad nacional conjugando las ideas con la guerra. En este punto, las Bases dialogan con la autobiografía en la medida en que enfatizan la plasmación y la persistencia de una identidad. Así como la revolución marca los rasgos nacionales a nivel colectivo, lo hace también en el ámbito individual. La identidad, sea subjetiva o grupal, se inscribe en una historia lineal y continua que, a veces, es sacudida por interrupciones. Cada corte determina una alteración de la fisonomía; sin embargo, en este nivel los cambios no alcanzan a subvertir la identidad. Un discurso que insiste en la diferencia entre superficie y profundidad distingue los fenómenos estructurales de los coyunturales; en esta dirección, el pasado explica y contiene el germen del presente y del futuro. La identidad acuñada por la revolución forma un núcleo inalterable y guía las posibles adecuaciones a las épocas. Toda tradición pertenece a una familia; las relaciones familiares prohijan los tiempos históricos: “(...) esa es la verdad de su pasado que siempre es padre de la realidad del presente” (B., 155).

Alberdi seculariza la noción de Dios al conferirle carácter político en el título de “legislador supremo de las naciones”. En la pirámide del poder, Dios ocupa la cúspide, luego se ubica la constitución —la ley suprema— y finalmente los legisladores que en línea directa comparten funciones con la divinidad, pero no son hacedores sino traductores de la ley. El pacto es un pacto de fidelidad: el legislador observa las normas escritas en la naturaleza, escucha la voz de la patria y las da a conocer.

El capítulo XVII “Bases y puntos de partida para la constitución del gobierno de la República Argentina” despliega esta imagen del letrado que remite a los fragmentos iniciales del texto. En el pacto sagrado, la palabra del legislador adquiere resonancias evangélicas. Origen y sustento de la vida, la palabra que se hace carne irrumpe en la historia; por lo tanto, la ley se inserta en un espacio-tiempo específico y concreto. El cuerpo legal realiza la alianza de dos historias, la universal y la nacional.

Las Bases apelan a la institución familiar en un intento de concordar lo general con lo particular. La familia crea un espacio donde las heterogeneidades sociales son reabsorbidas y modificadas mediante prácticas que adecuan las normas que rigen en el afuera con los valores íntimos. Los lazos fraternales borran las diferencias en favor de las semejanzas. Cuando desaparece el aspecto netamente político, las relaciones sociales se deslizan hacia el espacio privado de la familia; en esta zona los vínculos amorosos diluyen otros tipos de relaciones.

Alberdi podría haber suscrito las ideas hegelianas del estado: ambos pensadores otorgan la capacidad de gobernar a funcionarios reclutados por su saber racional. En la línea de los teóricos de los derechos de la persona de la Revolución Francesa que vislumbraban la esperanza de constituir una sociedad que asegurara, a todos los individuos, la posibilidad de la autonomía, el modelo de Hegel junta estado y razón.3 El principio del estado soberano se concibe como un modo de organización a la vez necesario y legítimo de la existencia social. También Alberdi piensa la familia como la forma de ser inmediata de la vida colectiva. Pero mientras el alemán ve en ella ante todo una unidad económica —de ahí que subraye la tesis del conflicto social— el argentino enfatiza el sentimiento de solidaridad que se mantiene por la creación de vínculos afectivos.

Como muchos proyectos políticos, las Bases fomentan un modelo de familia. El modelo matriarcal centra la organización en la autoridad de la madre patria. Mientras los sentimientos saturen los modos de justificación de las opiniones y los juicios, mientras las razones apelen a los lazos sanguíneos, sólo cabe aceptar la propuesta. El interpelado queda sin palabras, porque al discurso afectivo no le puede responder un discurso político: el sumiso gana el epíteto de buen hijo y patriota. El texto propone una familia amplia, con una cabeza visible y en la que cada uno tiene un lugar asignado.

Pero no todos están llamados a entender las voces de la patria; sólo los hijos dilectos pueden descifrar su lenguaje. Dicho de otro modo, en esa estructura jerárquica el legislador es el hermano mayor, lo que le da derecho a amonestar como buen consejero; el pueblo, el hermano menor; América toda, una comunidad fraternal y Buenos Aires,4 la hija descarriada cuyo regreso es esperado con ansiedad: “No soy su desafecto por más que use de este lenguaje, como no lo es el hermano que reconviene duramente a sus hermanos cuando tiene por mira evitar un extravío y prevenir una afrenta de familia” (B., 213).

Las alianzas resultan imprescindibles para elaborar el concepto de autoridad o de centralización, objeto privilegiado de definición que al ser identificado con poder político une la razón y la fuerza. Son propiedades de la autoridad la facultad de otorgar dones como la seguridad y la protección y la capacidad de reclamar a cambio la disciplina.5 Alberdi prefiere el término fusión a alianza, puesto que el último le sugiere la independencia de los elementos que intervienen y desvirtúa con ello la voluntad de constituir una tercera entidad.6

El significado de fusión se ensancha en otros pasajes hasta adquirir connotaciones eróticas: la prosa se demora en detallar una alianza matrimonial. El discurso que ha imaginado espacios, acciones y soluciones políticos se mete en el plano amoroso y recomienda un matrimonio de conveniencia para el estado: la cuestión es lograr el acoplamiento de la mujer criolla con el inmigrante. Pero antes de proponer esta salida para los males que afectan al país, el letrado describe las gestiones gubernativas anteriores, tachándolas de utópicas. Frente a las vías utópicas que involucraron respuestas políticas, sorprende la propuesta material y casi pedestre de un matrimonio peculiar al que cada parte aporta una dote: el cuerpo por el lado femenino y la mente por el lado masculino. En el reparto de roles, a la mujer criolla le compete conservar la lengua y el físico, al europeo trasplantado, el espíritu, sinónimo de cultura del trabajo para Alberdi.7

Con la acepción de sueño irrealizable, el término utopía plantea en las Bases la contradicción entre un sistema legal perfecto que copia realidades ajenas y la ineptitud biológica del sustrato social. En este contexto, y acorde con la imagen femenina que adopta la patria, las mujeres forman un ejército poderoso para modificar la población. Curioso pasaje que refuta la misoginia alberdiana y realza al mismo tiempo otro tipo de discriminación; el texto resbala hacia el determinismo cuando insiste en una solución que propicia el cambio de la raza por mutaciones genéticas.

Junto al gesto voluntarioso de rechazar imposibles, las estrategias argumentativas van de la defenestración de la utopía a la mostración de la verdad. La palabra verdad desencadena una serie de mandatos que perforan la escritura y acercan al enunciado utópico el texto que desea alejarse de él. Los mandatos contienen acciones precisas para llegar a la consolidación de la nación.

Después de la propuesta, aparece un yo que asume la responsabilidad de lo dicho y desea el poder: “Tomad los cien artículos —término medio de toda constitución—, separad diez, dadme el poder de organizarlos según mi sistema, y poco importa que en el resto votéis blanco o negro” (B., 181). Esta voz imperativa no se detiene hasta unirse con la “voz de nuestra necesidad”. La confluencia feliz de voces permite la emergencia de la verdad: “Acaba de tener lugar en América una experiencia que pone fuera de duda la verdad de lo que sostengo (...)” e inmediatamente cita el ejemplo de California.

El último paso, entonces, homologa verdad con realidad. En el viaje que va de la utopía a la verdad y de la verdad a la realidad, la empiria da la razón a un sujeto que exhibe las virtudes propias del patriota: “Destituido de ambición, hablo la verdad útil y entera, que lastima las ilusiones, con el mismo desinterés con que la escribí siempre” (B., 185).

En las Bases, voces y cuerpos hacen la urdimbre que abarca en un mismo territorio lo colectivo y lo individual, lo político y lo biológico, lo intelectual y lo afectivo. Cuando Alberdi recurre a una metáfora anatómica para definir las características del estado, ancla lo que de alguna manera es la consecuencia de pactos políticos en el marco de la naturaleza: por momentos, el sistema aparece como un resultado fisiológico. Derivación natural de los hechos y consideración de la necesidad presente: tal es el recorrido propuesto.

Vestida de mujer, la patria —al igual que la verdad en la novela Peregrinación de Luz del Día— está disponible para la simiente. El cuerpo de mujer espera la nutriente racional que provenga de una mente europea. Extraños recorridos de embarazos y partos: la madre patria vierte su voz en el legislador; usa su cuerpo y su lengua para parir la ley. Por otra parte el legislador que escucha la voz de esta madre-esposa propone un matrimonio en el que el cuerpo femenino se confunde con el cuerpo del país y la mente masculina remite a la razón, rasgo distintivo del legislador y de Dios, pero también de la ley. Quizás la causa de estos entrecruzamientos esté en que Alberdi concibe una familia de miembros activos: madre y padre trabajan por igual para encontrarse en el proyecto final del estado.

La voz tiene que ver con lo propio y original, con la historia, con los antecesores: “Si los legisladores dejasen siempre hablar a los hechos, que son la voz de la Providencia y de la historia, habría menos disputas y menos pérdida de tiempo” (B., 129). Tanto los líderes guerreros —la voz de Urquiza proclama la federación— como los guías intelectuales pueden aliarse porque obedecen la misma voz. Pero esa voz está inmersa en la materialidad del cuerpo de la ley.

La alianza de los sistemas recurre siempre a la metáfora orgánica. Si la idea de estado se expresa en la unión armónica de los miembros, después de la revolución de setiembre de 1852, la prosa articula la metáfora del cuerpo desmembrado, metáfora que hace proliferar las oposiciones. El conflicto entre Buenos Aires y el resto de las provincias se resuelve en un discurso que maneja contrastes en negro y blanco. La fundación o la ruptura de los compromisos históricos derivan en una homología en la que el pacto engendra la plenitud y su quiebra, la decadencia. En un planteo de corte causalista, las Bases repiten que Buenos Aires ha dejado de ser la razón que alumbró Mayo —la cabeza en la metáfora textual— para hundirse en el simulacro: las imágenes de la peluca y del viejo esclavo que representan a la provincia acumulan lo vetusto y perimido; en el otro extremo de la vida, las provincias —“niños ignorantes”— contienen el tiempo de la esperanza (B., 158-159).

Un sistema que reconoce su origen en la voz anónima de los hechos privilegia las estructuras y tacha las marcas del nombre propio. En Alberdi, los nombres son lugares, y así aparece Urquiza en continuación con una genealogía que se remonta a Rivadavia y a San Martín. Si se escribe su nombre es para resaltar la ineludible renuncia al poder: “Cuando el presidente actual descienda del poder por la ley que él mismo ha tenido la gloria de promulgar, su influencia en la organización será mayor desde su casa, porque será la influencia inofensiva de la gloria que siempre aumenta de poder moral a medida que disminuye en poder directo y material” (B., 210). Alabanza, por un lado, intento de limitar el poder del entrerriano por el otro, comprometiéndolo a una retirada pacífica y silenciosa de la vida pública.

Jurista al fin, Alberdi subraya los temas del orden y del poder. Si el orden político está marcado por la emergencia del poder mediante el que dominantes y dominados se constituyen en grupo político,8 las Bases señalan los lugares que corresponden a los grupos sociales. Pero una vez que el mapa ha sido diseñado, el poder debe mantener inmóviles a los grupos, generando formas de consenso o de represión. Imprescindible para la consolidación de cualquier orden, persuadir en la obediencia a la ley con el pretexto de que ella provee toda felicidad resulta una práctica eficaz. El fundamento de la dominación reside en la validez de las normas legales y ciertos preceptos racionales.

A la teoría contractualista del estado, Alberdi agrega otra constitucionalista. Al pacto entre los sistemas políticos suma la justificación del estado en la constitución. La superposición de las dos explicaciones da el origen y la legitimidad del estado: “El fin de la revolución estará salvado con establecer el origen, democrático y representativo del poder, y su carácter constitucional y responsable” (B., 141). La historia que contiene el origen prefigura los límites del poder. La organización de Alberdi implica establecer un sistema acorde con las tradiciones institucionales del país. En este sentido, el principio no es Mayo, sino el sistema institucional de la colonia.

Al igual que Sarmiento reconoce que Rosas ha unido, aunque por la fuerza, a la Confederación: “El poder supone el hábito de la obediencia”. Sin embargo, el poder en las Bases aparece atomizado, ramificado en distintas instancias: la primera y fundamental es la ley —en este plano ubica al gobierno con sus tres poderes—; otro tipo de poder es el que ejerce el caudillo y finalmente el poder femenino. Tres modos de dominación: el legal, el carismático o represivo y el afectivo. A pesar de que Alberdi usa los tres en la fundación del estado, concede la supremacía tan sólo a uno: “Pero llega un día en que la obra del hombre necesario adquiere la suficiente robustez para mantenerse por sí misma, y entonces la mano del autor deja de serle indispensable” (B., 203).

En este momento, el final vuelve al principio porque el texto que ha comenzado con la invocación a la verdad acaba con una reflexión similar. Los extremos orillan el dominio de la verdad. Una vez que se han descrito las coincidencias y definido las alianzas, el proyecto constitucional que sigue al texto se recorta sobre este campo de legitimidades. Vistas como anticipo de la constitución, las Bases explicitan el estadio del derecho vivido, los principios concretos del discurso legal entregado a la opinión pública.

El teatro: La representación del concepto de revolución

En la producción alberdiana el teatro crea un espacio apropiado para representar las nociones que provienen de la filosofía. La dedicatoria que precede La revolución de Mayo aclara el lugar asignado al arte; la pieza aspira a ser tan sólo un “repertorio indigesto de nombres, de principios, de sucesos, de recuerdos y votos, mitad históricos, mitad fantásticos, pero elevados todos (...)” (R.M., 23). La acción dramática se reduce a explicar una idea central cuyos aspectos despliegan los personajes.

Por ese carácter subsidiario, el discurso teatral adosa la función dogmática que en rigor pertenece al campo político.9 Apartados de la pretensión de fidelidad, los textos remarcan el carácter excluyente de una interpretación que identifica verdad con legalidad. Al explicar de manera unívoca el concepto de revolución pasan a integrar el sistema de escritos que funcionan como verdad.

La función dogmática a menudo está acompañada por otra didáctica que normaliza con dulzura. La autoridad no se impone por la fuerza sino por la exhibición de las ventajas fáciles que se hallan a disposición del que acepte las reglas. El mensaje de autoridad pronunciado desde el escenario llega a los destinatarios: se trata de mostrar los beneficios de las revoluciones pacíficas, de encarnar el triunfo de las revoluciones de la racionalidad y del sentido común.

Tanto El gigante Amapolas como La revolución de Mayo escenifican el nacimiento y el éxito de una revolución apoyada en la ley. La dupla revolución-ley es inescindible; la subversión sólo se justifica si implica el retorno a un orden legal. Legalidad, justicia, verdad: los tres términos se conjugan para formar el soporte del concepto. Chiclana exhorta al levantamiento fundándose en una teoría jusnaturalista: “Estos derechos nos vienen de Dios, y sólo los malvados nos los pudieron disputar” (R.M., 28).

La literatura es el universo del “como si”; el discurso jurídico produce un efecto similar en la medida en que su enunciación implica la supresión de la primera persona; el discurso jurídico juega con el “como si” las instituciones hablaran por sí mismas.10 La ausencia de la instancia del sujeto conlleva la universalización del enunciado. Pero en el momento en que el discurso de la ley se muda a un escenario, su teatralización obliga al recorrido opuesto: lo abstracto arraiga en lo concreto y las ideas en los cuerpos. La ley se posesiona de las vidas particulares que tienen nombres conocidos —son los fundadores, Moreno, Vieites, Larrea, Belgrano, Chiclana— o de la vida anónima comunitaria: los intelectuales y el pueblo constituyen las dos formaciones sociales que acogiendo la ley ponen en marcha la revolución.

Los textos labran alianzas siguiendo el modelo paternalista de los antecesores o imaginando uno más moderno, horizontal y popular. Cualquiera que sea la dirección adoptada cuando prevalece el orden legal, el movimiento culmina en un final feliz. La revolución de Mayo y El gigante Amapolas pueden leerse en continuidad; los acerca la puesta en escena de algunos conceptos y la misión otorgada a ciertos grupos, mientras que los modos de representación los diferencia: la crónica y la farsa inscriben la vindicación de los hechos de Mayo y la defenestración del régimen rosista. O lo que es lo mismo, el nacimiento y la enajenación de la libertad.

En el interior del espacio letrado, un debate fundamental: mientras Chiclana y Vieites pretenden apurar los procesos y optan por la acción rápida, Paso y Larrea claman por obtener el consenso. El debate se da entonces entre la pasión patriótica que enaltece la participación del pueblo en los movimientos revolucionarios y el sentido común que acota el grado de conciencia popular. A la posición de Chiclana que se basa en el poder de la evidencia —“La justicia es divina y omnipotente. Los pueblos la adoran desde que la reconocen”—, Paso responde desde una óptica relativista: “Desde que la reconocen sí; pero no siempre la reconocen desde que se presenta. (...) Se debe trabajar por los pueblos sin olvidar que son ciegos las más veces, y suelen confundir a menudo a sus libertadores con sus asesinos” (R.M., 28-29).

Aunque vacilantes entre un elitismo que propone la figura del pensador como guía histórico y un populismo que rescata la prudencia de las masas, los textos no admiten ambigüedades cuando consignan las exclusiones. En la república de la ley quedan fuera los que anteponen el provecho individual al bienestar general. Los diálogos postulan la concepción de que la razón consiste en la conformidad de intereses de todos los sujetos. En la escena en que los conspiradores aplauden la lista que presenta Beruti para integrar la junta de gobierno, Chiclana delimita una vez más los sentidos conceptuales: “Toda la revolución está en esta lista; es la solución de todos los problemas, la armonía de todos los elementos encontrados” (R.M., 47).

El sacrificio por la patria es una constante desde las épocas heroicas. Cuando el iluminismo se apropia de ella le agrega el factor racional; para el burgués, la razón significa al mismo tiempo autoconservación y sacrificio.11 Profundamente burgués, el teatro de Alberdi focaliza a los héroes contemporáneos: el letrado que piensa el proyecto y el pueblo que lo hace suyo y lo lleva a la práctica. Quizás esta zona sea lo más democrático de su producción, porque si los héroes tienen una dimensión cotidiana, los antihéroes resultan marionetas que toman el rostro del militar en El gigante Amapolas y del patrón en La revolución de Mayo. Y para confirmar el proyecto, las armas se subordinan a las ideas. El poder militar acata el poder civil, verdadera cabeza del movimiento; de él obtiene la legitimidad.

El derecho positivo separa las nociones de justicia y de legalidad; el texto de Alberdi las une para desprender de allí el sentido racional de la revolución que implica a la vez libertad, justicia y verdad y que culmina con la apología del criterio de infalibilidad. A la duda de algunos, Díaz Vélez responde: “Los justos son invencibles, porque tienen a Dios por aliado. La justicia sola es un ejército” (R.M., 66). Sólo la ley otorga validez al empleo de las armas y asegura el triunfo.

Hay dos pactos que posibilitan la revolución: ambos tienen por protagonista las ideas que tejen alianzas con las armas y con las fuerzas populares. Los textos representan el concepto en espacios complementarios. La revolución de Mayo junta en los dos espacios, el letrado del cabildo y el popular de la plaza de la Victoria, la enunciación de la ley y la adhesión a ella. O, lo que es lo mismo, la palabra de la institución y su legitimación por el consenso. La escenografía tiene el peso de la ley; las acciones, aunque mínimas, crean un lugar de acuerdos. El gigante Amapolas agrega el espacio de una guerra muy particular: en el campo de batalla no vence el arrojo ciego ni triunfa la sangre sino una combinación de firmeza y razón.

El buen sentido prevalece y circula por los textos organizando los discursos de los personajes; se aloja en los nombres patricios, pero también recala en los sectores anónimos. Las glorias militares son expulsadas  de  las  alianzas  del  buen sentido.  El rechazo a las  solucio- nes violentas desemboca en la apelación al contrato, una revolución consensuada.

La revolución acarrea la paz y también el conocimiento de la verdad. La verdad, que hasta un determinado momento compete sólo a los intelectuales, llega a los sectores convocados: a civiles y militares. En Alberdi, los grupos pasan con velocidad meteórica de la confusión a la luz, apenas internalizan las palabras de los líderes. El instante de la comprensión da nacimiento al contrato, solución natural de los problemas según la lógica textual.

Las ideas, la fuerza de las armas y la del trabajo. En el escenario, los patriotas realizan un concienzudo trabajo de persuasión. Saavedra permanece en el engaño hasta que la palabra letrada lo gana para su causa. Cuando es el turno del pueblo, un coro de voces no identificables adhiere al contrato propuesto por los líderes. La escena incluye una cantidad de personajes anónimos cuyas voces ratifican las voces que, procedentes de otros espacios, vitorean a los letrados, al pueblo, a los soldados, a Rousseau y a los filósofos de la Ilustración.

La escena del pacto con los militares se desdobla; mientras Vieites habla con el jefe, Chiclana seduce a la oficialidad. El personaje acciona los pasos que debe dar una auténtica revolución: define el concepto en la conjunción de los opuestos; anuda el pacto; reza un credo racional y toma el juramento de fidelidad. La definición, la alianza y el compromiso o de otro modo, las bases teóricas, los acuerdos políticos y el consenso social: he aquí los fundamentos de todo cambio que aspire al éxito.

La reflexión sobre la ley y la revolución incluye una teoría de la dominación que impone prácticas de obediencia por el consenso o por la violencia. Alberdi concibe el poder de modo dialéctico: mientras La revolución de Mayo investiga las características positivas del poder, El gigante Amapolas construye los aspectos negativos que conducen a la rebelión popular.

Dos poderes en pugna: la potencia de las ideas contra la fuerza de la represión. En su versión positiva, el poder se hace visible en la ocupación de la totalidad del espacio, de manera que no haya lugar que quede fuera de control. Los pactos sociales facilitan las prácticas de distribución y vigilancia en tanto mantienen un orden prefijado. La naturaleza tiene horror al vacío y las estructuras políticas también. Larrea, la cara más racional del movimiento, expone una visión omniabarcadora: “Porque en política esta doble operación de destrucción y reparación quiere ser casi simultánea. El Poder no puede estar vacante un minuto. El Poder es la columna que sostiene la bóveda social. Si falta un instante, la sociedad sucumbe. No hay tiempo intermedio para elegir entre la caída del viejo Poder y la erección del nuevo. Rey muerto, rey puesto, ha dicho bien el vulgo” (R.M., 45).

El vehemente Paso, la otra posición en el seno del espacio letrado, afirma el sentido del concepto y agrega un elemento crucial que reaparecerá en las Bases: la continuidad del principio de autoridad. El espacio autoritario es un espacio saturado y liso. La enunciación de los universales en una única lengua compartida provee las tácticas de homogeneización.

¿Qué es? ¿Quién es? ¿Dónde está? Tales son las cuestiones primeras que indaga el poder. En la producción de Alberdi, las preguntas por la identidad y por el lugar12 obtienen respuesta en el espacio teatral y se expanden hacia otros espacios y otros discursos. Los textos construyen la identidad del patriota, del antipatriota y el espacio de la revolución, o lo que es lo mismo del origen de la patria. La identidad cuaja en Mayo con la adaptación americana de los principios iluministas en un espacio común a los letrados, a los soldados y al pueblo.

El gigante Amapolas dramatiza el anverso, la faz negativa del poder. Su matriz es la representación del aspecto literal de una metáfora incorporada al lenguaje cotidiano: un gobernante títere ejerce siempre un poder de cartón. La técnica consiste en borrar el proceso de metaforización y trabajar con la literalidad desnuda. Otras metáforas acompañan a esta primera para presentizar el contexto histórico: si el héroe es de papel, un ejército constituido por mujeres evoca la fragilidad de las tropas, mientras una cantidad de soldados atados de pies y manos, cautivos e inertes, se mueven por el escenario. Las metáforas acuñadas en el espacio del discurso político se desplazan hacia el ámbito teatral para ejemplificar la situación y mostrar métodos de acción.

La máxima eficacia del poder reside en el manejo de las creencias; en fomentar la idea de que el centro coincide con la autoridad. En ese sistema de valores, el gobernante es una especie de padre severo pero protector. Padre, así llamaba el gauchaje a sus caudillos. Alberdi propone en la farsa la destrucción de la estructura paternalista cuando le da al pueblo la autoría del levantamiento. Pero si determinadas creencias son aniquiladas, un nuevo paternalismo reemplaza al viejo en tanto las voces populares de los soldados de El gigante Amapolas repiten las voces letradas de La revolución de Mayo.

Con la lección bien aprendida el pueblo se libera de los opresores: tal parece ser el apotegma. Y para incorporar el modelo de los antepasados El gigante Amapolas juega con una dialéctica del ver y del decir la mentira o la verdad, dialéctica también presente aunque algo modificada en La revolución de Mayo; allí la problemática se devana entre apariencias y verdades: “Nada ha cambiado, señores, más que un nombre: la tiranía es la misma, el tirano es el mismo” (R.M., 27).

El teatro de Alberdi ofrece elementos para construir una teoría de las bases necesarias para lograr la unidad: en ese espacio podemos leer los pactos a realizar, el lugar de la ley y la razón en el sistema, las relaciones sociales y políticas de los grupos, el papel de la revolución como desencadenante de un nuevo orden, por fin, la instauración del poder.

El teatro es el espacio de la develación; pone al descubierto los resortes de un dominio sustentado en mitificaciones. En la farsa se encuentran casi todos los elementos que Canetti atribuye al poder, pero dados vuelta. Si la rapidez, la fuerza, el secreto, la capacidad de preguntar, de sentenciar y de perdonar son inherentes al poder, el texto de Alberdi incursiona en los entretelones para hacer público lo oculto: la debilidad de un poder.

En Totem y tabú, Freud relaciona el origen de la sociedad con el delito. La muerte del padre a manos de los hermanos confabulados para tal fin señala el comienzo de la organización política y social. Aunque en tono jocoso, la aniquilación del gigante a manos de un soldado convoca esa rebelión primera de los hijos contra el padre, de los débiles contra el centro y permite ensayar una hipótesis: la representación pulveriza el mito del gobernante intocable; su destrucción permite que el poder pase del cuerpo individual al cuerpo social.

La circulación del poder obsesiona a Alberdi. “El trono a las ideas, no a las personas; la gloria, a las virtudes, no a los hombres” dice Vieites cuando exhorta a los diputados (R.M., 96). Si el aspecto positivo del poder reside en un espacio saturado, el revés de la trama, la usurpación de los lugares, se patentiza en la escena en que Mentirola ocupa los sitios que han dejado vacíos sus compañeros Guitarra y Mosquito. Simulacro de discusión, negación del tránsito de la palabra, el poder armado es una única voz que cambia de lugares y se escucha sólo a sí misma. La retórica inflamada pero despojada de sentido parodia las arengas militares; las actitudes cobardes de los jefes arrojan dudas sobre los compromisos declamados.

B. Las alianzas y los contratos sarmientinos

Los pactos culturales de Recuerdos de provincia

Declarar/elidir

La autobiografía de Sarmiento se constituye en la intersección de tiempos y espacios que resumen el nacimiento y el desarrollo de la historia nacional. Recuerdos narra una historia familiar que, desbordando los límites de lo privado, configura en forma paradigmática el pasado, el presente y el futuro colectivos. Si el género autobiográfico actualiza la confrontación —también entendida como enfrentamiento— entre el yo-protagonista y el autor-narrador que edita la ficción, Recuerdos incluye el plano de la esfera pública como fundamento de legitimación del sujeto.

En este relato de vida lo social sostiene la consolidación de la identidad; el sujeto se vincula con la esfera pública que lo consagra, reconociendo en su nombre un representante digno. Los distintos modos de articulación entre la posición de locución y el sistema referencial que la convalida, la dependencia del sujeto autobiográfico de un público juez apologista o denostador, determinan una estructura en la que los materiales heterogéneos —retratos, evocaciones intimistas, historias de antepasados, juicios políticos, narración de episodios de infancia, descripciones de costumbres— se nuclean alrededor de la educación para construir la identidad personal.

El siglo XIX tenía claro que la planificación del estado reclamaba el consenso. Sabía también que necesitaba construir identidades acordes con el proyecto. La autobiografía despliega la subjetividad que precisa el estado imaginado. Si gobernar es estructurar el campo de las acciones posibles de otros,13 supone igualmente esbozar el campo de acciones del grupo que dictamina las acciones permitidas y prohibidas a esos otros.

Porque el estado no sólo gobierna desde arriba, resulta fundamental para la consolidación del proyecto desplegar, en gestos didácticos y contundentes, los modos legítimos de subjetividad. El proyecto opera una matriz de individualización que fija los rasgos requeridos mediante el desarrollo de ciertas técnicas y prácticas que no son reductibles ni a la fuerza ni al consenso, y muestran modos de cohesión social. La literatura pone en escena procedimientos que diagraman formas específicas de hegemonía mediante la construcción del modelo de la élite dirigente.

El sujeto-narrador se delinea en una frontera, en el límite vacilante de una palabra de carácter privado o público. En el circuito que recorre pueden leerse diversas zonas de poder: la palabra que nace privada en el género carta y se hace pública por un acto de delación acarrea el castigo. De un lado, un exceso verbal, del otro, la traición. En ambos casos, un trayecto equivocado: “Mi carta fue leída en plena sesión, pidióse un ejemplar castigo contra mí, y tuvieron la villanía de ponerla en manos del ofendido, quien más villano todavía que sus aduladores, insultó a mi madre, llamóla con torpes apodos y le prometió matarme dondequiera y en cualquier tiempo que me encontrase”14 (R.P., 25).

En compensación, la autobiografía acciona una palabra pública y privada al mismo tiempo. El sujeto habla para acallar otras voces. El ejercicio monopólico del discurso restituye los espacios propios a las voces y a las palabras. Planteado en primera instancia como conflicto familiar, el relato pretende acceder al estatuto de “desborde” verbal, defensa apasionada o reivindicación de una honra atacada: Recuerdos de provincia o lo que es lo mismo, memorias de la patria chica. El plano personal, la evocación intimista resulta la piedra basal, la fundación en escala reducida de la patria grande futura. La autobiografía despliega el concepto de nación: describe la población, las costumbres, la lengua originarias, las raíces culturales que pueden servir de lazos para acceder a una dimensión mayor.

El texto diseña el espacio justificatorio de una genealogía fundadora. Comienza contando las luchas de un sujeto por restablecer la verdad acerca de la limpieza de sus orígenes; pero este principio que abre sobre un destino individual se amplifica en el final, donde el conflicto personal se transforma en batalla por el bien común: “(...) desde el primer artículo de un diario hasta la última página de un libro, forman un todo completo, variantes infinitas de un tema único, cambiar la faz de la América, y sobre todo de la República Argentina” (R.P., 223-224). Un doble carácter preside la narración de la vida: el sujeto escribe como hombre y como patriota, y en esta duplicidad fusiona lo público y lo privado, de manera que cada elemento permite descifrar al otro.

Las estrategias textuales apuntan a desgajar la “política trascendental” de la “política de circunstancias”. Por supuesto, el narrador prefiere la primera: libertad, progreso, educación, emigración, prensa libre explicitan el intento de inscribir la subjetividad en los principios del bienestar general. Una vez convertida la dimensión familiar en universo, el sujeto enunciador se instala en un punto ubicuo y desde allí dictamina una política que rigen leyes naturales. Otra forma de politizar: sostener principios inalienables conlleva el gesto de investir el carácter sagrado del profeta.

En esta línea adquiere sentido la elisión de ciertas escenas que escanden el texto y cuyos contenidos aluden a la coyuntura política. Contracaras del exceso verbal, esas escenas suprimidas provocan huecos en la información, pero subrayan el rol del elegido. Al mismo tiempo, el escamoteo de episodios claves o de causas enfatiza la injusticia de los actos del enemigo. En la configuración de la identidad, hay una justificación del campo inmediato de acciones y paralelamente el esbozo de otro espacio, más lejano y más amplio: el carácter de predestinado se manifiesta nítido en un relato de vida construido sobre la rapidez de la conversión y de las revelaciones súbitas.

El narrador oculta los contenidos de sus cartas contra Quiroga y Rosas, hechos que prologan el exilio; esconde también las relaciones conflictivas entre el presbítero José de Oro y algunos estamentos del poder —choques ideológicos con Salvador María del Carril y San Martín— con lo cual la sociedad parece culpable de algún delito no consignado, pero que oficia de resorte para el destierro del patriota; silencia el desarrollo de batallas políticas —como la que entabla con Benavídez— y de las que emerge vencedor; no revela la génesis de sus elecciones políticas sino la decisión final. Como impulsado por la coacción del poder, por factores externos, la reiteración del enunciado “era yo unitario” manifiesta no una opción libre, sino la compulsión ejercida por un afuera amenazador que obliga al individuo a embanderarse en una facción.15 Así, callar o disfrazar lo político puntual es condición necesaria para edificar una historia personal que coincida con la historia de la patria.

El sujeto autobiográfico anuda todos los espacios, todos los tiempos y todas las culturas. Si la escritura declara su carácter improvisado armando un sistema narrativo con cortes e intercalaciones, con yuxtaposiciones de episodios y de registros lingüísticos,16 la estructuración de los capítulos desmiente esta pretensión de espontaneidad. Cada retazo de esta autobiografía está diseñado para destacar a un protagonista que une en la literatura lo fracturado en otros ámbitos: su tarea consiste en reconciliar naturaleza y cultura. Por eso, Sarmiento asume las herencias española e india y rememora a sus antepasados árabes, dándoles esta vez connotaciones positivas: don de mando, conquistadores, fundadores de familias y ciudades. El sujeto restituye la unidad original al revelar las conexiones subyacentes entre culturas y razas.

Comienzo emblemático: los capítulos empiezan contando un origen familiar, etnográfico o cultural. Narran una fundación en sus distintas inflexiones; y porque se trata de un libro didáctico, el mayor espacio se concede a la creación de sistemas educativos. José de Oro, Fray Justo Santa María de Oro, Domingo de Oro o Doña Paula enseñan al futuro maestro Sarmiento. Discípulo aplicado, el niño Domingo acumula la herencia con esfuerzo, a imitación de los modelos.

Estos tres factores —lo transmitido por sangre, la laboriosidad empecinada, el ejemplo de los mayores— moldean la subjetividad deseada. El yo se convierte en una especie de receptáculo transformador de cada factor heredado; la identidad que precisa el estado futuro conjuga la tradición con el siglo. El sujeto sintetiza los valores legados por vía familiar, natural o cultural; reúne los valores fragmentados y dispersos en los antecesores o en el terruño provincial.

En el principio está el final: cada capítulo destaca un tesoro arcaico digno de estima que el sujeto descubre y retiene. Recuerdos describe el mundo: naturaleza, formas arcaicas de organización social, nacimiento de las culturas, configuración de la subjetividad y modos de insertarse en la colectividad. Los espacios se van achicando hasta llegar a focalizar al individuo irrepetible, político y escritor.17

Recuerdos, como aclara el título, pone en marcha una política de rescate de memoria. En este libro de enfrentamientos temporales, el pasado conforma un núcleo utópico retrospectivo. La decadencia actual se recorta contra el accionar de los antecesores; al origen —que es siempre fundación— se superpone otra constante, ya que cada capítulo termina con la destrucción emprendida por los otros o, inversamente, con la salvación posible cuando involucran las acciones del narrador.

Visto más de cerca, el caos aparente deslumbra por su riguroso orden. El narrador conoce el manejo de una lengua eficaz al organizar los materiales disímiles en tres maneras básicas de constituir la subjetividad con el montaje de un sistema que desenvuelve los procedimientos de inversión, linealidad o paralelismo. Los procedimientos figuran un curioso modelo en cuanto desarrolla el grado máximo de individualización, un nombre propio famoso, rasgos definidos, actos precisos en situaciones históricas reconocibles, discursos particulares y modos específicos de relaciones con otras subjetividades. Gesto eminentemente didáctico, el modelo es tal en cuanto concreción absoluta del individuo.

En cada capítulo, el último elemento retoma el primero dándole vuelta, complementándolo o yuxtaponiéndose a él. La inversión opera en el plano personal —pasaje de la oscuridad literaria al reconocimiento— o en el plano colectivo —oposición entre una colectividad antigua superior y la actual inferior.

Otras veces, las preferencias se inclinan por una lógica lineal. Así está estructurado “Mi educación”, que empieza con la temprana formación del personaje en el arte de la lectura y acaba en un pensamiento consolidado. Culminación apoteótica de una vida, plasmación de una forma anhelada, una línea permite juntar sin fricciones el nacimiento con la madurez, los inicios vacilantes con el esplendor.

Los paralelismos con contraposiciones entre situaciones o entre personajes, recorren algunos relatos de vida, como el de Domingo de Oro. El nombre anticipa un destino común porque, además de compartir el significante, la narración entrelaza a los dos Domingos en una comunidad de ideas y de posiciones. Los sentidos existenciales se asemejan hasta el instante de la opción definitoria; entonces, los caminos generacionales se bifurcan en el final del episodio que señala los inicios de la vida joven en el punto donde termina la vieja.18

Antecesores “raros”

“Tenía don Miguel un hermano clérigo loco; está loca hoy una de sus hijas, monja, y el presbítero José de Oro, mi maestro y mentor, tenía tales rarezas de carácter que a veces, por disculpar sus actos, se achacaba a la locura de familia las extravagancias de su juventud” (R.P., 55). Sello prestigioso para el narrador, la idea de rareza abarca varios tipos de desmesura. En algunos, el término se homologa con la locura; en otros es sinónimo de inteligencia extraordinaria o de cultura inusual. Comporta también capacidad de acción, esfuerzo y trabajo. El rasgo circunscribe un campo de diferencias que aglutina a los miembros del linaje: los Sarmiento, los Oro, los Mallea portan la marca de la diferencia que en este caso opera como la contracara de otro campo de diferencias donde se sitúan los gauchos y los caudillos.

Sarmiento arma minuciosamente un tipo de subjetividad que instaura otra legalidad y otra razón. La locura significa una racionalidad que transgrede reglas y cuestiona instituciones; los antecesores son locos sólo si se los juzga con los parámetros del sentido común. El texto propone otra óptica, echa otra mirada sobre el linaje: el rasgo define a un sujeto excepcional que por ese motivo es un ser excéntrico. Estos sujetos se someten a leyes superiores que anclan en la naturaleza y la cultura, leyes contenidas en el corazón del mundo.

Dos ejes entrelazados configuran la identidad; el primero gira en torno a la idiosincrasia de cada integrante de esta genealogía; el segundo pone en conexión al individuo con la sociedad; el yo se define en el enfrentamiento con algún tipo de instancia colectiva —iglesia, chusma, grupo— que oprime al sujeto obligándolo a respuestas singulares.

Un uso extendido de la analogía que fusiona tiempos enhebra también lo público y lo privado. Las argumentaciones van dibujando una cadena en la que cada eslabón tiende a echar por tierra algún prejuicio que el poder enraíza en la sociedad para inhibir los cuestionamientos. El texto convierte en máquinas de opresión a las instituciones atadas al partido gobernante y a las jerarquías eclesiásticas. Contra esas máquinas de poder que usan a los hombres interiorizándolos en la masificación intelectual, sólo los excepcionales zafan del sistema. El narrador enfatiza el choque entre el individuo y la sociedad que condena a los inclasificables: “Tenía (José de Oro) un profundo enojo con la sociedad de que huía, no viéndosele en la ciudad sino en la fiesta de Santo Domingo” (R.P., 57). Un acto cualquiera de rebeldía pone en funcionamiento los dispositivos censores, dando lugar al pleito. El esquema en que una sociedad entera —o la mayor parte de ella— enjuicia al transgresor se repite en cada miembro de la familia hasta crisparse en el narrador.

La rareza nace en el instante en que un cuerpo entra en contradicción con una mente. La coexistencia de opuestos desata la reprobación de una sociedad pacata. Sarmiento retoma la dicotomía cuerpo-pensamiento —que define los límites entre civilización y barbarie en las biografías de caudillos— y la dramatiza en varios antecesores Oro desgarrados por el dualismo que fascina al genealogista. El entrecruzamiento americano de naturaleza y cultura representa un ideal humano que no llega a conciliar los contrarios. Antecesor de Borges, el narrador recibe dos legados: de la línea gaucha deriva el coraje; la línea europea dona la palabra y las ideas.

Ambición, gloria y locura igualan a los sexos en la línea materna. El texto trabaja los cuerpos; la identidad se consolida en escenas que exhiben cuerpos a menudo inmolados. Contra el anonimato de la masa, estos hombres peculiares exponen un cuerpo que escandaliza a la sociedad: “(...) don José no había sido invitado y en despique desnudóse en su casa como para echarse en el baño, montó en pelo un caballo, y presentóse a la vista de los convidados al arrojarse a la represa de agua; bañóse tranquilamente buen rato y saltando con gracia en el caballo negro en el que resaltaban sus formas blancas y nerviosas como un atleta antiguo, tomó la vuelta hacia su casa sin responder a los que lo llamaban. No respondo de la veracidad del hecho, que yo nunca le vi hacer nada extravagante” (R.P., 61).

El polifacético soldado gaucho y cura letrado liga al autor-narrador a la cultura y a la naturaleza; lo educa según el Emilio en la geografía y en la historia, dos modelos científicos presentes a lo largo del texto que vinculan al yo con la tierra y los antepasados. Su personalidad incide sobre la formación del sujeto autobiográfico porque en Recuerdos los maestros, padres intelectuales, reemplazan a un padre biológico inconsistente.

Entre numerosos padres disímiles, el narrador opta por aquellos que amalgaman los contrarios y educan con las ideas y con el cuerpo. De manera oblicua el sujeto autobiográfico va constituyéndose en el retrato de sus maestros. El relato muestra que sólo aquel que arriesga el cuerpo puede educar; la proposición anticipa y justifica la historia personal y el exilio propio.

José Clemente Sarmiento le lega su afición por los libros, pero no lo educa. En esta extraña familia se invierten los roles y los sexos. El padre participa de un mundo casi femenino, cuida la integridad física del hijo rescatándolo en los momentos de peligro. Quitar el cuerpo del hijo; este ser incorpóreo, “lindo de cara”, “ángel tutelar” o “ángel de la guarda” aparece como obstáculo para las ansias guerreras del protagonista. El narrador recoge la burla que pone en duda el sexo del padre y rearma su genealogía seleccionando algunos rasgos; inventa parentescos y parecidos, también diferencias que cuadriculan un espacio sin ambigüedades, donde los padres son fundadores de ciudades y de sistemas y guerreros y la madre lleva a cabo la fundación de la familia. La perfecta distribución de los sujetos en los lugares adecuados: la mujer en la casa, los hombres en el campo de batalla. Sin embargo, un espacio común articula los sexos: la educación pertenece a ambos dominios.

En el montaje de rostros y prácticas, el sujeto autobiográfico se da un lugar propio en cuanto que recapitula y amplifica los componentes extraños de la estirpe. A un padre femenino el texto opone una madre masculina cuyas rarezas se extienden al cuerpo, al intelecto y a la moral. La madre trabaja y mantiene a la familia, levanta la casa que el sujeto vacila en llamar “hogar paterno” puesto que inmediatamente corrige: “la casa de mi madre”, educa y es centro de la vida doméstica.

Este cuerpo y esta mente viriles transmigran al cuerpo del narrador que interpreta en cada actitud materna un presagio de las conductas propias. Incluso el espíritu religioso ancla en el hijo que contagiado de misticismo profiere una oración de claras resonancias sagradas, aunque el credo se tiña de iluminismo: “Yo creo firmemente en la transmisión de la aptitud moral por los órganos, creo en la inyección del espíritu de un hombre en el espíritu de otro por la palabra y el ejemplo” (R.P., 128).

El cuerpo es un componente decisivo en la figura del político. Sarmiento declara su admiración por Domingo de Oro en una escritura que se complace en la descripción física e intelectual del hombre de espíritu europeo y cuerpo americano. En el personaje, la dicotomía cuerpo-pensamiento resulta un núcleo productivo y complejo, ya que a la herencia gaucha que combina con la europea, agrega el rasgo del misterio inherente al hombre político. Cualidades mefistofélicas, seducciones irresistibles, magia y ensalmos sitúan al personaje en un lugar ambiguo a mitad de camino entre lo humano y lo sobrehumano. El papel de mediador entre bandos contrarios refuerza en lo social las ambivalencias internas. Puente entre grupos antagónicos, el orador caudillo se desenvuelve en un espacio donde circulan las negociaciones y las relaciones de poder.

La narración yuxtapone su situación a la del yo protagonista, porque si el destierro los asemeja, las actitudes vitales los diferencian. Pero el paralelismo es más profundo; muestra duplicadas con signo inverso dos opciones políticas: si Domingo de Oro desemboca en el escepticismo por no tomar partido —sólo al pasar el narrador confiesa la filiación federal del antepasado—, Domingo Sarmiento acepta con optimismo la lucha política.

El enunciado “Oro es la palabra viva” (R.P., 77) define el encuentro fructífero de cuerpo y lenguaje en la figura de un escritor político. Los cuerpos atraen o repelen. Si el cuerpo desnudo del presbítero escandaliza a la sociedad, el cuerpo colosal del político vestido con palabras la seduce: “He aquí, pues, uno de los grandes secretos de Oro; los otros son de ejecución, y no son menos certeros. Pronuncia las palabras nítida y pausadamente, modulando cada una con el finido de una miniatura, con un esmero que se conoce ser obra de un estudio largo y perseverante, que ha concluido por convertirse en segunda naturaleza” (R.P., 78). Producto acabado de la intersección entre cultura y naturaleza, el orador cuya personalidad anticipa la unión lograda por el autor-narrador, lo unge escritor: “’¡Bravo! Oro ha aplaudido’. Yo era escritor (...)” (R.P., 80).

Otro miembro de la familia Oro, Fray Justo, lo nombra educador. Esta vez, la extrañeza del personaje radica en la cultura adquirida. Raro para la sociedad, Fray Justo emprende una utopía educativa que continuará el autor protagonista. En el teólogo no hay oposiciones internas entre naturaleza y cultura, sino conciliación armónica de preocupaciones trascendentes e intereses patrióticos. El sacerdote suma en su vocación razón y justicia humana, ideas y voluntad de artista, valores religiosos y civiles.

En la producción de Sarmiento, los juegos entre perseguidores y perseguidos conforman una matriz significante. Recuerdos repite en todos los niveles esta estructura: el rechazo a los sujetos que la sociedad llama raros, proviene del afuera, del ámbito religioso y político. La intriga o el complot constituyen las formas de una política de la paranoia y una paranoia política: contra la racionalidad de algunos, el fanatismo de la colectividad y de sus jefes.

El ataque se dirige siempre contra un centro reconocido para desplazarlo hacia la periferia y proponer otro. Las estrategias de Recuerdos, a partir del título que habla de los márgenes, de la provincia y no de Buenos Aires, reubican a los sujetos, distribuyen centros y márgenes en nuevos espacios. La historia de Funes repite la multiplición de intrigas. El deán, “centro natural” de la revolución, concreta un programa educativo en el que se instruye una élite intelectual de descollantes apellidos en el hacer público. Literatos, políticos, doctores en leyes, científicos prometen para la república un futuro jubiloso, interrumpido por el destierro o la muerte.

Símbolo de la omnipotencia del poder, la amenaza suspendida diluye su efecto cuando se materializa. Las amenazas que se ciernen sobre los antepasados cuajan en sus descendientes; heredero privilegiado, el narrador atrae los castigos potenciales que acechaban a los mayores. La estructura paranoica encuentra la facticidad que ha buscado sin cesar. Sarmiento halla el modo de representar el nacimiento, el desarrollo y la culminación de una vida pautada por opciones políticas irrenunciables. La moraleja didáctica restalla en el capítulo dedicado a Oro, que en el final cambia de protagonista; cierra con una escena de tonos y colores contrastantes en el espacio de la prisión previa al destierro; allí un grupo de alumnas consuela al maestro Domingo. Ratas y cárcel, por un lado, infancia por otro, son los tres elementos que instauran un campo semántico de oposiciones donde la política se junta con la educación.

La subjetividad se delinea en la sobreimpresión de tres esferas: la política, la educación y la historia. La sumatoria vislumbra un sueño de totalidad. El derecho a considerar patrimonio propio esos espacios que han sido ocupados por los antecesores le viene por sangre, pero más aún por trabajo. Y si la herencia recibida es el espacio entero, la deuda con los mayores queda saldada con la operación de síntesis que realiza el sujeto autobiográfico: ocupa esos espacios que imagina vacíos y los llena con los contenidos de la educación, la política y la historia entrelazados por el discurso literario. En este sentido, la narración recobra, en un gesto político y a partir de la memoria individual, la lectura y la escritura de la historia comunitaria. El descendiente como historiador cumple un trabajo arqueológico: “Un día iré a buscar con recogimiento religioso, entre tumbas de patriotas, el lugar que ocupa la que un decreto mandó erigir a su memoria” (R.P., 121). También el libro se convertirá en monumento.

El yo entre lo invididual y lo colectivo

“...No era en Roma ni en Grecia donde había de buscar yo la libertad y la patria, sino allí, en San Juan, en el grande horizonte que abrían los acontecimientos que se estaban preparando en los últimos días de la presidencia de Rivadavia” (R.P., 175). Separado de su tierra, Sarmiento escribe del otro lado de los Andes, los espacios y los tiempos de la patria perdida.

Recuerdos pide ser leído como uno de esos derroteros de las leyendas coloniales que el narrador cita y que prometían la quimera al esforzado conquistador. En este caso, las pistas diseminadas en la letra conducen al tesoro más preciado: al final del recorrido está aguardando la patria. Todo derrotero desperdiga rastros, huellas mínimas a interpretar: “El poseedor de estos itinerarios misteriosos los cela y guarda con ahinco, esperando un día tentar la peregrinación preñada de incertidumbre y peligros, pero rica de esperanzas de un hallazgo fabuloso” (R.P., 33).

Un mito a descifrar, un mapa, algunas pistas, la espera confiada del sujeto, muchos riesgos y, por último, la recompensa. He aquí un modelo de lectura para una autobiografía peculiar, un relato de vida que amplía sus dimensiones a fin de dar cabida a las representaciones de la patria. Encontrar el tesoro es hallar la identidad en un doble sentido, la idea de nación y la identificación de los tiempos y espacios individuales con los tiempos y espacios primigenios. Si Argirópolis contruye al hombre de estado en una voz autoritaria e imperativa, Recuerdos traza el recorrido anterior y complementario en un tono nostálgico. La tierra, la sangre, la educación y la imitación de los antepasados confieren al sujeto la identidad privada. La constitución de la identidad pública depende de la sociedad que santifica o defenestra pero que siempre se muestra como referente último.

La narración retrocede en el tiempo hasta arraigar el yo en la tierra. El capítulo “Las palmas” trabaja con la identidad implícita entre objetos y sujeto. Los atributos otorgados a los palmares coinciden con los que definen el linaje de Sarmiento. Bastan ligeros desplazamientos para restablecer las correlaciones entre sujeto y objetos. El exotismo recuerda la rareza que marca a la familia; el estigma de forasteros remite al exilio propio; antiguos versos árabes cantan la nobleza de los árboles, manos europeas han contribuido a su crecimiento. Tres continentes labran la vida de los palmares, así como tres culturas se entrecruzan en sus ascendientes.

Hay en Recuerdos casi un tratado de botánica: palmas, pinos, álamos, higueras, algarrobos, vides, olivos; árboles aptos para la industria, símbolos familiares, vigías solícitos del proceso de aprendizaje o testigos de la historia. La imagen del árbol une lo utilitario e inmediato con el mundo de la cultura y lo trascendente. Pero es a la vez una imagen del texto. El árbol es también genealógico y un modelo de mundo jerárquico,19 un universo que erige como ley máxima el Uno y que procede por lógica binaria. El libro aspira al estatuto de microcosmos y desea la completud del sentido. El árbol representa la ley de la naturaleza y estará allí desde el principio hasta el fin de los tiempos.

Del paisaje, los árboles atraen la atención del narrador porque remiten al nacimiento y al desarrollo de la patria. También a la desazón por el hogar perdido. Exilio y arraigo como anverso y reverso de un destino confluyen en la transcripción del poema árabe que recoge una herencia donde el suelo se da la mano con la cultura: versos bellos y sentimentales alaban la naturaleza. El legado de los Albarracín —los árabes de la familia— liga los dos mundos. El caso de los palmares escenifica una situación ejemplar de aquellos que siendo extranjeros se afincan y crecen en otro suelo como ha crecido Sarmiento literaria y políticamente en Chile.

Si un primer momento de legitimación del yo crea relaciones estrechas entre sujeto y naturaleza, un segundo momento detalla los componentes raciales que entran en la identidad polifacética del sujeto. Indios, españoles y árabes, todos ellos fundadores de algún tipo de civilización, conforman el marco étnico-cultural, el tronco común de una estirpe colosal con la que el sujeto autobiográfico celebra alianzas profundas. Se trata de construir una familia de tradiciones y costumbres, de ligar distintos tipos de fundaciones aunando noblezas, la del trabajo, la de la cultura, la de la sangre, la del talento. En suma, hacer un mapa que seleccione y unifique los componentes de la nacionalidad, el principio temporal, espacial e ideológico del estado.

En un tercer momento, la identidad se consolida en la interacción de lo individual con lo social. En esta instancia, las tensiones entre el individuo y la sociedad civil o la sociedad política permiten leer las articulaciones entre modelos de literatura y modelos de estado. La autobiografía insiste en la producción de una subjetividad compleja y fragmentaria, en la construcción de un modelo entrevisto como punto de convergencia. La amalgama facilita el salto hacia adelante. La primera persona toma la palabra capturando los cabos sueltos: “Aquí termina la historia colonial, llamaré así de mi familia. Lo que sigue es la transición de un modo de ser a otro (...) A la historia de la familia se sucede, como teatro de acción y atmósfera, la historia de la patria. A mi progenie me sucedo yo (...)” (R.P., 150).

Las estrategias textuales bordan en filigrana tres pilares miniaturizados del proyecto: la razón, el pacto y el amor a la obediencia forman un eje semántico fundamental que ciertas escenas exhiben encarnados en la vida cotidiana. Sarmiento salta de la dimensión máxima de la política global a la dimensión mínima de la política familiar. El relato fulgura en episodios que desarrollan una estética de lo concreto. Esta estética que se presenta al mismo tiempo como ética exhorta a una lectura de doble plano y de doble valor: allí se leen dos fases de un mismo universo; familia y nación, individuo y colectividad, vida privada y vida pública, moral y política.

La eficacia de la escritura se funda en esta duplicidad. El hecho de que Recuerdos se haya convertido en un texto escolar, edificante, da cuenta del principio que lo constituye. Al relato familiar se superpone el relato de la nación. Un ejemplo: en “El hogar paterno” el autor-narrador arbitra las disputas entre la vieja y la nueva generación o, en términos políticos, entre conservadurismo y revolución. Las hermanas, representantes de la modernidad, quieren eliminar algunos objetos anacrónicos en tanto que la madre se aferra a los símbolos que contienen su pasado. Desencadenada la lucha, el triunfo de la juventud implica la destrucción de las reliquias.

La anécdota sirve al género didáctico y culmina en una moraleja. El episodio narrado en el tono entre nostálgico e íntimo del relato de memorias intercala reflexiones que operan la apertura del discurso hacia una dimensión más universal. En defensa de los valores de la tradición, el enunciador apela a la mirada de los viajeros europeos que otorga racionalidad a los objetos que examina. Enseguida, el plano íntimo se abre al ancho mundo; las dimensiones estrictamente familiares se prolongan en un gesto que promete reconocimiento al partido perseguido, poniéndolo como centro de la regeneración nacional: “Los viajeros europeos que han recorrido la América, de veinte años a esta parte, han rescatado por precios ínfimos, obras inestimables de los mejores maestros (...) No de otra manera y por las mismas causas, una generación próxima venerará el nombre de los unitarios en nuestra patria, vilipendiado hoy por una política estúpida (...)” (R.P., 146).

El discurso se bifurca en dos registros, uno que interpela a la razón y otro que opera con los sentimientos. Ambos describen prácticas y actitudes cotidianas que movilizan características destinadas a ser inscriptas en la subjetividad. El discurso dibuja un espacio de coincidencia y generalidad, una zona consensuada por esta doble apelación en la que a la singularidad de la situación se sobreimprime la identificación sentimental. Este es el punto de convergencia de lo social y lo individual.

Esta especie de pasión por la ubicuidad recala en el acto de mirar; hay géneros literarios —como el de los viajes— que reconocen un origen en este verbo. Sarmiento lo usa en cualquier género o sistema narrativo. En Recuerdos, el tópico es recurrente e introduce una cantidad de acciones subjetivas sobre el mundo desde el momento que el que mira corrige, ratifica, descubre, inventa y rectifica. La mirada de los otros aniquila o santifica a los sujetos u objetos sobre los que se detiene; la mirada propia devela mentiras y penetra de racionalidad lo que carece de ella.

En las escenas familiares, las distintas visiones libran una guerra cuyos frentes de conflicto son dos generaciones; las miradas amenazantes de las hermanas que enfrentan la mirada tierna de la madre recalan en los mismos objetos; las miradas discuten la supervivencia o la condena del pasado colonial. La visión ciega destroza cultura y naturaleza, aniquilando la historia. Por sobre estas visiones parciales se sitúa el punto de vista del narrador, que como posición de enunciación se proclama defensor de las tradiciones y como personaje toma a cargo la tarea de reconstrucción cuando transforma un pedazo de tierra estéril en una viña. Adecuada al siglo, la misión reparatoria tiene por protagonista a un sujeto capaz de desbrozar lo imperecedero de los remanentes anacrónicos y de fusionar utilidad y belleza.

En Recuerdos, la sociedad observa atentamente a los individuos raros. Y desde el momento en que el protagonista asume ese rasgo, el grupo intriga y enjuicia.20 A veces el sujeto reclama esta función otorgando a la comunidad la jerarquía de sistema primario de referencia: examina al grupo para ver reflejada en él su imagen; cuando la sociedad chilena lo sanciona escritor, lo rescata de la anonimia; el sujeto obtiene un espacio propio, su pasaporte de socius.

Las escenas de enfrentamientos personales con los caudillos Quiroga Carril y Benavídez cruzan miradas que figuran duelos; en ellos, la palabra sustituye a la acción y la mirada al arma. Estos momentos de máxima tensión en los que los contrincantes dirimen posiciones, se resuelven literariamente en el uso del diálogo; pero el desenlace, feliz para el representante de la civilización, está a cargo del discurso indirecto. Si establecemos analogías entre discurso indirecto y traducción, por un lado, y discurso directo y transcripción por otro, la actividad de narrar se revela desleal en cuanto el yo testigo y participante borra la voz del otro y hegemoniza la palabra. La posesión inclina la balanza de la racionalidad al diluir en comentarios el lenguaje ajeno.

Una visión sagaz descubre artimañas, los secretos y las farsas que usan los poderosos como instrumentos de sometimiento. La capacidad descifradora de la mirada del narrador desarticula las estratagemas del cura Castro Barros; percibe la estupidez en la mirada indiferente de Benavídez; y testimonia los atropellos del régimen. “Balbuciente aún empezaron a familiarizar mis ojos y mi lengua con el abecedario” (R.P., 151). Nacimiento y educación coinciden en la formación de la identidad en la que el ver y el hablar tiene el correlato de la verdad.

Recuerdos describe la trayectoria de una subjetividad móvil, pero previsible. La voz se define en una cantidad de posiciones ubicuas del sujeto de la enunciación que determina la superposición de tiempos, niveles y actitudes narrativos. Si la mirada que aprende imitando inscribe los inicios de la identidad, el acceso a la escritura señala la madurez. La palabra “progreso” es el abracadabra: el crecimiento individual coincide con la marcha del país.

Aprender y enseñar; los roles sociales del alumno y del maestro explican el imaginario del escritor al punto que suspenden toda derivación que no sea pertinente a estos lugares. La operación recorta el cuerpo del sujeto constreñido a una mirada disciplinada y una escritura explosiva. No obstante, cuando entra en escena la figura del político, lo fragmentario desaparece. Esos instantes juntan roles que contornean un cuerpo entero con todas sus memorias: el sujeto —narrador y personaje— se hace dueño de una doble voz que enseña con un cuerpo teatral actitudes edificantes.

El relato se vuelve moroso en la descripción del recorrido. La imitación rige la época de aprendizaje durante la que el sujeto lee, copia, traduce y reproduce. La tranquilidad evolutiva combina con momentos de ruptura. A menudo, las formas discursivas narran una revelación: “Yo había sido vil, grande, heroico y miedoso, y pasado por un infierno, por no sentirme indigno de su aprecio” (R.P., 60).

Hay un instante en el que se opera el cambio decisivo: “empecé a sentir que mi pensamiento propio, espejo reflector hasta entonces de las ideas ajenas, empezaba a moverse y a querer marchar” (R.P., 173). En este punto, la autobiografía atrapa el modelo de las confesiones y se vuelve la historia de una conversión. El discurso de la confesión provee una matriz religiosa que se da contenidos terrenos en cuanto marca la entrada en “La vida pública”. El corte con la vida anterior, movimiento típico del acto confesional, se repite invirtiendo los efectos pragmáticos del discurso. El acto no culmina en la retirada al ámbito de la contemplación; significa, por el contrario, la irrupción en la acción pública. La palabra consolida un imaginario que liga de manera indisoluble al maestro con el escritor y el político.

Cuando el protagonista se instala en la vida pública, la mirada de los otros se desplaza hacia los objetos que produce el sujeto: libros, artículos y escuelas. Los otros leen lo que escribe; con ello el cuerpo de la letra reemplaza al cuerpo del sujeto, poniéndolo a salvo. La escritura refrenda un nombre limpio que circula ya en la esfera pública; el texto hace justicia restableciendo el orden; modifica la situación inicial en la que las cartas violadas provocan el castigo. El artificio de elegir por destinatarios a “un centenar de personas” jerarquizadas con el título de compatriotas constituye a unos pocos que comparten el bien supremo en instancia de justicia.

Los huecos de la historia

Lanzado a la búsqueda de una totalidad fragmentada, el narrador orienta sus investigaciones hacia atrás para encontrar signos que le permitan recuperar los sentidos perdidos. Documentos, recuerdos personales y ajenos, leyendas, testimonios y retratos son materiales heterogéneos que el historiador organiza cohesionándolos en un todo significativo. El fragmento se convierte en un lleno de sentido, una plenitud en la que el historiador hurga sentidos casi desvanecidos.

Pero el fragmento también puede ser sinónimo de vacío; el sujeto, en este caso, escribe los sentidos que faltan. Sarmiento encuentra en una casa jesuita una carpeta que contiene manuscritos donde se alude a una “Historia de Cuyo” del abate Morales y a un mapa de la zona. Ambos documentos están perdidos; los únicos testimonios completos son unas probanzas de Mallea. Recuerdos dibuja un derrotero, el mapa del tesoro, paradigma interpretativo con el que un sujeto raro escribe la historia de otros raros.21

Guardián del pasado, el narrador enlaza las líneas fundadoras de españoles e indios que aportan dos vertientes de la tradición. Lo que se ha conservado es la ley en forma de antiguas probanzas; en ellas los conquistadores acreditan a la posteridad la certeza de ciertos hechos cuya veracidad surge de los interrogatorios a los que se someten los testigos. De la confrontación de testimonios que se contradicen, el juez —el historiador— infiere verdades. Si los españoles contribuyen a la develación de causas mediante la minuciosidad requisitorial de sus actos jurídicos, las costumbres huarpes corroboran el programa sarmientino mientras que sus leyendas reafirman la teoría del hombre americano como ser excepcional.

Sarmiento trabaja en su escritura las relaciones entre componentes históricos que se hallan registrados en la memoria o en el derecho de las dos etnias. Consigna los acontecimientos conectándolos con la tierra en que se originan y con los individuos que los concretan. El mapa así pergeñado completa el caudal de una tradición revitalizada por la inclusión de las herencias española e india. El narrador completa las faltas al escribir una historia de acontecimientos no jurídicos y una historia de la naturaleza —que ya ha comenzado en el Facundo— en la que la geografía desempeña un papel activo en la génesis y en el desenvolvimiento de las acciones humanas.

Recordar implica echar bases seguras, prevenir errores futuros avizorando los pasados. En esta línea, el olvido condena al retorno, hace girar la historia. A menudo, las argumentaciones ejemplifican las consecuencias que arrastran borrar el ayer: “Nosotros, al día siguiente de la revolución, debíamos volver los ojos a todas partes buscando con qué llenar el vacío que debían dejar la inquisición destruida, el poder absoluto vencido, la exclusión religiosa ensanchada” (R.P., 117. Subrayado, mío).

En la tarea de rescatar el pasado, la vida de Funes representa un momento culminante: el sujeto autobiográfico acompaña al patriota a lo largo de un camino que va desde las primeras luchas revolucionarias hasta el olvido en que lo sumergen los contemporáneos. Cuando Funes se retira de la vida pública, se abre para él la posibilidad de la escritura; pero el texto que produce resulta anticuado. La elección del historiador prefigura la opción del narrador poniendo en escena las condiciones de producción de la escritura histórica. Acaso la autobiografía intenta hablar de la comunidad desde el lugar del protagonismo; acaso transitar el género se convierte en una práctica que, mediante el uso de la primera persona, salva de los peligros del anacronismo.

Argirópolis: La educación y la guerra

Toda utopía mantiene una relación polémica explícita o tácita con el sistema contra el cual se rebela. Toda utopía es didáctica. Argirópolis no escapa, en este sentido, a las convenciones del género: el universo imaginado por Sarmiento une al cuestionamiento, el concepto de educación que ingresa para capturar los hilos que enhebren los distintos campos. La educación provee una teoría del discurso, funciona como sistema modelizante de argumentación e interpretación.

En 1850, Sarmiento cree encontrar una solución a los enfrentamientos entre Buenos Aires y el interior en la edificación de una ciudad “neutral”, alejada de las influencias porteñas o provincianas, que se convertiría en sede de las autoridades nacionales, a imagen de Washington, su antecesora norteamericana.

Cobijado por el imperativo de darle forma a la comunidad política, el letrado se pone a la vanguardia y desde ese sitio formula el “deber ser” del “no ser” del desierto. La utopía que ha abandonado su condición especulativa instituye el paradigma: los Estados Unidos son el modelo a imitar.

El texto escenifica la relación problemática entre lo universal y lo particular, o mejor, la concepción de lo particular elevado a universal. Por una parte, el modelo disuelve lo específico en un patrón abstracto y armónico que el letrado llenará con la definición de la buena sociedad, su estructura política, étnica, cultural y económica. Argirópolis declara su fidelidad al modelo genérico, ciñéndose a los principios de no-contradicción y tercero excluido, principios que están en el origen y en el final de proyecto. Por otra parte, la presencia del otro introduce lo particular y el desequilibrio; crea un estado conflictivo y una justificación para la guerra. Marcada con el carácter de necesariedad, la guerra aparece como paso previo a la concordia. A pesar de que el texto se proclama solución pacífica sobre un pacto de unión, la guerra antecede a la paz. Su imagen subyuga a la escritura y orienta procedimientos: la oposición es la figura retórica de la guerra que discurre en la prosa sarmientina.

Sarmiento inventa puentes entre su voz y la voz mayoritaria no bien las especulaciones y opiniones propias se equilibran con ideas expandidas en todos los campos políticos. De manera explícita, el lema unión y federación preside la redacción de proyecto. Pero a medida que avanzan las argumentaciones, los sentidos primeros de pluralidad y coexistencia se van desvaneciendo. Surge entonces una voz que entroniza al régimen liberal en detrimento de otros. En la trama, el enemigo político queda expuesto al juicio de la sociedad; aparece mostrado en su deformidad y, por consiguiente, fundada su aniquilación.

La incorporación del adversario al espacio de la escritura encauza a la utopía en una senda peculiar porque los mundos enfrentados no mantienen una relación de oposición simultánea —sólo “existe” el orden antagónico— sino de consecuencia, difiriendo así los tiempos. Dicho de otro modo, el orden ideal tomará cuerpo cuando Rosas desaparezca. Si en el instante presente la barbarie ha desalojado a la antigua civilización urbana, el letrado repara la falta con la acción ejercida en el lenguaje. La distancia nodal que separa civilización de barbarie está contenida en la permanencia latente de la civilización que asegurará la extinción definitiva de la barbarie.

El fin político inmediato determina la elección de tonos, formas y temas. Porque la eficacia clama por referencias precisas, el “buen lugar” reemplaza al “no lugar” de las utopías clásicas. El modelo conecta dos espacios —ciudad y campo— que esta vez aparecen aliados; términos complementarios, Martín García —sitio de la utopía urbana— y Entre Ríos —zona de la utopía agraria— ejemplifican en la geografía un núcleo del programa sarmientino: el determinismo geográfico destaca el carácter modelador del suelo en la organización de la sociedad. La agricultura y el urbanismo elevados a factores desencadenantes de progreso configuran el anverso del espacio otro. En el entramado de analogías, sistemas económicos corresponden a sistemas políticos y estos se cifran en nombres propios.

El achicamiento de los espacios, de la nación al nombre, es punto de partida productivo para una prosa que se empeña en tejer una historia que destaque los contornos de los personajes. El proyecto se inserta en el desarrollo de los acontecimientos por el papel que los sujetos tienen en ellos. Si Sarmiento inventa la ciudad capital que irradia fulgores progresistas y Rosas es el réprobo asimilado al caos, Urquiza aparece como tercer personaje que media entre uno y otro. El líder intelectual unge al líder militar. Situación fronteriza del militar que el texto se encargará de desovillar aclarando las alianzas: el letrado libra batalla en el dominio del lenguaje; el caudillo entrerriano hace la guerra de las armas.

Pero compartir un mismo elemento —las armas— acerca peligrosamente los campos antagónicos. Por ello, Argirópolis abunda en estrategias connotativas que cargan de significados opuestos a un solo significante. Todo el texto puede leerse como el intento de adjudicar valencias distintas —y por lo tanto, distantes— al denominador común de la violencia, legitimada cuando tiene por objetivo restituir el orden anhelado y condenada cuando la ejerce el enemigo. La operación se repite: la yuxtaposición de un elemento civilizado con otro bárbaro o de los dos sentidos de un elemento único desencadena un conflicto que acaba en la derrota de lo bárbaro.

Si la guerra conecta espacios contrarios, la educación delinea el territorio exclusivo de la civilización y hace de contrapeso al concepto anterior. El texto no la tematiza, la acciona. La noción se convierte en matriz del aparato de enunciación que preserva, junto a la función política, la función didáctica. La ejemplificación opera eficazmente en la enseñanza; a menudo se educa por simple mostración: “Así se han engrandecido y poblado los Estados Unidos, así hemos de engrandecernos nosotros”22 (A., 84).

El modelo tropológico traduce un modo de pensamiento: oposiciones didácticas, analogías contrastantes, ejemplos concretos, argumentaciones historicistas que siguen el método deductivo, aferran la especulación a la acción. Esta actividad interpretativa explicita la posición del enunciador: su lugar se construye en la convergencia de la verdad con el utilitarismo.

Los lugares atribuidos a los sujetos reproducen la situación de enseñanza-aprendizaje, situación en la que la desigualdad de saberes determina las jerarquías. El educador, dueño de experiencia y conocimiento, ocupa un lugar privilegiado respecto del otro término. Vuelve la sagrada trilogía —saber, poder, razón— para conectar el espacio de la polémica al espacio del aula. Cuando se distribuyen en el campo de la civilización, los tres elementos son intercambiables y equivalentes: el que sabe es racional y por ello, accede al saber; la racionalidad se intensifica con el saber y legitima el poder. En el espacio del otro, se rompe esta ligazón; allí el poder desgajado de la razón o del saber deviene ilegítimo. El maestro —o el sabio— hace los estatutos y reglamenta normas convalidadas por su carácter racional.

La expansión de la educación conduciría al afianzamiento de una sociedad racional. Esta idea central gobierna el proyecto de Argirópolis que busca su afirmación por la legitimidad (los conceptos legítimo, legal, derecho escrito, derecho natural forman una red). La fusión de dos legalidades que provienen de la razón y la naturaleza recapitulan las ideas de los filósofos de la Revolución Francesa que sostenían que la realización del orden natural de la sociedad era indisoluble del afianzamiento del orden político. Esta única tesis se dispersa en una lógica argumentativa que insiste tanto en la racionalidad del programa cuanto en la imagen del escritor como pensador y político.

La mecánica de legitimación dibuja los espacios de la voz del letrado. Ante todo, la pregunta por el origen y los límites de la autoridad remite al derecho natural: “derecho primitivo de los pueblos y de sus gobiernos que les permite hacer cesar lo que es provisorio” (A., 26). Si la ley positiva varía históricamente y no reconoce fundamentos legales previos a un acto de estado, la ley natural es anterior al derecho positivo. El derecho natural se sustenta en principios atemporales y universales inherentes al hombre por su misma condición. Bloch la define como una ley genuina que, pretendiendo la dignidad humana, pone en conexión la libertad con la razón.23 Sarmiento rastrea en esta fuente la herencia de los antecesores.

En el espacio de la voz que enuncia convergen otras voces antiguas. Como custodio de un legado, su voz está filtrada por vestigios históricos. A ellos se suma la transcripción de una voz general (“hay quienes creen”, “créese”) que se encuentra y se confunde con la voz del letrado.

Idéntico gesto cuando repliega su voz e inserta documentos históricos. Sarmiento apela a antecedentes locales para mostrar, como buen maestro y político, los desvíos contemporáneos; insiste en transcribir pactos federales y tratados firmados en épocas anteriores a Rosas o durante su mandato. La cita crea en Argirópolis el espacio común donde las particularidades de las voces desaparecen, el espacio de una voluntad única que homogeneiza las voces pasadas y presentes, las voces de las autoridades, del pueblo y del escritor.

Se trata de pactos, de recordar derechos escritos para proponer la reconciliación. Para construir el espacio del gran encuentro, se buscan huellas, se las interpreta desde el tiempo presente y se borran los signos de desunión tachándolos de anacrónicos. Pactos escritos y figuras que personifiquen el pacto: Dorrego como la figura puente, solución abortada por la culpa de un sujeto. El letrado, voz puente actual, necesita eliminar los espacios malditos, el unitario ya pasado y el rosista presente para que se abra el espacio alternativo de la reconciliación que es el espacio futuro de la lucha primero y de la paz después; el espacio de la guerra y también el de la utopía.

El discurso opera procesos constantes de desubjetivización y resubjetivización. El examen de ciertos factores externos a la sociedad propiamente dicha introduce el espacio de la mirada “objetiva”. Un tono descriptivo típico del discurso científico vertebra, contradiciendo su naturaleza, una escala de valoraciones que pulveriza por desplazamiento a un régimen y por oposición a una nacionalidad: “La República Argentina, por ejemplo, es un país despoblado desde el estrecho de Magallanes hasta más allá del Chaco. En el interior hay una población reducida en número, y nula en cuanto a capacidad industrial; porque no ha heredado de sus padres ni las artes mecánicas, ni las máquinas que las auxilian, ni el conocimiento de las ciencias que las dirigen y varían” (A., p90-91).

Condena oblicua, la escritura conjura el fantasma del interés personal al desarrollar una serie de enunciados “irrefutables” que reducen las matrices del atraso a la geografía o a la herencia. Escamotea provisoriamente al auténtico protagonista —Rosas—; pero da las claves para transgredir lo dicho. El atraso toma rostro humano en cuanto la lectura proyecta desvíos políticos hacia causas genéticas o topográficas.

A veces, lo abstracto fundamenta. Contracara de la versión científico-racional, ciertas concepciones articulan un eje de legitimación en torno al factor destino. Mistificación de una instancia suprema que bloquea, por su posición desterritorializada, todo cuestionamiento, la invocación a la providencia absuelve o sentencia y distorsiona posibles culpas: “No maldigamos de la Providencia que dispone y dirige los acontecimientos humanos. Deploremos nuestros propios extravíos, que han  concitado  contra  nosotros  tantos  intereses  y tantas  pasiones” (A., 35).

El discurso jurídico, el científico y el religioso van recortando los límites de la voz del utopista y clarifican su extraordinario poder de convocatoria. Porque la voz es un conglomerado de discursos cohesionados por la posición del dueño de esa voz. La voz busca de nuevo instancias incuestionables y entonces entra en ella la ciencia del siglo; la voz se apasiona esta vez con las estadísticas, detallando cantidades de inmigrantes y pesos de cargamentos. Los números no necesitan otras apoyaturas, ilustran por mera inserción el programa del letrado que completa con estos datos la voluntad de arraigar su palabra en distintos sectores de la realidad y del saber.

Si el siglo XIX entendía la ley como emanación racional originada en la autoridad competente y dirigida al bien común, Sarmiento sostendrá la misma postura respecto de la educación. La educación es condición de posibilidad para el posterior desarrollo económico y para la organización racional de la sociedad.

Lugar del sujeto en la utopía

Leer una época en una vida; mover dicotomías para arribar a la unicidad; deslindar dos significados en un mismo significante. Tres procedimientos —creación de héroes o antihéroes, pulverización de uno de los términos de las duplas, connotaciones distintas para una idea— articulan una práctica escrituraria que da respuesta a uno de los temas pilares del pensamiento decimonónico. La prosa despliega una teoría de las relaciones entre universales y particulares, o más bien, una teoría de las inflexiones particulares que adquieren los universales. Por eso Sarmiento desecha en Argirópolis la forma tradicional del relato de viajes, para cimentar una utopía en la que el ensayo se imbrica con el panfleto y el tono objetivo con la denostación. El discurso utópico y el discurso polémico se potencian porque a la transformación del orden real en el ámbito imaginario se suma el objetivo polémico de construir la figura del otro. La proliferación de discursos le permite un anclaje más directo con situaciones puntuales y le facilita la determinación de los roles individuales en la vida colectiva. Los dos contendientes que supone la polémica tienen nombre propio y funciones específicas.

Argirópolis parte de ciertas consignas político-culturales. Unión y federación, civilización o barbarie, paz o guerra demarcan territorios antagónicos, espacios de lucha o de encuentro entre voces. Comunican voz individual y voz mayoritaria o enfrentan las voces de héroes y antihéroes. Las dicotomías señalan los bordes, los márgenes de una interpretación. En la zona intermedia que dibuja esa jurisdicción está la masa de hechos históricos, determinaciones geográficas o costumbres que el letrado trenza en redes significativas. El escritor-historiador-científico —términos que condensan la imagen del intelectual dispersa en su producción— es sabio porque libera sentidos en el campo de lo fáctico, descifra la verdad en las mezclas caóticas. La verdad se aloja en los intersticios de los hechos desnudos que no muestran las conexiones subyacentes.

Para la lucha abierta, Sarmiento elige el tono ampuloso, los ataques virulentos, las injurias hiperbólicas. El guerrero es un ser apasionado que combate en el fragor de las palabras. Simultáneamente otra imagen se superpone: el educador describe virtudes, indica escollos y propone salidas en un tono didáctico.

El circuito así pergeñado esboza el espacio de la concertación entre el intelectual que capta y enuncia los intereses mayoritarios y el pueblo que reconoce en la voz del letrado su propia voz. En este contexto, la búsqueda culmina en una verdad consensuada.

Distintos ideologemas coexisten para persuadir de que ese yo reúne la voluntad colectiva. La opinión general, en cuanto fuente primera de razón, apuntala la palabra del enunciador. “Pueblo” es el concepto que sostiene la noción de civilización y se identifica con el pronombre “nosotros”. A la fracción contraria se le atribuye la heterogeneidad. Lo distinto es designado con el pronombre “ellos” y entonces la “doxa”, la opinión pública, se convierte en “vulgo”. Oposiciones en el sistema pronominal. Bifurcación lingüística del referente. Siempre una opción ideológica preside las divisiones.

La división está en el origen de la textualidad. El letrado socializa su pensamiento en un discurso cuyo modelo es tanto la tribuna pública como el recinto privado del intelectual. Sarmiento escribe desde ese modelo y en esa zona fronteriza. Conocedor de la materia con la que trabaja, incorpora en su estrategia argumentativa dicotomías irreconciliables. El discurso destinado a agitar a la comunidad de iguales enhebra enunciados denotativos que refieren al paradigma verdadero-falso, enunciados prescriptivos que operan con la antinomia justo-injusto y enunciados valorativos, armados sobre el par incorrupto-corrupto. El campo semántico construido con estas oposiciones es el territorio sobre el que se distribuyen las subjetividades.

¿Individualizar o socializar? La pretensión del sujeto es ubicarse por encima de las facciones; toma a cargo la obligación de decir y este mandato supone el “sacrificio” —recuerdo las citas evangélicas iniciales— de aquel que posee el poder del “logos” y el deber de difundir verdades ocultas. El sujeto adquiere dimensión hegemónica; es una suerte de Aleph que anuda significaciones sociales, étnicas, geográficas y económicas. Concebir la totalidad en el fragmento es signo de la mentalidad de la época; el historicismo romántico conjuga principios organicistas con las categorías, a menudo paradójicas, de evolución y determinismo. Para Sarmiento, la vida del héroe prefigura, a escala microscópica, estructuras macroscópicas. El plano personal seduce al letrado que borra en la escritura los movimientos de masas y prefiere encarnar lo social en individuos excepcionales.

¿Determinismo o libertad? Los personajes de Sarmiento son prisioneros de una estructura jerárquica y determinista. Sólo el anonimato permite la elección porque, cuando emergen, los individuos representativos son genéticamente bárbaros o civilizados. Reducido al epíteto, el sujeto encuentra en él la sentencia o la glorificación. Pero invariablemente el adjetivo construye la identidad: rescata al sujeto del anonimato para emplazarlo en el lugar del yo. La unicidad del referente garantiza el acuerdo social y asegura lugares literarios: Rosas desempeña siempre el papel de transgresor.

La demonización de la figura del caudillo es complementaria y opuesta al lugar que se da el enunciador: Sarmiento resulta el elegido por Dios en primera instancia y luego por el grupo. El comienzo de Argirópolis está enmarcado por el subtítulo y las notas al pie. La relación entre los elementos del marco testimonian la posición privilegiada del letrado. Mientras las notas abren al plano íntimo y polémico, el subtítulo remite a la organización del programa. El lugar secundario otorgado a lo personal se compensa con la autoridad de las citas y las analogías que anudan las imágenes de Cristo y del letrado. El escritor es casi un dios racional. Como alumno, Sarmiento aprende en los teóricos franceses doctrinas sociológicas e histórico-políticas; como político, despliega argumentos que interrogan sobre los límites del poder; como maestro-juez, dictamina violaciones o acatamientos a la ley.

El espacio contiguo al de la guerra es el del pacto. Las alianzas se celebran con amigos culturales para librar batalla. Dicho de otro modo, el espacio del pacto pone en primer plano la educación pero su fin es la guerra. En las argumentaciones, Francia encarna los intereses de la humanidad, las aspiraciones gregarias, la quintaesencia de la libertad y la cultura. Pero se la convoca para la guerra: “La dignidad de nación tan grande mezclada por accidente en cuestiones de chiquillos le impone el deber de dar una solución a la altura de su poder y de la situación que ocupa entre las naciones civilizadas” (A., 16).

Si Francia representa valores universales, cuando toca el turno a lo nacional, la escritura singulariza y detalla opciones políticas: “El gobernador de Entre Ríos ha sido unitario y es hoy sincero federal” (A., 17). Urquiza concilia lo mejor de cada esfera: civilización y militarismo. Su figura aparece construida sobre una doble metonimia: la relación de contigüidad respecto de una geografía lo pone en el centro de la utopía agraria; su apología modula, por desplazamiento, el panegírico del proyecto sarmientino. Educación, libertad de prensa y éxitos militares. Al elogiar los logros del entrerriano, Sarmiento amplía los alcances de su voz: la convocatoria desborda los límites de la provincia y aun de la nación. Las nuevas fronteras que delinea el proyecto abarcan tres países. El pacto entre la guerra y la cultura —entre Urquiza y Sarmiento— se fundamenta en el objetivo primero: la consolidación del estado legitima la lucha armada. El estado futuro se perfila en la desaparición de la violencia y la reconciliación del campo y la ciudad, los dos espacios utópicos que son también los espacios de la racionalidad.

Las consignas no sólo trazan contornos de rostros y nombres propios.24 En su pasaje a la literatura revelan la imposibilidad de las coexistencias. Su carácter provisorio deriva hacia la batalla ideológica final, que decreta un vencedor y un vencido. El texto que se había propuesto como solución pacífica se rectifica al instalar el orden como el reino del uno mientras que el número dos cifra el caos.

El universal englobante dentro del cual se acomodan las variaciones es la razón. Argirópolis busca la aplicación particular de un universal cuya presencia o ausencia trastrueca sentidos y legitima acciones: en el texto ley, razón y fuerza forman la base del estado futuro.

Primer movimiento: la escritura dictamina las bondades de la unicidad. Segundo movimiento: dos contenidos opuestos invaden un mismo vocablo. La unidad es dictadura cuando la esgrime la barbarie, o convergencia cuando la civilización la alberga. De manera similar, otros significantes se metamorfosean; poder y guerra, por ejemplo, se resemantizan de acuerdo con la opción política. El aspecto positivo del poder emerge en el campo propio con la acción conjunta de prensa y ejército; cuando se traslada al otro lado, el poder se metamorfosea en represión y asesinato. En esta zona, el poder es lo mismo que la guerra. El texto oculta esta relación para hacer surgir otra, la irracionalidad homologa guerra con crimen. El espacio de la denostación que cierra cada capítulo crece a medida que se amontonan los delitos del enemigo: este marco conforma el espacio contrario al espacio del subtítulo y las notas al pie. Es el recinto del otro.

Persistir en la oposición

En 1844, Sarmiento escribe: “No hay amalgama posible entre un pueblo salvaje y uno civilizado. Donde este ponga su pie, deliberada o indeliberadamente, el otro tiene que abandonar el terreno y la existencia; porque tarde o temprano ha de desaparecer de la superfie de la tierra (...)”.25 Los sujetos y las políticas y culturas que los caracterizan se definen por relaciones de analogía respecto de sus iguales y de oposición respecto de los otros. Sarmiento desarrolla su paradigma explicativo en el modo de la sinécdoque y trabaja con la metonimia: al destacar similitudes y distancias invoca a los aliados e identifica a los enemigos.

La genealogía del concepto de barbarie delata sus conexiones con la locura y la herejía. Esta terna que recogen ya las literaturas antigua y medieval es inversión especular de otra: civilización-salud-ortodoxia.26 Sarmiento hace un uso plural de esta noción que aparece en primera instancia como categoría socio-histórica, pero que se prolonga en otros contenidos de tipo político, cultural y económico.

El tratamiento de la dicotomía civilización-barbarie o su homónimo racional-irracional no es unívoco en la prosa del letrado. Si la racionalidad se mimetiza con el campo de la civilización, la idea de irracionalidad se distribuye en proposiciones más ambiguas. Cada término extrae su valor por oposición al otro: es lo que el otro no es. Las identidades contrarias se atraen y se repelen. Los procedimientos que atentan contra la intención explícita de unir asumen el modo de la exclusión.

Una escritura perforada por multiplicidades de axiomas y definiciones se considera autorizada y emite expresiones autoritarias. Sarmiento angosta sus estrategias autoritarias con una serialización de apoyaturas teóricas. Recurrir a hechos ontológicos, políticos, económicos, especulativo-pragmáticos hasta recalar en “principios sencillos” atenúa el exceso de dogmatismo, muestra la racionalidad del proyecto y, por consiguiente, su viabilidad.27

Una escritura atrapada en un tono imperativo irradia destellos proféticos,  otorga  al lenguaje un carácter performativo ya que retiene la capacidad de desencadenar acciones: “Llamaos los ESTADOS UNIDOS DE LA AMERICA DEL SUR” (A., 103). El porvenir está contenido en el mandato. La orden exhorta en dos orientaciones paralelas: como deber del pueblo y de los gobernantes para implementar los instrumentos de progreso y como arma de guerra contra el enemigo. Diseminadas, las proposiciones condicionales señalan los impedimentos. Para afirmar el poder de las ideas, la utopía sarmientina muta la posibilidad en mandato.

Si el enfrentamiento entre contrarios reclama la exclusión de uno de los términos, en la esfera de los iguales es posible la integración. La consigna política de unión y federación es también una consigna literaria que imbrica tonos, registros, voces y documentos. Cuando el escritor calla, una multiplicidad de testimonios hablan por él, ratificando y desdoblando su voz.

El principio de integración que liga los distintos materiales opera en el corazón de la voz del letrado, que amalgama tonos mezclando lo neutro con lo panfletario o lo profético con lo jurídico.28 Un modo peculiar de integración surge con el injerto de vocablos o enunciados en otro enunciado mayor. La irrupción del elemento extraño que quiebra la uniformidad del registro funciona como recurso desmitificador del enemigo y le permite estrechar las fronteras entre pasión y racionalidad.29

Porque la de Sarmiento es una escritura pasional, fundada racionalmente, el pensamiento utópico cuaja en una lógica que admite las alianzas entre iguales y desecha lo distinto. En el territorio así delimitado no hay pactos que traspasen fronteras; sólo la aniquilación de lo irracional por obra de lo racional. Sarmiento confía al dominio de la civilización la capacidad de disolver las heterogeneidades.

II. El espacio-tiempo del antimodelo: Las rupturas

A Alberdi: El concepto de contrarrevolución como guerra y restauración
en los artículos de El Nacional y la Revista del Plata
y en El crimen de la guerra

El exilio inaugura para Alberdi una postura de abierta oposición respecto del régimen rosista. Ya en Montevideo, el ataque frontal sustituye a las alabanzas que pretendían torcer decisiones. En la prensa oriental, Alberdi estrena un discurso político- programático que coexiste a partir de este momento con el discurso satírico que disecciona la vida cotidiana. Así como La Moda dirigía sus dardos contra la vida cultural y social porteñas, los artículos publicados entre 1838 y 1839 en El Nacional y la Revista del Plata suman, al análisis costumbrista, las inflexiones de una prosa exhortativa que llama a la rebelión, una escritura combativa donde resuena la literatura de 1810.

El acatamiento de la ley y las revoluciones intelectuales constituyen los ejes para cerrar los pactos que consoliden el estado. Incorporados a la vida humana como una segunda naturaleza, asegurarían el progreso. Puestos en el centro de la existencia colectiva engendrarían un porvenir venturoso. Según esta lógica racional evolucionista, todo acontecimiento que signifique apartarse de la línea histórica que arranca en Mayo es reaccionario.

Para Alberdi, el sistema rosista implica la vuelta a un tiempo superado. Restauración se opone a revolución. Entre una y otra caben proyectos irreconciliables. Restauración se convierte en sinónimo de contrarrevolución.

Como legislador, el sujeto de la escritura es una voz intérprete que tiene dos matices: a veces encarna la voz de la alianza; otras veces sostiene la voz de la ruptura. Las distintas posiciones originan diferentes tipos de discursos con funciones específicas. Así, el discurso utópico describe el futuro nacional mediante profecías; el discurso satírico desmitifica una serie de elementos sociales mientras el discurso jurídico delimita el campo conceptual de los programas. El apóstrofe, la polémica, la ironía, la exhortación y la definición son los modos enunciativos que adopta la prosa según los objetivos planteados en determinadas coyunturas.

Pero si los discursos cambian, la posición del sujeto de la escritura permanece invariable. Sin excepción, su espacio es el de la ley que se identifica con la verdad y la justicia. Tanto la ley como el sujeto que la hace audible participan del proceso de sacralización que conlleva igualar los conceptos. Y porque el encargado de decir la ley borra la voz personal para adoptar la de las instituciones, el anonimato y la generalidad deviene la máxima autoridad en la medida en que el acto de hablar en representación de las instituciones y de los universales que las fundamentan implica colocarse en el lugar de la infalibilidad. En la superficie de la seriedad de una retórica ampulosa o en el tono jocoso de la travesura satírica asoma siempre una postura encargada de descorrer velos.

El espacio de la voz subjetiva así diseñado adquiere las dimensiones de lo intangible y sobre todo de lo inapelable. Su palabra y la ley tienen el mismo estatuto. Pero en coyunturas de guerra, la aspiración a la trascendencia no está exenta de objetivos políticos. Los artículos que Alberdi produce en Montevideo son violentamente programáticos, repletos de aspiraciones universalistas o se meten con placer cáustico en aspectos mezquinos de la cotidianeidad. En todo caso, la función política aparece en primer plano. Desde la otra orilla, Alberdi, desengañado de la posibilidad de llegar a influir en el gobierno, usa la prensa como acción de combate.

La función política construye el discurso sobre una disputa entre el locutor y el destinatario en torno a alguna idea o problema. La matriz de los artículos se halla en la relación que mantienen el legislador y el caudillo respecto del pueblo. Dicho de otro modo, las tareas asignadas a los líderes esbozan algunos perfiles comunes y una zona de diferenciación. Ambos guían al pueblo; pero mientras uno conduce hacia valores supremos, el otro trabaja por ambiciones personales. Si el legislador hace la revolución de las ideas, el caudillo realiza la guerra de las armas. Pero los dos desaparecen de la escena de los acontecimientos no bien han terminado su labor: cuando el pueblo toma posesión de la libertad y de la paz, los roles dejan de tener sentido.30

El concepto de pueblo pesa en la producción alberdiana al punto de determinar los tipos de discursos. Al distinguir la noción de pueblo-héroe de la de pueblo-prejuicio se originan dos modos discursivos: mientras uno se aproxima a la epopeya, el otro resbala hacia la sátira costumbrista.

La vertiente épica presenta un héroe colectivo, el pueblo, conformado por hermanos que acuden en defensa de la voz convocante de la madre patria y siguen las huellas de los padres de Mayo:

15. Hijos de la generación de Mayo: cortad la pluma, bruñid la espada, y preparaos, que las jornadas de nuestros padres van a comenzar.

16. La cuestión es de Mayo, y no de Diciembre, y no de Abril. Hombres de Abril y Diciembre, nosotros todos somos hermanos nacidos del mismo sol. Un día en la noche de las pasiones, nos hemos podido desgarrar sin conocernos. Pero a la luz del día de la libertad que va a amanecer, vamos a reconocernos hermanos y darnos un abrazo inmortal. (“Profecías”)

Esta anécdota mínima permite la clasificación de la sociedad en patriotas y antipatriotas. Significa también un desvanecimiento de lo puntual y la creación de un tiempo universal y evanescente. Para arraigar la imagen del pueblo-héroe se requiere un viaje temporal hacia atrás. Este pasado al que se apela como baluarte fusiona otros pasados: la modernidad establece coincidencias con las edades media y antigua. El pasado reciente aporta las ideas; el medioevo, el espíritu religioso y los tiempos antiguos, el valor y el sacrificio. En otras palabras, la mezcla precisa de intelecto, fe y coraje; tal el héroe colectivo que lleva a la práctica el discurso del legislador. Ese texto que interpreta el pueblo se escribe en letras mayúsculas. Humanidad, Progreso, Libertad, Propiedad configuran los núcleos discursivos que aglutinan a todos los sectores y conforman a todos los intereses.31

El exilio desencadena en Alberdi una verdadera pasión por las visiones escatológicas que predicen la catástrofe final no sólo del régimen rosista sino también de cualquier tipo de opresión en medio de una naturaleza apocalítica, para arribar por último al calmo reino de la justicia. Los contrastes caracterizan las épocas; negro sobre blanco la entrada en el siglo XIX hace desaparecer las contradicciones; en “De la armonía de los elementos sociales” resplandece la doctrina sainsimoniana de la concordia: “Pasaron esos días: hoy no se encuentra un elemento solo de los que constituyen la sociabilidad que no se agite por avanzar al fin a que deban llegar los hombres. Las ciencias y las artes, las costumbres y la política, destinadas por tanto tiempo a vivir solas y aisladas entre sí, se han dado una mano de amistad y jurado no abandonarse en la cruzada de la regeneración humana (...)”.

En los momentos de crisis, la noción de patria se convierte en una significación social medular que instituye modos de subjetividad e interpela a los sentimientos y las voluntades para lograr lazos de solidaridad o fomentar la desobediencia al orden político existente; en cualquier caso su uso distingue el grupo de amigos de los enemigos.32 El poder manipula los imaginarios sociales, esos magmas de sentidos organizadores de mundos. La patria como familia; la patria como voz reconocida sólo por los buenos hijos: dos versiones de un imaginario social a la vez sólido y ambiguo del que se han servido regímenes de signos ideológicos dispares. Lo indudable es que se apela a él cuando hay que librar una lucha.

Conocedor de su fuerza, Alberdi define los sentidos en un artículo que titula “Patria”. Contra la pequeñez del espacio patrio reducido a un pedazo de suelo, el texto universaliza el concepto: “Y para los espíritus vastos y serios que saben no estacionarse en el círculo estrecho de la nación, para los Rousseau, los Fénelon (...) la patria es la humanidad: el pueblo es el género humano”.

En los artículos programáticos, la definición y la profecía —inflexiones de un discurso axiomático—, trenzadas con una cadena de lugares comunes, se reparten el anhelo de universalización. El léxico, los tonos, las imágenes, las argumentaciones, hasta la inclusión de ciertos sintagmas reafirman la creencia en una lengua totalizadora que abrace las diferencias haciéndolas desaparecer. El legislador elige una voz anónima y culta que superpone los códigos de la religión y de la guerra para convocar a la pelea, una voz apasionada por el objeto que se dirige a la comunidad con saberes y consignas compartidas.

Definir y profetizar: he aquí dos operaciones lingüísticas que proliferan en los tiempos difíciles. Es probable que cualquier situación de crisis exija aclarar las significaciones sociales, los conceptos harto sabidos, volverlos primigenios, restaurar su pureza pasada para interpretar con ellos el presente. Sobre esta operación de fijación de los sentidos se hace la profecía. Así la enunciación asegura la continuidad histórica al trazar una línea de prolongación entre pasado, presente y futuro.

En el exilio, La Lira Argentina ofrece al letrado la lengua eficaz para llamar a la rebelión. Alberdi toma ciertos tópicos y desecha otros: glorifica la liberación por medios violentos, resucita la participación de un héroe colectivo en el surgimiento de la patria, afirma los ideales de libertad y de unión, insiste en alinear la sociedad en mitades opuestas. Pero la actualización de los viejos ideales implica también diferencias donde se leen los nuevos tiempos; desaparecen de la prosa los líderes guerreros, se difumina el sentido panamericanista de las composiciones revolucionarias, se borra el orgullo por los antepasados indios, se suaviza la importancia del territorio en la definición de la patria.

El discurso se preocupa entonces por limpiar de particularidades la herencia. La reforma lleva la impronta de lo universal y de lo cotidiano. Pensar la patria en ese momento del siglo implica interiorizarla, convertirla en objeto de sentimientos individuales y extender sus territorios hacia otros ámbitos fuera del campo de batalla, como son los espacios urbanos, burgueses o privados. Un solo espacio textual alberga los distintos tiempos:

46. Y la cara del acreedor no turbará el sueño del comerciante que ama su crédito.

47. Y los brazos del soldado que ha arrancado los pendones que pesan sobre las bóvedas de los templos públicos, no se tenderán bajamente para usurpar el derecho vergonzoso de los pordioseros (...).

49. Vírgenes del Plata: ungid vuestros cabellos, perfumad vuestras ropas (...). Preparad guirnaldas, las cabezas son muchas y bellas; asead los altares de la patria y del himeneo; atizad el fuego que en ambos arde: disponed inciensos que los tiempos vienen (...).

50. Suavizad vuestras gargantas para cantar, si es que vuestros altares etéreos pueden hacerse oír cuando el pueblo haya cantado sobre el campo de la victoria:

Oíd mortales el grito sagrado
Libertad, libertad, libertad. (“Profecías”)

Alberdi coincide provisoriamente con Sarmiento al concebir la guerra como medio de hacer realidad la utopía de la modernización. Los artículos montevideanos despliegan fases sucesivas del programa letrado. Finalizada la batalla, el trabajo y la industria pasan a primer plano. La regeneración no añora lo viejo; lo actualiza para la unificación. El texto “¿Unidad o Federación?” atempera el tono apocalíptico de la profecía, esbozando el sistema que las Bases detallarán de manera orgánica. La propuesta supera la antinomia unión-federación no bien apela a la identificación del pueblo con el patriota, mancomunados por la lucha. En épocas posteriores patria y pueblo serán las consignas de un nacionalismo fundamentalista. En tiempos de Alberdi, la fórmula sirve a la utopía de la conciliación. La superación de los términos se hace imprescindible para traspasar las fronteras de la patria-nación e insertarse en la patria-universal. “Sorpresa” presentiza ese futuro venturoso. Un sujeto proveniente de Buenos Aires llega a Montevideo con la noticia de que Rosas ha sido derrotado por un levantamiento popular. La Confederación ha logrado la paz:

_ ¿Y los federales no eran maldecidos?

_ Nada: a uno que gritó “mueran los federales”, todo el mundo le dio la espalda y el desprecio. Ni el nombre se oyó de federales ni unitarios.

_ Entonces, ¿quiénes han sido los vencedores?

_ Todos: el pueblo: los patriotas todos: los porteños contra un solo tirano.

En el momento en que los exiliados deciden volver al país, el viajero confiesa que se ha adelantado a los acontecimientos e insiste en la profecía:

_ (...) Sepan, pues, Uds., que lo que he dicho que ha sucedido ya, va a suceder dentro de poco; y Uds. pueden anunciarlo a todos los amigos de la libertad.

Los artículos políticos de vida cotidiana introducen el concepto de pueblo-prejuicio. La posición del sujeto de la escritura determina un cambio abrupto en el tono y en la problemática. Una ironía permanente corroe los sentidos de ciertos enunciados sociales inscriptos en la comunidad y acaba por invertirlos.

Burlones y críticos, los textos quiebran la forma monológica del discurso y ceden al diálogo. Hay siempre dos voces que dirimen posiciones: una interroga y aprende, la otra enseña muchas veces por reducción al absurdo. La presencia de dos voces representa también el enfrentamiento ideológico de dos generaciones: mientras una voz expresa lo viejo, la otra recoge lo nuevo y cuestiona la palabra de los mayores usando el procedimiento de la ironía.

Pero la confrontación tiene dos signos: los textos diferencian entre lo caduco a eliminar y la tradición progresista, tesoro digno de ser conservado e imitado. En este sentido, “La generación presente a la faz de la generación pasada” (El Iniciador, 1 de setiembre de 1838) se opone a “Los escritores nuevos y los escritores viejos” (La Moda, 21 de abril de 1838) y marca el rumbo a seguir: en lo que concierne a actitudes heroicas, el ejemplo es el guerrero de la independencia; con respecto a las ideas, Francia provee el patrón.

Las herencias predilectas construyen el lugar del letrado y hace derivar su nombre de dos ramas genealógicas: como “hijo de la patria” sostiene las leyes universales; como “hijo de Fígaro” enuncia las transgresiones y las excepciones a esas leyes.33 El binarismo sirve a fines didácticos y políticos: desde el momento en que sólo un término se postula verdadero, la escritura subraya dos herencias: una positiva y otra negativa, argumentando por contrastes. Los textos responden unos a otros, discutiendo varios aspectos cruciales para la cuestión de la identidad nacional: costumbres, sentidos de algunos conceptos —patria, libertad, modernidad, pueblo—, genealogías y tradiciones, proyectos y acciones.

La burla descoloca al interlocutor al dejarlo sin respuesta racional posible. A una burla sólo puede contestarle otra; por eso el uso que hace Alberdi de ella se revela instrumento de acción política en cuanto sutura o acentúa las divisiones nacionales que concentran las significaciones imaginarias sociales. Guiada por un objetivo de esclarecimiento, la textualidad satírica utiliza el código de los lugares comunes tanto para descongelar sentidos como para desnaturalizar todo intento de apropiación exclusiva por parte del sector contrario.

Un personaje —a menudo Fígaro— opera como desmitificador de creencias. El discurso satírico complementa al discurso utópico: si uno recoge y cuestiona un sistema de creencias arraigadas en el seno de la sociedad, el otro implanta las verdades que deben reemplazar a las creencias:

¿Y qué quiere decir anchorénico?

“Anchorénico” es un adjetivo compuesto de las palabras “ancho” y “freno”, eliminada la F inicial de la última. Y quiere decir freno ancho, freno para todos, para los blancos, para los “Unitarios” y los “Federales”, para los provincianos y los porteños, para los criollos y los extranjeros, por último.

¿Y en qué se funda ese derecho frenético, del freno universal, como si todos fuesen animales de freno?

Tiene dos fundamentos: uno tradicional, consuetudinario; otro filosófico, muy filosófico. El primero viene de la costumbre de enfrenar caballos (...) El segundo fundamento de derecho “anchorénico” es un axioma famoso (...) Un nuevo Locke argentino acaba de fundar el nuevo derecho internacional sobre un axioma del derecho civil de los romanos. (“Figarillo de centinela”)

Años más tarde, en la década del 70, lo que era sospecha se le torna certidumbre: Alberdi sostiene que en América del Sur la guerra, lejos de ser solución coyuntural, es un mal estructural. En el ensayo pacifista El crimen de la guerra intenta una vuelta completa en torno a los derechos fundamentales de los pueblos, colocando como centro de la reflexión una idea ancha de patria. El exterminio del Paraguay por la Triple Alianza provoca en el pensamiento alberdiano una reformulación de la identidad entre los campos de lo legal, de lo verdadero y de lo justo que aparecía en las Bases. Porque la empiria le demuestra que la esfera de la legalidad está escindida de la de la justicia, establece la prioridad del derecho respecto de la ley.

El gobierno argentino había justificado la declaración de guerra por el derecho a la defensa. Alberdi desnuda el pretexto cuando plantea la cuestión en el terreno de la filosofía jurídica. En la disputa por el sentido de la palabra “guerra”, el letrado busca la determinación, invirtiendo la opinión enemiga; resulta común en su prosa la estrategia de trasformar un término en su opuesto mediante una cadena de asociaciones: así, la guerra no es un derecho sino un crimen.

En el camino hacia la univocidad, la escritura elabora una teoría de la racionalidad discursiva, con la asignación de contenidos a los conceptos de patria, guerra, crimen y libertad mientras que la imagen de un sujeto enunciador patriota irrumpe para legitimar el acto verbal. En el principio y en el final, la primera persona reclama validez para su palabra por experiencia, vocación y saber. El medio marco que limita el texto delinea el lugar del sujeto: “Si no escribo en la mejor lengua, escribo en la que hablan cuarenta millones de hombres montados en guerra por su temperamento y por su historia. Pertenezco al suelo abusivo de la guerra, que es la América del Sud, donde la necesidad de hombres es tan grande como la desesperación de ellos por los horrores de la guerra inacabable”34 (C.G., 1).

La posición de locución está determinada por dos de los elementos —la lengua y el suelo— que integran la idea de nación aunque ésta se amplíe hasta englobar a la totalidad de América Latina. La pertenencia a un suelo, la ubicación en un espacio concreto evoca el viejo sueño que homologaba progreso a población: si la paz necesita hombres para la industria, también la guerra precisa vidas para consumir. En este sentido, la guerra, al igual que las persecuciones, adquiere las dimensiones de una contrarrevolución. La argumentación detecta y denuncia los avances del autoritarismo: el espionaje, la intriga, el soborno, la guerra de policía son modos de aniquilación más o menos encubiertos.

Entre las soluciones posibles, la razón discursiva se inclina por el comercio y la neutralidad, prácticas que desembocarán en la concordia universal definitiva. Alberdi exhibe actitudes optimistas, esboza otra vez el “principio esperanza” en la medida en que reflota la idea de un pueblo-mundo custodiado por fuerzas de paz y unido por los postulados liberales.

En este resurgir utópico, el modelo humano preferido es el pensador Moreno, en oposición al soldado San Martín. Pero con el modelo económico se cuela la metáfora biológica de la dependencia: “A cada órgano su función y su labor especial, es decir, su esfera, su papel, su dominio y jurisdicción en el organismo; a todos su dependencia mutua por el cambio y para el cambio de lo que cada uno elabora, por lo que cada uno necesita para vivir. Este es el modelo de toda organización individual, o social, o internacional” (C.G., 56). Uno de los mayores riesgos de creer que existe un orden inscripto en la naturaleza de las cosas que determina la fragmentación de la vida es la posibilidad de convertir la creencia en instrumento de dominio.

El crimen de la guerra termina con el cambio de lo universal en lo particular; hacia el final aparecen el suelo natal y los personajes políticos del Río de la Plata. El sujeto de la enunciación acusado de traidor ejerce fugazmente el derecho a la defensa; la vuelta al plano colectivo diluye lo que puede entenderse como interés personal: “(...) el autor de estas líneas es acusado de traición por el gobierno de su país, por los escritos en que se ha condenado esa guerra (...)” (C.G., 69).

El gesto máximo de universalización es un mandato utópico. A la pregunta por la paz, el escritor responde con el “deber ser” para cerrar con una sentencia que involucra al hombre, pura esencia descarnada: “Si es gloria vencer al extranjero por la espada, mayor lo es vencerlo por el talento, porque lo primero es común a las bestias, lo segundo es peculiar del hombre” (C.G., 71).

El discurso jurídico con su sistematicidad y su coherencia recorta estos momentos utópicos que alcanzan un estatuto moral contra la historia del exterminio. Al elegir el discurso jurídico, el texto asegura su eficacia puesto que contiene la designación del sujeto capaz de producir normas o verdades. El discurso se pretende antisubjetivo e institucionalizado, manifestación neta del sentido común en su doble acepción de comunitario y racional. En el caso de El crimen de la guerra la institución que valida es el derecho natural.

B. Las instituciones y la guerra en las biografías de
la barbarie de Sarmiento

Contra la peste que es mezcla, la disciplina
hace valer su poder que es análisis
.

—M. Foucault

Una investigación

Desde el exterior, Sarmiento ejerce el oficio de escribir para proponer un modelo cultural que sea el sustrato de la comunidad política. Trenza conexiones y diferencias entre culturas, transita geografías, relaciona esferas, interpreta historias y zurce, finalmente, los retazos. Así, da origen a un modelo configurado en torno a la suma de los elementos significativos encontrados.

Cada texto diseña uno o varios pedazos de un mundo en que se perfila la identidad nacional. Cada texto interroga, de alguna manera, esta problemática que se plantea bajo la forma de un enigma: ¿cómo y dónde descubrir las pistas que conduzcan a construir la identidad?

La escritura, máquina de desciframiento, se aboca sin cesar a detectar las huellas dispersas, las conecta en su espacio y repone las carencias del afuera. Hace legibles los detalles en que reparan unos pocos: ordena, interpreta y llena baches de información.

La identidad nacional se delinea en el camino gradual hacia ese modelo cultural futuro. Para llegar a él, se torna imprescindible superar etapas o, lo que es lo mismo, eliminar el orden de los particulares que caracterizan al contrario. De esto se ocupan las biografías de caudillos: Facundo o civilización y barbarie, El general fray Felix Aldao y El Chacho. Ultimo caudillo de la montonera de los Llanos.

El género pone en escena cómo se construye la identidad del otro en las relaciones entre lo individual y ciertas instancias colectivas. Los sujetos que optan por la aceptación o el rechazo de la legalidad institucional eligen en el mismo acto su devenir como miembros de una comunidad.

Para despejar el enigma de la identidad, el narrador parte de una serie de oposiciones binarias —los textos enfrentan razón y sinrazón, ley positiva a ley consuetudinaria, pensamiento a cuerpo y corrección lingüística a adulteración del lenguaje— que, en rigor, confeccionan un sistema de juicios morales y señalan el origen de las divisiones. Sin embargo, las dicotomías afectan sólo a las acciones o características subjetivas que involucran consecuencias políticas; hay, en efecto, otros espacios “liberados” donde proliferan las variaciones y las contradicciones.

El relato de una vida coincide con el relevamiento histórico de un período y la degradación individual contiene la decadencia de formas sociales anacrónicas. La biografía narra la historia nacional, actualizando permanentemente el recurso de la sinécdoque: Quiroga, Aldao y Peñaloza anudan las épocas de apogeo y declinación de las montoneras.

Cuando Sarmiento escribe las biografías, su posición, de una manera u otra, es la de un excluido del sistema ya sea por el endurecimiento del régimen federal, ya por el creciente desentendimiento con Mitre.35 Así, la relación conflictiva entre sujetos e instituciones, que Sarmiento coloca del lado del mundo del otro, remite también a la relación personal; respecto de las instituciones, el exiliado es siempre un marginal. Se trata, en última instancia, de una defensa. Ponerse a resguardo de las acusaciones federales o clarificar su intervención en la muerte del caudillo riojano. En cualquier caso, el exiliado es el ilegal para los otros. La biografía de la barbarie cuestiona el sistema del otro —lengua, cultura, costumbres, leyes, formas políticas— para convertir la legalidad que pertenece al otro en ilegalidad.

Si al exiliado le falta la patria, el otro carece de razón. El par razón-sin razón se multiplica y extiende tramando una red de homologías destinadas a cambiar el estatuto jurídico del otro. Las cuestiones políticas se deslizan hacia el plano de la ética. El atributo bárbaro se prolonga en una cantidad de conceptos análogos: anormal, violento, confuso, desobediente, bajo, irracional, inútil, fanático, anárquico, individualista, primitivo y malo.

La homología juega un papel de nivelación y confusión de planos, mezcla valores disímiles y preserva veladamente la función combativa de la escritura. Penetra por entero a la sociedad, poniendo en contacto lo privado con lo público, y además le ofrece al narrador su coartada: la biografía de la barbarie se presenta como la investigación y reconstrucción de un crimen.

El momento del acto delictivo se encuentra en la deserción o en la desobediencia a ciertas instituciones. Se sabe, la transgresión a las normas institucionales convierte en marginales a los individuos. El ilegal no sólo se coloca fuera de la sociedad; porta también el estigma de la criminalidad. Entonces, el verdadero excluido, que es el exiliado, les arroja el anatema a los adversarios, con lo cual pasa de “reo” a “juez”.

En su afán por imponer una óptica moral, la biografía realiza una investigación pormenorizada de la zona enemiga: deslinda jurisdicciones; marca límites entre componentes redimibles y condenables; separa y califica las acciones; individualiza y jerarquiza a los sujetos.

Toda biografía pone en marcha una investigación. El seguimiento detallado de las etapas de una vida se orienta a la dilucidación final, instante en que los fragmentos se unen para completar el sentido. Para Sarmiento, las pistas están diseminadas en los dos elementos que definen a la barbarie: el cuerpo y la lengua.

La interpretación de ambos elementos constituyen la coartada: develar el enigma permite restituir el orden perturbado, decidiendo la forma del opositor por defecto o por exceso: a la falta de racionalidad se suma un excedente pasional. La actividad interpretativa le arranca al otro su cultura. El despojo distorsiona los valores originales de la cultura diferente; el otro asume así el modo de lo deforme al tiempo que la cultura propia exhibe una conformación adecuada.

Las pistas que guían al narrador hasta el acto criminal muestran la enormidad del delito; en la versión sarmientina, el crimen resulta doblemente monstruoso porque en lugar de un cadáver y un móvil, tendremos el cuerpo social asesinado y la gratuidad del acto, lo que lo vuelve aún más irracional.

Sarmiento se convierte en Calíbar. La figura del rastreador tiene mucho de detective: “Se llama enseguida al rastreador que ve el rastro, y lo sigue sin mirar sino de tarde el suelo, como si sus ojos vieran de relieve esta pisada que para otro es imperceptible” (F., 40). La escena que lo tiene por protagonista ofrece el microrrelato que expandirán las biografías. Aunque imperceptibles, las huellas permiten al ojo avisado reconstruir la historia entera. El perseguido es siempre un reo y el perseguidor, un justiciero que trata de llegar al origen del delito.

Cada relato se genera a partir de un falso enigma. La investigación no se desarrolla linealmente; por el contrario, gira en círculo puesto que las pistas conducen a la develación de algo conocido de antemano: el caudillo es el criminal. La investigación avanza en una dirección única. Si la premisa del acatamiento a las instituciones preexiste, la biografía de la barbarie desplegará una serie de cláusulas de legitimación o ilegitimidad que pondrán en evidencia cuáles son los instrumentos aptos para someter al enemigo.

En Sarmiento el plano de la fundamentación abstracta se cruza permanentemente con un trabajo concreto que ejemplifica las bases teóricas. La biografía se apoya en una concepción del mundo que opera con el par orden versus caos. Esta concepción ancla en un centro que examina las relaciones jurídicas entre las instituciones y los sujetos. La única manera de minar el dominio de las leyes del otro y reivindicar la legalidad propia es negar los fundamentos de esas leyes. La legalidad del poder proviene del mandato del pueblo o de un mandato moral que revierte en reclamo o apelación al derecho natural. Este no deriva de la voluntad de la mayoría, sino de una instancia superior. Sin necesidad de acudir a la ratificación de la comunidad, Sarmiento demostrará en la biografía que tiene a su favor el derecho y las leyes naturales.

Desde su lugar marginal, acusará a los adversarios de apartarse de estas leyes escritas en la naturaleza. La infracción a un orden determinado se iguala con el delito de subversión social. Los textos manifiestan la ilegalidad del sistema del otro, transformando a los enemigos políticos en delincuentes.

Sarmiento cumplió al pie de la letra la orden del gobierno nacional que le pedía quitar el carácter de guerra civil al accionar de las montoneras.36 En la realidad, la tarea culminó con la ejecución brutal de Peñaloza, degradado de su rango y ajusticiado como un bandido. En la literatura, amplió esa imagen al convertir la historia de ciertas formas socio-políticas en la historia de un sistema delictivo.

La biografía aplica una lógica sintética que descubre en el sujeto una cantidad de categorías (políticas, sociales, económicas, jurídicas, psicológicas, históricas y morales). Su eficacia consiste en puntualizar que de ellas, la única redimible es el rasgo caracterológico de la violencia.

La barbarie es un cuerpo guerrero y un lenguaje confuso. Pero si algunos cuerpos pueden ser neutralizados y, por consiguiente, incorporados al campo propio, otros deben ser eliminados y el lenguaje del otro, sin excepción, rectificado y aniquilado.

Si nos detenemos en lo mínimo, en lo que está aludido, elidido o dicho al pasar, daremos cuenta de una constante en la producción sarmientina: el espacio textual está en relación inversa a la importancia otorgada a un elemento específico. En la biografía, las reflexiones acerca del lenguaje del oponente son relativamente breves. La brevedad está acompañada por la descalificación. Creo que la impugnación del lenguaje enemigo proviene del hecho de que ese lenguaje retoma y duplica los universales expresados por la lengua propia. Porque ambos discursos resultan paralelos e idénticos, es posible leer en las acusaciones mutuas una lucha por el dominio de los universales.

Pero la autonomía política y la unidad lingüística tienden a nivelar los poderes en pugna. Por eso, contra la autonomía y la unidad que amenazan con instaurar la igualdad de los términos antagónicos, la biografía de la barbarie levantará la subordinación, la división y las diferencias.

“¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!” (F., 5). El objetivo primario de desentrañar la historia nacional se alarga en otras historias. Los tres textos confeccionan un sistema correctivo que usa como soportes a las instituciones y a la lengua para rectificar el cuerpo y la lengua del otro. Los tres reconstruyen una historia de transgresiones; la investigación permite develar el origen de las desviaciones y enderezarlas.

Creo que todas estas pequeñas historias son, finalmente, variantes de una historia mayor que recorre la producción de Sarmiento. Me refiero a la historia de un orden cuya función es situar y sitiar al adversario.

Subordinación a las instituciones

El acto de transgresión precipita al sujeto en la carrera criminal. Facundo deserta del regimiento de Arribeños; Aldao se separa del Ejército de los Andes; el Chacho se alza contra el gobierno nacional. Aunque Sarmiento se muestra siempre preocupado por establecer las causas, las esquiva en esta ocasión. Si para Aldao la causa es exterior —el ejército se disuelve dejando “huérfano” al personaje— y Facundo se desgaja movido por su idiosincrasia rebelde, la desobediencia del Chacho queda sin justificación: “(...) por motivos y con objetos que el mismo no sabría explicarse, se lanzó sobre Tucumán (...)”37 (Ch., 308).

Sarmiento reflota en la biografía el viejo conflicto político de la autonomía y de la dependencia; se revela partidario de un unitarismo a ultranza; el caudillo debe subordinarse o desaparecer. Inversamente a su contemporáneo Alberdi que preconiza el cambio de las costumbres como paso previo y necesario al cambio institucional, Sarmiento enfatiza la efectividad de una autoridad coercitiva que imponga la ley desde arriba y desde afuera.

¿Cuál es la opción discursiva para resolver el problema político? Primero, poner en el enemigo todo lo que se considera irracional. Luego, explicar las vías de canalización de las energías del otro para que resulten aprovechables. La biografía maneja un concepto de uso de las fuerzas útiles del adversario; postula que lo irracional no es bueno o malo en sí mismo; existe, más bien como dato empírico. Pero —he aquí el tercer paso— la descalificación moral surge no bien hay una elección política. El juicio moral negativo deriva directamente de esta opción. El momento de deserción respecto del sistema propio parte en dos la vida y el relato.

La noción de uso rige también en la postura del enunciador en la medida en que utiliza argumentos éticos para discutir problemas políticos. A la imagen del narrador-rastreador se agrega la del narrador-juez. Pero un juez sumamente parcial, puesto que el mismo acto arrastra el elogio para unos y la denostación para otros. No es cuestión de objetividad sino de posición subjetiva: matar dentro o fuera de las instituciones.

Las instituciones fiscalizan las fuerzas individuales. El gaucho es educado dentro de los límites institucionales; dentro de ese marco es posible una línea evolutiva. Dicho de otro modo, la única vía de progreso para el sujeto gaucho reside en el acatamiento. La educación de los niños y la de los gauchos se sustenta en el mismo principio de obediencia ciega. Su instrumentación permite anular las fuerzas improductivas y aprovechar las fuerzas útiles.

La utilidad nace del acuerdo con las normas institucionales. Por eso la biografía sigue paso a paso los usos que hacen los caudillos de esas fuerzas. Lejos de homogeneizar, dictamina en cada momento qué es útil o inútil. La utilidad política de los atributos del otro los moraliza mientras que reserva un carácter negativo para las mismas propiedades que caen fuera de la jurisdicción institucional.

El narrador que recorre las huellas —el cuerpo del delito— ve en ellas el plan del contrario. Controla no sólo sus movimientos, estudia también sus intenciones ocultas y la posible o imposible evolución del sujeto biográfico. El sujeto gaucho adquiere legalidad olvidando su identidad, adoptando una cultura prestada. Para obtener la ley es necesario dejar de pertenecer a un mundo, salirse de un orden para penetrar en otro. Las instituciones juegan al papel de mediadoras. La biografía despliega las condiciones de ingreso al mundo ajeno; presupone la subordinación total a las leyes que dominan en este mundo. El principio de subordinación constriñe cada componente del mundo textual: lengua, cuerpos, instituciones.

Sarmiento otorga a los caudillos algunas virtudes y un sinfín de bajezas; pero los rasgos positivos —coraje, don de mando, liderazgo natural— se oscurecen en el instante de la transgresión. Este exceso anómalo que interrumpe y perturba el orden de las cosas puede ser encauzado por dos instituciones: ejército y familia. Una institución pública y otra privada para vigilar la vida entera del caudillo: “Facundo, moralizado por la disciplina y ennoblecido por la sublimidad del objeto de lucha, habría vuelto un día del Perú, Chile o Bolivia, uno de los generales de la República Argentina, como tantos otros valientes gauchos que principiaron su carrera desde el humilde puesto de soldado” (F., 73).

El ejército para Facundo; el ejército y la familia para dominar a Aldao. Ambos contienen en su sistema disciplinario la posibilidad de que el “gaucho valiente” sofoque al caudillo. El instrumento de readaptación serán las tácticas disciplinarias ejercidas sobre el cuerpo. Pero Sarmiento irá más lejos: si compete a determinadas instituciones ceñir las fronteras de las acciones, otras se ocuparán de lo verbal; la lengua propia institucionalizada precisará el lugar secundario del lenguaje enemigo.

El interés que muestran los regímenes políticos por la familia —aun cuando postulen modelos distintos— revela el rol que se le da como dispositivo neutralizador de gérmenes de rebelión. En esta esfera, los valores íntimos se compatibilizan con las normas sociales externas. Una incorporación adecuada de las exigencias sociales al centro familiar desvanece la heterogeneidad que afecta a las normas que provienen de afuera. La familia refuncionaliza las imposiciones sociales transformándolas y resulta así un espacio donde se condensan la totalidad de las relaciones entre el estado y la sociedad.38

Sarmiento insiste a menudo en la correlación existente entre la organización doméstica y la organización del país: “La sociedad ha desaparecido completamente; queda sólo la familia feudal aislada, reconcentrada; y no habiendo sociedad reunida, toda clase de gobierno se hace imposible; la municipalidad no existe, la policía no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios de alcanzar a los delincuentes” (F., 29).

Lo que sirve para el desarrollo de la sociedad puede aprovecharse en beneficio del aumento de la autoridad estatal. Por este motivo, a pesar de los cambios y las variables históricas, en el espacio familiar surgen de manera permanente técnicas de control. La mirada atenta de cada uno de los miembros sobre los restantes establece un sistema de normas que se autorregula y que dispone la rápida intervención ante la posibilidad de cualquier desvío.

En esta línea, la misión primera de la familia resulta ser la educación de individuos “morales” y “honorables”. Esta tarea es concomitante con la otra que le encarga solapadamente el estado: el individuo moralizado es además —o ante todo— un individuo normalizado, un sujeto útil para la sociedad. Así, en el seno de la familia los principios socializantes se sobreimprimen a determinados imperativos económicos y políticos. El sujeto adaptado o integrado es aquel que renuncia a los deseos de autonomía en favor del acatamiento a un orden que lo precede y que preexiste.

En la medida en que las instituciones se tornan factores moralizadores, Sarmiento les otorga la capacidad de reformular su misión dentro del orden social. Claro está que su carácter eminentemente ético anula todo riesgo político. El narrador consigna el pasado y el presente familiar de los caudillos. El común denominador se registra en la insubordinación a la autoridad paterna: Facundo golpea a su padre; Rosas crece apartado del afecto doméstico porque su padre lo destierra; Aldao es destinado a la vida sacerdotal desde temprano para enderezar sus inclinaciones torcidas. La actitud rebelde respecto de los padres se prolonga en acciones violentas hacia la mujer y los hijos, aunque a veces, los esposos irascibles se convierten en padres solícitos.

Sarmiento describe una genealogía de las relaciones de parentesco en la que puntualiza la ruptura de un linaje; en otras palabras, la deserción de la institución familiar: Quiroga y Aldao proceden de familias “decentes” —una acaudalada, la otra pobre. Estos dos caudillos rechazan los bienes simbólicos transmitidos por la institución; al desconocer lazos naturales ratifican su esencia subversiva.

Rosas se inscribe en la tradición familiar, acrecentando los bienes simbólicos recibidos. Su familia prefigura y determina las características atribuidas a don Juan Manuel. El texto satura al personaje, lo atraviesa con el legado español haciéndolo el producto más acabado de esa tradición (la rigidez materna se corrompe en crueldad en Rosas y obtiene en Manuelita un instrumento eficaz de delación).

La biografía del Chacho presenta a un desclasado, sin origen, sin linaje, sirviente de un cura e iletrado.39 Peñaloza carece de los bienes positivos que transmite la familia —nombre, clase, cultura—; la versión sarmientina lo dota de otro “padre” que le da por herencia el bien simbólico negativo de la religión.

Señas particulares de Peñaloza: individuo sin campo social de pertenencia. Basta recorrer las páginas de la biografía para comprobar que su situación en el interior de la sociedad está invalidada por la práctica del bandolerismo, práctica que coloca a los sujetos que la ejercen en la posición de enemigos públicos. El texto escamotea todo dato que informe sobre el lugar peculiar de un caudillo que peleó con los unitarios contra Rosas y que, como general de la República, desempeñó numerosas misiones pacificadoras como mediador del gobierno nacional.

La familia que presenta Sarmiento contiene un núcleo despolitizado y opera como dispositivo despolitizante. Por eso Victoria Romero, la compañera de Peñaloza que lo seguía en las batallas y empuñaba la lanza como un llanista más, aparece aludida fugazmente : “Mostraba más inteligencia y carácter que él” (Ch., 289). La mujer oficia de puente entre los dos opuestos. En rigor, su verdadera tarea consiste en lograr la retracción de la vida pública: al integrar al rebelde al ámbito privado, la mujer se convierte en el mejor vigía del orden establecido.

Este tipo más sutil de represión opera sobre los sentimientos, convirtiendo a la política en algo doméstico: encerrar en las paredes del hogar lo que emerge como peligroso porque no es dominable. Siendo originalmente la mínima organización política, la familia diagrama un espacio neutro. La autoridad afectiva que emana de la institución traza las líneas apropiadas para resolver el conflicto político concreto. Asegura la conservación de un orden, desligándose de toda acción política y enfatizando la misión de integración social.

Los componentes de la familia activan el traspaso de la autoridad feudal del caudillo de la esfera pública a la esfera privada. (Facundo es el “padre de los peones”, el Chacho cobija en sus tierras a los perseguidos por la otra justicia). La institución actúa como brazo de la intervención exterior: el objetivo de desarmar las amenazas montoneras se muta en un problema afectivo al pasar al interior de la familia. Así, funciona a la manera de una escuela en miniatura: educa reemplazando la rigidez de la ley por las caricias de los parientes.

Instrumento eficaz del poder externo, la familia despliega una serie de estrategias para demoler la resistencia y el poder paralelo del caudillo; demuestra cómo cortar de cuajo la vida nómade del gaucho sin que medie alguna instancia de represión descubierta. En síntesis, sirve al doble fin de sacar de la escena política un factor de poder y sustituir el espacio de la autonomía política por el de la autonomía doméstica: “El juez es naturalmente algún famoso de tiempo atrás a quien la edad y la familia han llamado a la vida ordenada” (F., 53).

Las instituciones influyen de manera decisiva en el proceso social mediante la utilización de un conjunto de contenidos que se transmiten de generación en generación. La operación de selección de algunos contenidos que son calificados de “tradiciones auténticas” deja afuera otros que no convienen a ciertos intereses específicos; su enseñanza tiende a la socialización, que es un modo particular de incorporación. Al privilegiar determinadas tradiciones en detrimento de otras, las instituciones dan coherencia a una versión del pasado en la que entrevén principios rectores del presente, así como líneas de continuidad para el futuro. En manos de las instituciones que la difunden, esta reserva social conecta pasado, presente y futuro.

En la biografía de la barbarie, el ejército es depositario de las tradiciones de Mayo. Sarmiento le otorga dos funciones claves: difusor ideológico y unificador político. Hay en el género una increíble supervivencia de la historia de la patria preservada por la institución. El ejército resguarda los intereses comunitarios y es el brazo armado de los ideales de Mayo. Cuando Sarmiento opone al ejército nacional los ejércitos provinciales, precipita al otro en la ilegalidad por cuanto la legalidad nace de la preocupación por lo colectivo. Los textos insisten: los caudillos hacen su propia revolución movidos por un espíritu anárquico.

Si confrontamos las palabras tendremos, por lo menos, el centro del debate, la lucha por apropiarse y reclamar para sí las tradiciones de Mayo. Basta recorrer las páginas escritas por algunos jefes provinciales para comprobar que los ideales eran compartidos por ambos bandos; basta escuchar la voz de Peñaloza para interiorizarse en la contienda ideológica: “(...)la sangre argentina debe economizarse, como los frutos de una paz verdadera y benéfica para todos; lleváis la enseña de la ley, del venerado Código de Mayo”.40 Basta leer la fórmula con la que los gobernadores federales encabezaban la correspondencia oficial para concluir que los caudillos se consideraban en una línea de continuidad respecto de 1810.41

La fechitización del ejército conduce a la militarización total de la escritura. El código militar es una fuerza de irradiación que regula cada fragmento del mundo textual. Las normas institucionales derivan en una lógica de subordinación que rige las relaciones sintácticas y semánticas de los relatos.

Bajo los juicios morales harto evidentes actúa esta lógica militar. En ella se atrinchera el manifiesto programático de un tipo específico de inserción social, una organización política fundada en el sometimiento, un uso de las fuerzas productivas, la adopción de un pensamiento oficial, una versión de la historia y de la cultura.

La normalización militar de la nación: esta es la consigna que despliega la biografía. Pensemos en esos cuerpos corajudos que deben ser dominados y en ese lenguaje al que hay que aniquilar. ¿Acaso no están metaforizando el grito de “subordinación y valor para servir a la patria”?

Sarmiento reforzó el retrato verbal del otro con el retrato fotográfico. Después de la batalla de Caucete, el gobernador hace fotografíar a las fuerzas chachistas; la imagen insiste en la versión que ha presentado. Documento para exportación, el sentido que diseña la imagen reduplica el mensaje verbal: sucios, mal vestidos y peor armados; la fotografía dice que esos no son soldados. Si la vestimenta “traduce” los valores de una cultura, los que Sarmiento les da coinciden con los harapos que cubren los cuerpos gauchos.

La imagen transportable asegura el adelgazamiento de las fronteras lingüísticas. La composición hecha para el mundo europeo transparenta el mensaje que se quiere transmitir: la homologación de las montoneras con la categoría de barbarie. La imagen es una síntesis que desborda significados; no es símbolo sino la presencia misma, la reproducción del concepto. Hay un uso social que se agrega al objeto plasmado en la imagen. La fotografía recorta, reduce la totalidad humana a la apariencia exterior. El objeto seleccionado hace visible formaciones sociales anacrónicas que aún subsisten. En los puntos de intersección entre el pasado que se niega a desaparecer y el presente —ejército ataviado a la europea— surge el gesto que invalida las tradiciones montoneras.

Sarmiento presenta una tradición jibarizada a nivel de la vestimenta. El ejército nacional toma a cargo la segunda versión de la tradición guerrera. En estos cuerpos bien provistos encarna el mito del coraje gaucho: el cuerpo expuesto a las heridas es tema para la apología. No obstante, hay en este ejército una ausencia: los cuerpos eclipsan el pensamiento. El ideal es un ejército de cuerpos que luchan dirigidos en sus fines por cabezas que piensan.

La cárcel del cuerpo

Hay en la biografía un interjuego de leyes que, recalando en el cuerpo o en el intelecto, ejemplifican los comportamientos sociales que definen la órbita de cada contendiente.

La ley consuetudinaria es para Sarmiento una ley bárbara. Sus acciones se cifran en la violencia practicada sobre el cuerpo propio o ajeno. Es la ley que impera en los hechos de sangre, en el juego, en el trato brutal con las mujeres y en las borracheras.

Opuesta a esta ley, existe la que emana de las instituciones. Identificada con la razón, provee el instrumento primero para la consolidación de un orden. Sin embargo, en El Chacho, Sarmiento introduce una diferencia axial en el concepto desde el momento en que la ley escrita, la constitución, no coincide con la razón. El viraje que convierte a la constitución en letra muerta, sirve simultáneamente de estrategia de ataque contra el enemigo coyuntural, Mitre. Frente a una teorización desgajada de la realidad, el narrador esgrime un argumento que libera a su gobierno de toda culpa: la racionalidad asienta en el imperativo de un orden social que se fusiona aquí con el orden de la naturaleza. En la escala de valores que pergeñan los relatos, el lugar supremo corresponde a la razón. Ese lugar subordina e indica cuáles son los lugares que les competen a los demás integrantes del mundo textual.

Así, sólo al cuerpo sometido a la razón se lo denomina heroico. El atributo se gana por la relación de dependencia que mantiene el objeto respecto de su fundamento. Aun cuando el narrador hable del coraje físico que prevalece en la esfera del otro, el valor superlativo se encuentra siempre angostado por una sintaxis que alterna lo positivo con lo negativo. La contigüidad conmociona la apología mediante elementos del campo enemigo o del propio que nivelan o relativizan. Los ejemplos se multiplican: el arrojo de Aldao en la lucha contra los españoles está atenuado por un comentario que conjetura intenciones oscuras del caudillo hacia su jefe; al cuerpo esquivo de Aldao que huye de la batalla, opone la actitud valiente de Benavídez. En Facundo el programa racional atempera la heroicidad casi mítica del personaje; los gestos de generosidad de Quiroga hacen contrapeso a sus actos cruentos.

El género propone una alianza particular de formas políticas, articulando dos de sus propiedades simbólicas: el cuerpo —emblema del adversario— entra en contacto con el intelecto —marca del grupo propio. El partido unitario, la cultura, incorpora a la naturaleza con rango de soldado raso. Toda una galería de personajes —Navarro, Barcala, Sandes— puntualizan las variantes y matices tolerables para permanecer en esta esfera.

En Sarmiento los principios abstractos tienen siempre un momento de epifanía. El fenómeno ejemplifica el concepto al tiempo que reclama un espacio geográfico donde desarrollarse y del que toma sentido. El concepto necesita de una exterioridad y de una exteriorización. Profundamente didáctica, la biografía de la barbarie transita la vida de los caudillos, señalando etapas, cambios y defecciones que anticipan el destino final de cada uno; el desenlace se desprende como consecuencia lógica de las pistas salpicadas aquí y allá.

Literalmente, lo abstracto se corporiza: la ley del otro se posesiona de un cuerpo que protagoniza la aventura singular del predicativo. El cuerpo pleno (Aldao=soldado de San Martín) o el cuerpo decadente (Aldao=caudillo) une su suerte a la opción política. En íntimo acuerdo con la ley gaucha, el género muestra que sacar el cuerpo cierra la etapa de la vida pública e inicia el período de decadencia. La degradación física y moral de Aldao se acelera a partir del instante de la deserción (de la institución pero también del campo de batalla).

La transgresión a las leyes acarrea penas que repercuten directamente sobre el cuerpo. El cuerpo es un espectáculo que exhibe los castigos o las recompensas. Luego del primer gesto común que es la transgresión, los textos individualizan por medio del tratamiento de los cuerpos y la distribución de las penalidades. El género no sólo descubre al culpable; formula también otras preguntas: ¿en qué consiste la transgresión? ¿en qué campo de la realidad inscribirla? ¿donde están las causas del crimen? ¿qué medidas tomar para que el delito no se extienda?

En las muertes se delinea un sistema punitivo; una notable gama de significados une la muerte con los actos de la vida. En ella se aplica una sentencia —en un doble sentido, refrán y castigo—: así como se vive, se muere.

El elemento de enlace es la sangre derramada. La biografía interroga cómo y dónde se derrama. Los espacios de la muerte, públicos o privados, construyen los sentidos de la muerte: a cada uno la muerte merecida. El espacio no funciona como escenografía neutra, trasfondo sobre el que se destaca el sujeto; por el contrario, el espacio dictamina el valor. Sandes perece a causa de las heridas recibidas en el puesto de soldado. Su muerte comienza en ese espacio público que congrega a los iguales. Facundo es asesinado en el trayecto entre Córdoba y Buenos Aires. El camino interrumpido por la bala tiene su correlato en el proyecto político que el texto atribuye al caudillo: Facundo se queda a mitad de camino. El espectáculo de su cuerpo sacrificado es análogo al proyecto abortado porque se había convertido en “el centro de una nueva tentativa de organizar la república” (F., 180).

Barranca-Yaco, el espacio anónimo de la traición. En la ley del gaucho, la traición reclama la venganza. Esta ley es la que adopta la biografía, poniéndola en manos de la sociedad o de un poder trascendente. En cualquier caso, la ley gaucha prima en el final de los caudillos. Facundo traiciona dos veces: deserta primero del ejército y abandona luego la causa federal.42 Aunque el texto exalta de manera explícita al Facundo urbano, confiesa la vigencia de la ley de la venganza: no se puede traicionar sin riesgo de acabar traicionado.

La narración urde los motivos de la venganza: Quiroga, metamorfoseado en cuerpo y pensamiento, invade un espacio en el que reina un igual. Dos espacios deciden el final de Facundo: Buenos Aires preludia a Barranca-Yaco. Si la ciudad es el lugar de las transformaciones, opera también como arquitectura articulada para vigilar. En ella el individuo está circunscripto; siempre hay alguien que ve al forastero. En este sentido la ciudad es lo contrario de la pampa: enormidad imposible de ser abarcada por la vista. En Buenos Aires es posible seguir los pasos del sujeto. En una ciudad resulta difícil sustraerse a las miradas pero la geografía donde se desplazan los caudillos es móvil, y por esto son inasibles. La ciudad es como un cuerpo que le impone al caudillo sus límites; Buenos Aires se internaliza en Facundo haciendo de él un rival. Rosas, el Restaurador de las Leyes, viola la ley propia mandando a matar.

Los cuerpos bañados en sangre, mutilados, dramatizan el triunfo de la justicia. Justicia divina en el caso de Aldao: “¡Sangre! ¡Sangre! He aquí la única reparación que la Providencia ha dado a esos malaventurados pueblos cuya sangre él derramó tan sin medida; morir derramando su propia sangre (...)”43 (F.A., 279). El espacio privado en que muere Aldao señala la cobardía del que abandona su puesto. En tono fatalista, la narración concibe a la enfermedad como castigo justo a los crímenes. El objetivo sublimado cliva el abismo que separa la sangre del ex fraile de la sangre del coronel Sandes, que expira “cuando la sangre que no había derramado ya no pudo circular por aquellos canales rotos y mal remendados por las cicatrices” (Ch., 349).

Sarmiento construye su práctica literaria en la conexión y alternancia de dos leyes: la ley positiva y la ley consuetudinaria. En los relatos de las muertes de los caudillos domina una apología de la venganza. Contra la regulación de la ley positiva, la venganza opera como foco que denuncia la presencia de la otra ley a la que el narrador denomina “justicia”. Entonces, si la venganza pasa a ser sinónimo de la justicia, la ley gaucha amordaza a la otra ley. Aunque la biografía se empeñe en catalogar los crímenes para justificar los desenlaces, la ley del otro termina por imponerse, descubriendo su presencia viva en el centro mismo de la escritura. La fuerza que tiene esa ley entrampa al sujeto de la enunciación. Desde ese lugar privilegiado, la ley del otro anuncia su capacidad de resistir cualquier intento de un espíritu modernizador que pretenda socavarla.

Si la providencia lleva a cabo en el cuerpo de Aldao las represalias que la sociedad no puede concretar, es la sociedad la que va a castigar al Chacho a través del brazo armado de Irrazábal. La biografía apela a una cantidad de fundamentaciones: hace sinónimos conceptos que no lo son, igualando, por ejemplo, desobediencia con crimen; cambia el estatuto del personaje: de general —estatuto militar— a bandido —estatuto jurídico—; identifica órdenes —el orden social es igual al orden natural—; invoca una razón de estado.

El castigo de Peñaloza debe contemplarse desde la táctica política. En su pena se unen dos legalidades: a la vieja legalidad del castigo como sufrimiento corporal se suma la legalidad del castigo como suspensión de los derechos.44 La cabeza del Chacho expuesta en la plaza pública significa la humillación para el condenado y un espectáculo ejemplar para el pueblo. Cada uno se siente identificado con ese cuerpo mutilado: la pena disuade y pulveriza el origen del disturbio. Bien dice Valéry que cuando la sociedad corta una cabeza cree cortar la causa primera que anida en ella.

Si el narrador se demora en otros casos en describir los cuerpos heridos o corruptos, liquida rápidamente el relato de la muerte del riojano: “Llegado el mayor Irrazábal, mandó ejecutarlo en el acto y clavar su cabeza en un poste, como es de forma en la ejecución de salteadores, puesto en medio de la plaza de Olta, donde quedó por ocho días” (Ch., 371). En el pasaje el énfasis no recae sobre el acto violento de la ejecución sino que se desplaza hacia la calidad del condenado. La escritura argumenta: el cuerpo del caudillo está inmerso en otro cuerpo, el cuerpo social y es este cuerpo el que marca al otro, lo diferencia e individualiza con la mutilación.

La cabeza expuesa a la podredumbre: parte del cuerpo que identifica, pero también parte que piensa. Si los robos del Chacho son irredimibles —los historiadores y los contemporáneos aseveran que Peñaloza no saqueaba— es sobre todo porque ha robado el lenguaje del oponente. La cabeza se constituye en símbolo máximo del error: una cabeza corrupta debe albergar un pensamiento distorsionado. En rigor, los robos provienen del narrador: robo del grado —en una sociedad estratificada, el rango marca la diferencia—, escamoteo del cuerpo. Presentado como gaucho atípico —física y moralmente— Peñaloza saca el cuerpo y burla permanentemente al enemigo. En la biografía, Sandes toma a cargo la violencia del cuerpo. El deslizamiento proporciona la estrategia que sirve para ocultar el cadáver del caudillo.

A veces el narrador calla para poner en boca de personajes circunstanciales el funcionamiento de la ley gaucha. Las armas usadas para matar, lejos de ser equivalentes, cargan de sentido el castigo: Santos Pérez usa un arma de fuego; al secretario lo traspasa una espada pero el niño que integra la comitiva de Facundo es degollado. La culpa de los mayores recae en la descendencia; el maestro de posta explica al doctor Ortiz la inclusión del pequeño entre los condenados: “Aquí hay un niño que es sobrino del sargento de la partida, y pienso mandarlo; pero el otro... ¿a quién mandaré? ¡a hacerlo morir inocentemente!” (F., 188). Esta ley discrimina formas de castigo y armas nobles o innobles para matar.

En la biografía de la barbarie, las formas de morir restituyen la justicia. La afirmación de un poder superior atraviesa los textos. Pero la ley que restablece el orden acciona una violencia potenciada sobre los cuerpos de los culpables.45

Un lenguaje confuso

Es tarea de la biografía normalizar las vidas relatadas. El género compara, distingue y jerarquiza a los cuerpos gauchos. El otro se constituye como sujeto por marcas corporales que lo singularizan. Pero también se construye en el uso de un lenguaje “desviado”, no conforme con la norma o la ley.

El cuerpo es el gran tópico de la biografía; el lenguaje, el detalle. Sin embargo, en este elemento late el peligro porque si un sistema disciplinario puede someter los cuerpos por la voluntad o la fuerza, no sucede lo mismo con el lenguaje. Corregir para impugnar: tal es el gesto narrativo que reinterpreta el lenguaje del adversario para despojarlo de cualquier semejanza con la lengua propia.

El trabajo sobre la diferencia encierra las variaciones que habitan en los cuerpos, materiales disponibles para un uso político. Pero frente al lenguaje del enemigo, la escritura trama compulsivamente una homogeinización de los discursos. Nada mejor que unificar para hacer desaparecer todo resto de ambigüedad.

Si se adopta un juego de inclusiones y exclusiones para ubicar a los cuerpos, se prefiere la corrección y consiguiente exclusión en el dominio de la lengua. Cada elemento requiere un tratamiento distinto: la materia moldeable de los cuerpos puede suprimir fronteras y comunicar los términos antagónicos pero el lenguaje del adversario está aislado.La palabra del otro es una palabra sin territorio, sin arraigo y sin legalidad. El procedimiento borra la inscripción social de la lengua enemiga. El otro, para Sarmiento, habla un lenguaje ainstitucional: “A falta de gobierno, de legislaturas, de diarios, de manifiestos que explicasen el objeto y los medios de conseguir la proyectada subversión, un comandante de fuerzas en San Luis recibió la siguiente carta del Chacho, que por la torpeza del lenguaje y lo embrollado de lo que quisiera que expresase las ideas, muestra suficientemente el origen y los elementos de aquella perturbación” (Ch., 319). En síntesis, un lenguaje que carece en su enunciación de aparato político. La denostación progresa hasta culminar en un intercambio de valores: lo informe es lo anormal. El género estrecha las distancias entre ambas nociones que se implican al punto de difuminar toda diferencia.

A algunos cuerpos se los somete; a otros se los liquida. La represión va más contra el pensamiento que contra el cuerpo; o mejor, contra el cuerpo que piensa. Sarmiento califica el pensamiento de Rosas con un atributo de tipo moral —pensamiento abyecto—; pero la reflexión toma en Peñaloza valoraciones de tipo lógico-formal: sus ideas son poco claras.

Cuando aparece en el otro, el pensamiento conserva el estatuto doble: es correcto mientras usa el sistema que le presta el narrador, mientras se mantiene subordinado a la otra cultura. Pero no bien el otro se libera de los vínculos que lo tienen atado, habla un lenguaje tergiversado.

Callo y le doy la palabra al Chacho: “Es por esto, Sr. Presidente, que los pueblos, cansados de una dominación despótica y arbitraria, se han propuesto hacerse justicia, y los hombres todos, no teniendo más ya que perder que la existencia, quieren sacrificarla más bien en el campo de batalla, defendiendo sus libertades y sus leyes y sus más caros intereses atropellados vilmente por los perjuros”.46

Las voces de los caudillos repiten una y otra vez los universales en los que insiste el discurso de la otra cultura: patria, libertad, organización, constitución, ley. ¿Cómo hacer ilegítimo el lenguaje del otro si las palabras se confunden? ¿Cómo arrancarle a ese discurso ajeno los baluartes de los que se ha apropiado? Habrá que minar el interior de esa lengua, sofocar sus contenidos con argumentos sintácticos u ortográficos, esconder la semántica, explicar su alteración originaria. Habrá que negarle racionalidad u obstinarse en descubrir segundas intenciones: Rosas, la especulación al servicio del crimen.47

La biografía incluye la lengua del oponente —cartas de Peñaloza y de Facundo, el testamento de Aldao— y la analiza. Examinando su estructura, concluye que esa palabra es el lugar de emergencia de la confusión. Un lenguaje privado de su función comunicativa, que no transporta ninguna información ni despliega ideal alguno. A esa palabra carente se contrapone una palabra plena, bien conformada. Pero la lucha no será en torno a los sentidos sino a las reglas gramaticales. Sarmiento académico pega su discurso y cuestiona con ademán pedagógico los errores de redacción.

La rebelión de los caudillos contra las instituciones, contra las leyes de la razón y el orden, se tranforma en desconocimiento lingüístico. De manera similar y porque en el lenguaje se nota la procedencia, el narrador exhibe su competencia lingüística que es competencia jurídica: “La palabra outlaw, fuera de la ley, con que el inglés llama al bandido, contiene todo el procedimiento. Las ordenanzas lo tienen, autorizando a los comandantes de milicia a ejecutar a los salteadores. Ciertas palabras tienen valor legal” (Ch., 374).

El narrador traduce literalmente la palabra y la ley del modelo: Norteamérica. Pero cuando focaliza el lenguaje del enemigo, olvida el principio de fidelidad y se inclina por la traducción libre. Orientada hacia el discurso del otro, la palabra propia intensifica su poder de veto: si por un lado le niega al otro la racionalidad, por otro, una operación de desciframiento concluye en la certidumbre de que el caudillo no es el dueño de ese lenguaje. El desconocimiento de la autoría, suponiendo otro autor distinto del que firma, apunta a destituir al oponente como origen de los significantes universales.

El narrador reclama para su cultura la propiedad y el uso de los universales. Pero todo planteo sobre el origen supone el empeño en ligar algún elemento del presente con un comienzo del que sería tributario; implica considerarse heredero de alguna tradición. Así, en la biografía hay dos herederos de dos tradiciones: el narrador recoge la razón, las consignas de Mayo; el otro retiene el legado del conquistador; es causa primera no de la razón sino de la violencia. Porque los universales forman parte de los bienes transmitidos, el género decide que ese legado no puede ser patrimonio del enemigo.

El dato biográfico de que el Chacho era casi iletrado, le sirve a Sarmiento para explicar las “anomalías” que descubre en su lenguaje. Como el caudillo no sabe leer ni escribir, otro escribe por él y al hacerlo inventa los contenidos. El comentario respecto del adjetivo “venturoso” (¡Borges!) delata su pertenencia a otra cultura, la unitaria del amanuense: “El adjetivo venturoso no entra en la común parlanza de la gente llana. Rivadavia en sus conversaciones, se extasiaba al arrullo de la esperanza en el venturoso porvenir que aguardaba al país. Sus enemigos hicieron de esta frase un apodo del ridículo” (Ch., 313).

A esta figura del amanuense como intérprete de la palabra del otro, se superpone la del narrador-intérprete que cuestiona la apropiación de los universales: dueño del discurso y de los sujetos por él constituidos, restituye los significantes a su órbita de procedencia.

La relación entre lengua y sociedad se da en determinados tipos de contenidos; los enunciados orientados hacia los intereses colectivos inscriben a la lengua en el campo social; por el contrario, quedan fuera los enunciados que expresan intereses individuales. La palabra oral del otro, recogida en las voces conjeturales de Facundo y Aldao, habla siempre la lengua material del cuerpo, una lengua centrada en la preocupación por el dinero, los apetitos personales y las venganzas mezquinas.

La escritura no pierde de vista en ningún momento la necesidad de desposeer al otro. ¿En qué consiste este trabajo de desposesión? Es una práctica de descontextualización y de puesta en duda. Los textos extraen fragmentos de los documentos, los interrogan retóricamente, los valoran y les ponen comillas. El uso de las comillas distancia el discurso ajeno, tranformándolo en objeto de sospecha. Cuando denuncia el plagio, la biografía insiste en prohibir al otro la utilización de los universales.

Toda lógica binaria es jerárquica; esta lógica que afecta al plano del lenguaje y que permite la exclusión de un término se sobreimprime a la lógica distributiva que opera en el plano del cuerpo, especie de rejilla en la que se reparte lo útil y lo inútil.

El género antropomorfiza en los contrarios —lenguaje adulterado/cuerpo versus lenguaje correcto/pensamiento— fenómenos que pertenecen al campo de la economía, de la política, de la cultura, de la jurisprudencia y de las relaciones sociales. Lo notable es que Sarmiento concibe el lenguaje como elemento conector entre los dos campos, como instancia mediadora que posibilita o dificulta el acceso al orden liberal.

Dos concepciones del lenguaje: la primera fusiona la lengua propia con la ley y la razón; la segunda oscila entre la aceptación o la exclusión, de acuerdo con las relaciones de subordinación o autonomía que accione el lenguaje enemigo para ingresar en la otra cultura o mantenerse al margen de ella.

El fin

La biografía de la barbarie es la apuesta literaria de una de las consignas básicas del programa político de Sarmiento: la sumisión del enemigo. El modo de la investigación, que permite rastrear las pistas hasta llegar al momento del acto delictivo, justifica la represión desatada sobre el otro.

La biografía muestra su deuda con el iluminismo y las doctrinas rousseaunianas en un punto crucial: desertar de las instituciones implica quebrar el contrato social. En la concepción de Sarmiento, los caudillos desandan la historia: si el contrato social transforma a la naturaleza corrupta en la existencia moral del ciudadano, su ruptura retrotrae a la sociedad a estadios primitivos.

La doctrina del contrato social y el derecho natural funcionan como apoyaturas implícitas para desplazar el problema político-cultural hacia el campo legal. En virtud de una apelación al derecho natural, el género niega la legitimidad de la otra ley.

Los textos enfrentan dos leyes deformadas en sus fundamentos: conciben a la ley propia como ley natural y a la ley del adversario como no-ley. En este sentido, propician una interpretación peculiar del conflicto entre poderes: se transforma en una lucha desigual entre la preservación de los derechos inalienables y la defensa de un aparato delictivo.

Sarmiento es maestro no en el plano pedagógico sino en el dominio de la lengua; sabe a la perfección cómo disolver los conceptos teóricos en lo material y servirse de ellos en la praxis política. Los naturalistas sostienen que sólo el poder político concreta el orden natural, que no existe sociedad separada del estado. La biografía va en esta dirección: al identificar orden social con orden natural, se interroga y propone soluciones concretas para constituir un poder político que restaure el orden perturbado.

Para sujetar al contrario, Sarmiento opta no por leyes escritas sino por dos instituciones anteriores al estado. Su concepción iusfilosófica se ubica en un punto temporal anterior a la ley positiva, en una esfera que la trasciende y compete a una autoridad casi divina. Desde este lugar escribe las biografías. Emanación de esta instancia, la ley que encarna en la biografía queda fuera de la jurisdicción humana. Desde ese lugar privilegiado puede dictaminar los castigos.

El gesto de modernizar el concepto de trascendencia invocando el consenso de la sociedad no borra el sesgo autoritario y excluyente de su pensamiento. El reclamo de la razón es más bien apelación a una razón de estado en la medida en que, argumentando el interés común, se arroga el derecho de sortear ciertos “escollos formales”, entre ellos la constitución nacional.

Pero esta razón desemboca en una ley del talión que entrampa al narrador, lo corre de su puesto de luchador por el progreso y lo sitúa en el rol de remozador de sistemas legales primitivos: “Las sociedades humanas tienen el derecho de existir; y cuando las organizaciones que establecen para castigar los crímenes son ineficaces, el pueblo suple a la falta de jueces en un país despoblado” (Ch., 377).

La noción de razón convoca una trama de significados: orden, justicia y rectitud. Cuando Sarmiento ataca a los caudillos tachándolos de irracionales, dice que ellos son la anarquía, la arbitrariedad y el error. El círculo se cierra al identificar razón con voluntad general: la rebelión va contra la sociedad entera y contra la naturaleza.

Cuando la razón pasa de fundamento teórico a acción concreta se traduce en virtudes públicas. Toda una galería de personajes virtuosos desfila por la biografía, personajes reclutados entre los iguales. Sin embargo, los textos reparten algunas virtudes entre los otros, sean enemigos o estén incorporados a la esfera propia (Sandes, Navarro, Barcala, Lamadrid).

La diferencia esencial radica en el hecho de que las virtudes reconocidas a los caudillos no superan la esfera privada —exceptúo a Facundo, como contracara de Rosas— mientras que las acciones del otro sometido trascienden a la esfera pública y redundan en beneficio de la comunidad.

En esta dirección, la biografía funciona como agente publicitario de las instituciones. Hay siempre un factor externo —poder o ejército— que le transmite al caudillo la virtud: “El poder educa, y Quiroga tenía todas las altas dotes del espíritu que permiten a un hombre corresponder siempre a su nueva posición por encumbrada que sea” (F., 179). Filtrada por la acción personal, esta virtud retorna a la esfera de la que ha nacido. De manera similar, lo privado se confunde a menudo con lo que está inscripto en la naturaleza y conduce al desastre. A Facundo “la falta de hábitos de trabajo, la pereza del pastor, la costumbre de esperarlo todo del terror (...) lo mantienen en una espectativa funesta que lo compromete últimamente”48 (F., 181).

Los textos distribuyen muchos vicios y pocas virtudes. Elaboran distintas versiones del otro y lo configuran apoyándose en uno o dos atributos. Facundo es frecuentemente el caudillo y a veces el gaucho valiente; la biografía da una versión moral y política del personaje que continúa sin grandes cambios la imagen desplegada en el ciclo folclórico. Rosas, aunque en alguna ocasión se le llama bandido, ostenta el título de enemigo político; el género diseña una versión moral, política y económica. Aldao, fraile y general, la oposición en el interior del personaje; la versión moral, individual y doméstica dibujan su figura. Pero para el Chacho sólo existe el mote de bandido. Porque la existencia del insurgente supone más que la violación de la ley, la rebelión total, el enfoque se centra en el aspecto moral y jurídico.

Versión contra versión: las leyendas y cantares populares transforman a Peñaloza en defensor social y político. El arraigo en la sociedad se percibe bajo la forma de la supervivencia. Si su muerte es el fin de la esperanza, la leyenda corrige el destino, le regala al riojano la inmortalidad.

Diz que Peñaloza ha muerto;
Yo digo que así será...
¡No se descuiden, salvajes,
No vaya a resucitar!

Sarmiento senaló en muchas oportunidades la adhesión espontánea que despertaban los caudillos en las masas campesinas y advirtió con lucidez que esa adhesión se debía más a los valores que encarnaban que a causas teóricas. El género trabaja estas cuestiones reubicando a los líderes gauchos en el seno de la sociedad, arrinconando el peso político y económico que aglutinan sus figuras.

Cuando Hobsbawm define al bandido, sus palabras concuerdan asombrosamente con las de Sarmiento: “no se trata tanto de rebeldes sociales o políticos, ni mucho menos de revolucionarios, como de campesinos que se niegan a someterse y al hacerlo se ponen en cabeza de sus compañeros o incluso más simplemente de hombres que se encuentran excluidos de la trayectoria normal de su gente y que, por tanto, se ven forzados a quedar fuera de la ley y a caer en la ‘delincuencia’”.49

Lanzada contra el adversario, la palabra oculta en sus pliegues las motivaciones ideológicas. ¡Bandido!50 La acusación no la acuña Sarmiento; es usada incluso por Sandes, que llama a Peñaloza el “general bandido”,51 curioso oxímoron que condensa las contradicciones expandidas en la sociedad.

La biografía de la barbarie, que apunta al sometimiento total del otro, pone en movimiento una palabra descalificadora. Como contrapartida, la palabra gaucha exhibe el deseo por restaurar un orden signado por ideales de justicia y libertad.

Pero a esta altura el rastreador puede estar satisfecho: las huellas lingüísticas y corporales le han permitido cercar al enemigo.

 

NOTAS

1. Las citas remiten a J. B. Alberdi, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (Bs. As.: Sopena, 1957).

2. G. Vignaux sostiene que las etapas por las que un razonamiento jurídico se instituye en codificación parecen proceder siempre de las formas sistemáticas del razonamiento. Cfr. “Le discours juridique: Analyses et méthodes”, Langages 53 (mars 1979).

3. Cfr. G. W. F. Hegel, Principios de la filosofía del derecho (Bs. As.: Siglo Veinte, 1987).

4. Alberdi critica la constitución unitaria de 1826: “Esa disposición, copiada, sin bastante examen, de constituciones europeas, es perniciosa para las repúblicas de Sud América, que, obedeciendo a sus antecedentes de comunidad, deben propender a formar una especie de asociación de familias hermanas” (B., 32-33).

5. El espacio de la autoridad es siempre ambivalente, un espacio construido por dos emociones, el miedo y el respeto. R. Sennett define el concepto en la coexistencia de los términos: “La seguridad, el superior juicio, la capacidad para imponer disciplina, la capacidad de inspirar temor son las cualidades de la autoridad (...). La palabra ‘temido’ tiene un doble sentido. Expresa tanto miedo como reverencia”. Cfr. La autoridad (Madrid: Alianza, 1982) 25.

6. La construcción de un estado nacional requiere la unión armónica de los contrarios: “Una constitución no es una alianza. Las alianzas no suponen un gobierno general, como lo supone esencialmente una constitución (...). Una federación concebida de este modo tendrá la ventaja de reunir los dos principios rivales en el fondo de una fusión”. (Subrayado de Alberdi) (B., 108).

7. D. Sommer lee de manera alegórica las novelas nacionales del siglo XIX. Las historias amorosas de los personajes centrales son ficciones fundacionales: prefiguran la conformación de los estados nacionales. Cfr. “Irresistible Romance: The Foundational Fictions of Latin America”, Nation and Narration, ed. H. Bhabha (London and New York: Routledge, 1990) 71-98. Jameson entiende que toda la literatura del tercer mundo representa alegóricamente las transformaciones estatales. Cfr. “Third-World Literature in the Era of Multinational Capitalism”, Social Text 19.5 (1986): 65-98.

8. M. Weber ha subrayado la importancia de lo político en el estado. “La política como profesión”, Política y ciencia (Bs. As.: Leviatán, 1985).

9. Ph. Legendre entiende por función dogmática la función que ejerce el poder manipulando el deseo de saber para asegurar la producción, reproducción y circulación de un sistema de escritos de verdad.

10. Kozicki parte de un artículo de Legendre (“Le Palais de Justice”) para elaborar una serie de relaciones entre derecho y psicoanálisis. Cfr. E. Kozicki, “El discurso jurídico y discurso psicoanalítico. El derecho como texto sin sujeto”, El discurso jurídico, ed. Ph. Legendre y otros (Bs. As.: Hachette, 1982) 21-40.

11. Cfr. M. Horkheimer, “Razón y autoconservación”, Teoría crítica (Barcelona: Barral, 1973) 141-176.

12. E. Canetti, Masa y poder 283.

13. Cfr. M. Foucault, en especial, Microfísica del poder (Madrid: Las Ediciones de la Piqueta, 1980) y Vigilar y castigar (México: Siglo XXI, 1985). La reflexión teórica en los años 70-80 cuestionan el poder. El postmarxismo trata de explicar el hecho de que la revolución soviética triunfara allí donde también habían triunfado las estructuras fundamentales del capitalismo. Marcuse, Foucault, Deleuze, Guattari, Lyotard, entre otros, encaran esta problemática tomando por eje las prácticas de dominación y su organización en el seno de las sociedades.

14. Las citas remiten a D. F. Sarmiento, Recuerdos de provincia, Obras Completas, tomo III (Bs. As.: Luz del Día, 1948).

15. Los pasajes más vertiginosos de elisión de causas políticas son los que narran los enfrentamientos entre el sujeto y la autoridad. Sarmiento describe el choque con el gobernador Quiroga: “Preguntado quiénes son, respondí que los que han hablado en mi presencia no me han autorizado para comunicar a la autoridad sus dichos. Insisten, me obstino; me amenazan, sácoles la lengua; y la causa fue abandonada, yo puesto en libertad (...)” (R.P., 175).

16. Cfr. C. Altamirano y B. Sarlo, “Una vida ejemplar: La estrategia de Recuerdos de provincia”, Literatura y sociedad (Bs. As.: Hachette, “Lengua-Lingüística-Comunicación”, 1983) 163-208.

17. En el movimiento que va de lo más simple a lo más complejo y de lo general a lo particular, se inscriben primero los palmares, testigos del arraigo y la conservación de la memoria; el programa letrado actualiza el indígena; Juan Jofré funda ciudades y sus descendientes continúan una tradición legitimada en el talento y el patriotismo; en Fermín Mallea subraya el vigor del afecto; José de Oro le lega el espíritu conquistador y gaucho y el entusiasmo por la verdad y la ciencia; de los Oro provienen la inteligencia clara, la imaginación fértil, la valentía, las pasiones y la locura; Fray Justo lo designa sucesor en su labor educativa; de Domingo de Oro aprende la retórica política y el don de la palabra persuasiva; en los libros de Funes bebe el gusto por la historia; “El obispo de Cuyo” narra la prolongación del apellido Sarmiento; su madre le enseña el orgullo de una pobreza digna y le inculca la afición al trabajo.

18. Si Domingo de Oro se le aparece como modelo digno de imitar es por su carácter inapresable: “(...)los argentinos no (lo) han podido clasificar (...)” (R.P., 77). La figura de este consejero político comparte con Rosas esta característica. El texto lo representa cercano al poder, pero ubicado siempre más allá de su dominio.

19. En el acuerdo respecto de la tiranía del Uno se encuentran las teorías de Clastres y de Deleuze y Guattari. Cfr. P. Clastres, La sociedad contra el estado (Caracas: Monte Avila, 1978); Investigaciones en antropología política (Barcelona: Gedisa, 1981); Deleuze y Guattari, Rizoma (México: La red de Jonás, 1978); y Mille Plateaux (Paris: Minuit, 1980).

20. En este punto Sarmiento pone en el pueblo la ceguera de los ignorantes; el pueblo mira, pero no ve: “Salí y me saludaron con un hurra de mueras y denuestos aquellos hombres que no me conocían, salvo dos que tenían razón de aborrerme. ¡Abajo! ¡abajo! Crucifige eum!” (Subrayado, de Sarmiento) (R.P., 189).

21. S. Molloy sostiene que esa falta es el “lugar de trabajo de Recuerdos, la escena de su escritura”. Cfr. “Sarmiento, lector de sí mismo en Recuerdos de provincia”, Revista Iberoamericana 143 (abril-junio 1988): 407-418.

22. Las citas remiten a D. F. Sarmiento, Argirópolis, Obras Completas, tomo XIII (Bs. As.: Luz del Día, 1950).

23. E. Bloch, Natural Law and Human Dignity (Cambridge: The MIT Press, 1986).

24. Para una interpretación de los relatos que dibujan rostros, cfr. G. Deleuze y F. Guattari, Mille plateaux, en especial, “Année Zéro-Visagéité”, 205-234.

25. D.F. Sarmiento, “Investigaciones”, Progreso 27 de septiembre de 1844.

26. Sobre la genealogía del concepto de lo salvaje, cfr. H. White, “The Forms of Wildness: Archaeology of an Idea”, Tropics of Discourse. Essays in Cultural Criticism (Baltimore: The Johns Hopkins Univ. Press, 1985) 150-182.

27. Los axiomas que se refieren a hechos ontológicos son numerosos: “Es carácter privativo de la verdad hacerse, una vez enunciada, asequible a todas las inteligencias, vencer en la conciencia pública las resistencias que las pasiones y los intereses sublevan, hasta formar a la larga la convicción íntima de los pueblos (...)” (A., 54). “El mal no está en los hombres, sino en la falta de instituciones, en la falsedad de posición de cada uno de los personajes de este extraño drama” (A., 89). “Dados estos antecedentes cuya verdad nadie pone en duda, el tiempo por sí solo no puede producir una mejora de situación sensible; porque no hay progreso sino donde hay rudimentos que desenvolver, como ciencia, industria, etc.”. (A., 90). Los hechos económicos también adquieren el rasgo de lo irrefutable: “Esta es una ley universal. Del libre intercambio de productos entre una ciudad y los demás mercados del mundo, depende su engrandecimiento y su prosperidad” (A., 60). “El comercio se estimula a sí mismo, y la riqueza y variedad de los mercados sometidos a su especulación son el elemento de su prosperidad (...) Un dato reciente de cuya importancia puede juzgar el más negado, comprueba la verdad de este axioma” (A., 62). Porque el punto máximo de conflicto pasa por lo político, antes de desgranar axiomas en este campo, Sarmiento examina los hechos a partir de los “principios y causas de que emanan” (A., 19). En este punto, la cita de documentos y tratados sirve a la construcción de la verdad; de su inserción deriva el valor de la ley, fundamento de la organización. A veces el letrado hace propias sentencias o refranes populares que rematan una explicación científica: “No es rico el que tiene plata, sino el que produce y sabe gozar del fruto de su trabajo” (A., 83). El sujeto enunciador profiere el gesto del hombre de sentido común cuando establece una serie de “principios sencillos” que completan las bases de legitimación: “Estos principios sencillos, pero de una aplicación muy general, los limitaremos aquí a unos cuantos casos de experiencia práctica” (A., 90). La simplicidad corre paralela a las “ideas grandes”; la alianza armoniza los opuestos: la práctica y la teoría, el pragmatismo y la reflexión.

28. Sobre discurso panfletario y sus formas argumentativas, cfr. M. Angenot, La parole pamphlétaire. Typologie des discours modernes (Paris: Payot, 1982).

29. Los enunciados injertados se construyen con diversas técnicas. A veces basta un sustantivo y un atributo; otras, el injerto se refiere al cruce de tonos —por ejemplo, un tono objetivo y otro irónico—; en ciertas ocasiones, después de una argumentación racional se acumulan una serie de proposiciones hiperbólicas: “Los gobiernos confederados no pueden legítimamente prescindir de la convocación de un Congreso, ni estipular ellos de una manera irrevocable por la sencilla razón de que no puede sin monstruosidad chocante (...)” (A., 26). Un amplio espectro de procedimientos acentúa la degradación del enemigo: uso de epítetos y palabras fuertemente connotadas; acumulaciones con gradación, paralelismos o anáforas; introducción de la ironía, el sarcasmo y los absurdos como formas de distanciamiento; preguntas retóricas y oraciones exclamativas; dislocaciones estilísticas con marcas de oralidad; eufemismos y perífrasis; dilemas y retorsión de las acusaciones de los adversarios; argumentos “ad hominem” e interpelaciones; concesiones retóricas y contrargumentaciones; metáforas.

30. La consolidación del sistema es la cuestión siempre reiterada en los textos alberdianos. Las Cartas Quillotanas insisten en tomar distancia de las facciones: “Siempre que se exija una guerra previa y anterior para ocuparse de constituir el país, jamás llegará el tiempo de constituirlo. Se debe establecer como teorema: Toda postergación de la Constitución es un crimen de lesa patria; una traición a la República. Con ‘caudillos’, con ‘unitarios’, con federales, y con cuanto contiene y forma la desgraciada República, se debe proceder a su organización, sin excluir ni aun a los malos, porque también forman parte de la  familia”.  Cfr.  J. B.  Alberdi, “Primera  carta”, Cartas  Quillotanas  (Bs. As.: Claridad, s/f) 16.

31. C. Lefort sostiene que el discurso burgués se escribe con letras mayúsculas y “lleva las señales constantes de una verdad que consolida el origen de los hechos, los encierra en una representación y dirige la argumentación”. Cfr. Las formas de la historia. Ensayos de antropología política (México: F.C.E., 1978) 255.

32. Lejos de tener un referente, de señalar algo fuera de ellas, las significaciones sociales instituyen modos de ser tanto de los objetos como de los sujetos. Cfr. C. Castoriadis, “La institución imaginaria de la sociedad”, El imaginario social y la institución, vol. 2 (Barcelona: Tusquets, 1989).

33. Las citas remiten a J. B. Alberdi, El crimen de la guerra (Rep. Arg.: Edic. de la Univ. Nac. de La Plata, 1984).

34. En “Los escritores nuevos y los escritores viejos” (La Moda 21 de abril de 1838) Alberdi juega con el doble sentido de la expresión “hijo de la patria”, que por un lado designa al que no tiene origen conocido y, por otro, nombra al patriota. La superposición de ambos desemboca en una metáfora socializada: “la pobre patria está sin hijos”. ¿Hijos o entenados? La voz jurídica, que es una voz intérprete y explicativa, definitoria en cuanto circunscribe espacios y tareas de los sujetos sociales, emprende treinta años después la elaboración de una teoría sobre el caudillismo que atienda al sistema y dé soluciones integradoras. En términos de Alberdi, en la década del ‘60, el problema consiste en la supervivencia de ciertos anacronismos. Contra las interpretaciones de Sarmiento y Mitre, llama a los caudillos “patriotas” e “hijos de la democracia”: “Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas, Peñaloza, como jefes, como cabezas y autoridades, son obra del pueblo, su personificación más espontánea y genuina. Sin más título que ése, sin finanzas, sin recursos, ellos han arrastrado o guiado al pueblo con más poder que los gobiernos. Aparecen con la revolución americana: son sus primeros soldados”. Cfr. Grandes y pequeños hombres del Río de la Plata (Bs. As.: Plus Ultra, 1974) 155.

35. Ciertos datos permiten fechar la escritura de El Chacho hacia 1865, lapso en que se desempeñaba como ministro en Estados Unidos. En carta del 6 de agosto de 1865 a Aurelia Vélez, Sarmiento dice que piensa agregar un “complemento” al Facundo en el que aclararía su intervención en la guerra contra las montoneras. En otra carta del 7 de marzo de 1866 a Mary Mann, Sarmiento le comunica que ha terminado la vida del Chacho.

36. Mitre fraguó la política a seguir contra Peñaloza. En sus instrucciones a Sarmiento —abril de 1863— dice: “(...) declarando ladrones a los montoneros sin hacerles el honor de considerarlos como partidarios políticos ni elevar sus depredaciones al rango de reacción, lo que hay que hacer es muy sencillo (...)”. Transcrito por F. Chavez, Vida del Chacho (Bs. As.: Theoria, “Tierra en armas”, 1967) 72-73.

37. Las citas remiten a D. F. Sarmiento, El Chacho. Ultimo caudillo de la montonera de los Llanos, Obras Completas, tomo VII (Bs. As: Luz del Día, 1949).

38. En una línea foucaultiana, Donzelot analiza la familia como un espacio particular donde se homogeinizan las exigencias sociales. Cfr. La policía de las familias (Valencia: Pre-textos, 1979).

39. En la Vida de “El Chacho” que se publicó en el diario El Argentino, de Paraná, durante noviembre de 1863, Hernández rastrea el origen del caudillo. “Peñaloza no fue jamás un hombre oscuro. Pertenece a una de las más antiguas, como de las más notables familias de La Rioja, y la que ha contado y cuenta entre los suyos personas muy respetables”. Texto recogido por A. Pages Larraya, Prosas del Martín Fierro (Bs. As.: Raigal, 1952) 151-183. F. Chavez incluye en su libro un trabajo de César Reyes que detalla la genealogía de Peñaloza.

40. Citado por D. De La Vega Diaz, Mitre y el Chacho (La Rioja, 1939).

41. La fórmula que encabezaba la correspondencia señalaba tres hitos históricos: “La Rioja, junio de 1848. —Año 39 de la Libertad, 33 de la Independencia y 19 de la Confederación Argentina”. Carta de Bustos al gobernador de San Juan, citada por Chavez, 238.

42. Sarmiento subraya un cambio ideológico en Facundo. Sin embargo, de la correspondencia de Quiroga se desprende la fidelidad a un pensamiento. Escribe a Rosas en 1832: “Usted sabe, porque se lo he dicho varias veces, que no soy federal, soy unitario por convencimiento; pero sí con la diferencia de que mi opinión es muy humilde y que yo respeto demasiado la de los pueblos constantemente pronunciada por el sistema de gobierno Federal (...)”. E. Barba, comp. Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López, no. 55 (Bs. As.: Hyspamérica, Biblioteca argentina de historia y política, 1986) 68.

43. Las citas remiten a D.F. Sarmiento, El general fray Félix Aldao, tomo VII (Bs. As.: O.C., Edit. Luz del Día, 1949).

44. Sobre las distintas concepciones de la pena, cfr. M. Foucault, Vigilar y castigar (México: S. XXI, 1985).

45. Si para los unitarios la negativa de la sociedad gaucha a adoptar sus reglas constituía un acto de rebelión, del otro lado se escuchan argumentos semejantes. En 1842 se rechaza la renuncia de Rosas invocando la necesidad de orden. Un conflicto reiterado: cada orden considera al otro el caos y la violencia: “El ocio, la vagancia, la insubordinación en el hogar doméstico, el fraude, el hurto, el asesinato, la profanación y el sacrilegio, el feroz libertinaje se mostraron insolentes en todas partes”. Citado por R. Rodríguez Molas, Historia social del gaucho (Bs. As.: C.E.A.L., Capítulo, Biblioteca argentina fundamental, Serie complementaria: Sociedad y cultura/11) 161.

46. Citado por De La Vega Díaz, Mitre y el Chacho.

47. Sarmiento no pone en duda la autenticidad de la palabra de Facundo, pero argumenta de manera similar en lo que respecta a su claridad: “La incorrección del lenguaje, la incoherencia de las ideas, y el empleo de voces que significan otra cosa que lo que se propone expresar en ellas o muestran la confusión o el estado embrionario de las ideas, revelan en estas proclamas el alma ruda aún (...)” (F., 242).

48. Para una política de la representación interesa el estatuto conferido al otro que es lo otro de la razón. La versión que presenta Paz de Facundo dista de la de Sarmiento. El militar reconoce en el caudillo un hombre de armas, es decir, un igual y lo llama “formidable enemigo”. En el episodio “La Tablada”, Paz no vacila en elogiar el desempeño de las tropas de Quiroga: “No trepido en decir que es la operación militar más arrojada de que he sido testigo o actor en mi larga carrera”. J.M. Paz, Memorias póstumas. Guerras civiles (Bs. As.: Albatros, 1945) 63.

49. E. J. Hobsbawm, Bandidos (Barcelona: Ariel, 1976) 20.

50. Hay un momento de quiebra en la imagen que el texto dibuja de Peñaloza. El gaucho atípico moral y físicamente se cruza con una visión épica: “Desde ese día principia el acto más heroico, más romanesco que las crónicas de la montonera, tan intangible, tan rápida y fugaz recuerdan. Alguna cualidad verdaderamente grande debía de haber en el carácter de aquel viejo gaucho, si no era nativa estolidez, como la terquedad brutal que a veces pasa plaza de constancia heroica” (Ch., 345).

51. En carta del 12 de marzo de 1862 dirigida al coronel Rivas, Sandes, reitera el apelativo oficial: “(...) me puse en marcha sobre el bandido Peñaloza (...) y no debiendo demorar un solo momento para darle alcance, seguí la marcha incontinenti por el camino que llevaba al general bandido”. Citado por J. Victorica, Urquiza y Mitre, no. 30 (Bs. As.: Hyspamérica, Biblioteca argentina de historia y política, 1986) 224.